viernes, 1 de enero de 2010

RECORDANDO A PIO BAROJA


RECORDANDO A PÍO BAROJA (*)


Creador de docenas de inolvidables personajes, pero ninguno tan memorable como él mismo y considerado por algunos como el novelista español más importante del pasado siglo. Según González Ruano «en todo el siglo XIX y en toda la mitad que llevamos del XX España no ha producido un novelista que le pueda ni comparar. Incluyendo a Galdós, por supuesto» . Nace pues, Baroja, en el año 1872 el día de los santos Inocentes en la ciudad de San Sebastián. Fueron sus padres Serafín Baroja Zarnoza, ingeniero de Minas, y Carmen Nessi Goñi.

En la ciudad donde nació, comienza a ir a la escuela y a aprender sus primeras letras. Contaba con casi siete años de edad cuando su padre es destinado al Instituto Geográfico y Estadístico por lo que tiene toda la familia que trasladarse a vivir a la capital de España. Pero no sería muy larga la estancia de los Baroja en Madrid porque en 1891 su padre Serafín es nombrado jefe de Minas en Pamplona y a esta nueva ciudad marcha toda la familia. Aquí, junto con sus hermanos Darío y Ricardo, estudió en el Colegio Huarte, un colegio con solera que se había fundado en 1843. Tuvo aquí «un curioso profesor: el cura Larequi, don Tirso, el que luego recordaría como una mala bestia y a quien acusaría de acogotarle por andar haciendo el de profundis alrededor de un catafalco en la catedral: una de las raíces confesadas de su anticlericalismo» . Años más tarde recordaría a don Tirso «canónigo gordo y seboso», con mucha rabia, lo sucedido a aquel niño de nueve años: «Ese canónigo sanguíneo, gordo y fiero, que se lanza a acogotar a un chico de nueve años, es para mí el símbolo de la religión católica» . Sin embargo, alguno de los biógrafos de Pío Baroja dice que en Pamplona don Tirso no tenía fama de «mala bestia», sino más bien de todo lo contrario.

En 1882 Pío Baroja ingresa en el Instituto de Enseñanza Media de Pamplona. Como estudiante fue pésimo, pero más bien por su falta de interés por el estudio que por falta de talento. En estos años ya se le apreciaba un carácter gruñón y arisco; al parecer no simpatizó con sus profesores y se mostró hipercrítico con todo. En este tiempo es testigo de la ejecución de Toribio Eguía que había sido condenado a la última pena por haber dado muerte al cura párroco de Aoíz y a su sobrina: «Iba el reo en un carro vestido con una hopa amarilla con manchas rojas y un gorro redondo en la cabeza. Marchaba abrazado por varios curas, uno de los cuales le presentaba la cruz; el carro iba entre varias filas de disciplinantes con sus cirios amarillos en la mano. Cantaban éstos responsos mientras el verdugo caminaba a pie, detrás del carro, y tocaban a muerto las campanas de todas las iglesias de la ciudad» . La ejecución pública de Eguía fue, muy probablemente, la última que se vio en Pamplona. Baroja nunca pudo olvidar la imagen del reo que recordaría en el primer poema de sus Canciones del suburbio (1944) que tituló El chico que ve pasar un condenado a muerte.

Poco duró la estancia en Pamplona porque en 1886 su padre es nombrado ingeniero jefe de Minas de Vizcaya y resuelve enviar a la familia a Madrid e instalarla bajo la tutela materna. Al final de la estancia en Pamplona había nacido una hermana, a la que se le puso el nombre de Carmen. Al poco tiempo de llegar a la capital de España, como era otoño y época de comenzar los estudios, es matriculado en el Instituto San Isidro donde terminó el bachillerato. Después, sin ninguna vocación, se matricula en Medicina: «Yo sentía curiosidades; pero, en definitiva, vocación clara y determinada, ninguna. Fuera de lo que me hubiera gustado tener éxito con las mujeres y correrla por el mundo, ¿qué más había en mí? Nada; vacilación. Oía hablar de viajes marítimos y me hubiera gustado embarcarme; hablaban de pintura, y me parecía un oficio muy bonito el de ser pintor; leía aventuras de un viajero, y soñaba con el desierto o con los ríos inexplorados. Pero el ser médico, militar, abogado o comerciante no me hacía ninguna gracia» . Como no podía ser de otra manera, Pío Baroja tuvo problemas con algunos catedráticos. Cuando uno llamado Benito Hernando explica un día a sus alumnos que los vascos son gente más torpe que los de otras tierras, Baroja responde que no cree que lo sean más que los de Guadalajara, que es de donde precisamente era el catedrático con el que ya no se examinaría debido a que su padre de nuevo, por razones profesionales, lleva a toda la familia a vivir a Valencia. Era el año 1893. Y es en esta capital donde Pío Baroja termina la carrera de Medicina y en donde fallece su hermano Darío en febrero de 1894. Meses después, con la carrera terminada, solicita la plaza de médico titular de la localidad de Cestona que le fue concedida y en donde empezó a sentirse vasco, «este hilo perdido de la raza que ya para mí estaba perdido» . Pero seguía sin convencerle la carrera que había estudiado: «Estudié Medicina no con mucha afición vuelve a repetir. Doce años entre bachillerato y carrera, y conseguir cien pesetas de sueldo al mes, como médico de pueblo, no era una ganga» . Su estancia en Cestona duró sólo un año y en donde, según él escribió, durante ese tiempo no había hecho ningún disparate.

Más tarde se instalaría en San Sebastián en casa de sus padres. Intenta lograr una plaza de médico en esta ciudad o en su defecto en Zumaya o Zarauz, pero no tiene suerte, posiblemente la fama que había conseguido en Cestona sería la causa principal de no alcanzar lo que quería. Desplantes, descortesía y su enfrentamiento con el otro médico, hicieron de él un hombre conflictivo. Fracasados sus intentos de volver a ejercer la medicina, decide marcharse a Madrid instalándose en casa de su tía abuela Juana Nessi de la que guardaría siempre un buen recuerdo y también de algunos de los consejos que le daba: «No te cases me decía otras veces. ¿Para qué quieres tener otros engorros? Vale más estar libre, y tú eres bastante egoísta» . Otras veces le advertía: «Mira, si tienes líos, ya sabes: todo fuera de casa. Dentro de casa, nada» . Durante este tiempo, Baroja se convierte en empresario panadero. El marido de su tía, Matías Lacasa, quien junto con un médico valenciano que solamente sabemos que se apellidaba Martí, fundaron una panadería que aunque al principio les fue bien, después sólo para ir viviendo. Al fallecer su tío anteriormente ya había fallecido Martí, es cuando su tía Juana escribe a la madre de los Baroja para que envíe a alguno de sus hijos. Ricardo estuvo algún tiempo hasta que se cansó y lo dejó, «después dice Pío Baroja marché yo, y luego estuvimos los dos, y fuimos sacando adelante el negocio. Los tiempos eran malos; no había manera de salir adelante, y en ninguna parte se podía decir tan bien el refrán de que “donde no hay harina todo es mohina”, y allí no había harina».

La tía Juana muere y deja la panadería a sus sobrinos que todavía seguirán algunos años con ella hasta que la venden. Mientras tanto, Pío Baroja viaja a París, pero no para conocer la ciudad sino que pensaba buscar trabajo en alguna empresa editorial como traductor: «Sabía que en París existían casas editoriales que se indicaban a editar traducciones españolas de obras extranjeras y diccionarios castellanos con vistas a los mercados de América. Muchos españoles vivían de esta clase de trabajo» . No obstante, Baroja reconoce que sabía muy poco francés, aunque creía que si encontraba una ocupación llegaría a aprenderlo. El problema era tener algo para vivir. Pero lo cierto es que no encontró nada, «absolutamente nada para ganarme la vida. No era aquello de que le dijeran a uno: “Si supiera usted latín o griego o matemáticas le podríamos dar empleo”. Nada absolutamente nada» . Él llegó a París sin recursos y también sin recomendaciones, y vio en esta ciudad lo que ve un hombre sin medios. Y con unas pocas monedas que le proporcionó un amigo y un billete de ferrocarril del Consulado como indigente, volvió a España trayendo de la capital francesa un mal recuerdo. «Naturalmente, en cualquier gran ciudad a la que hubiese ido con poco dinero me hubiera pasado lo mismo» .

Al llegar de nuevo a Madrid, comenzó a reunirse con su gente literaria. Por entonces había dos tertulias de escritores jóvenes y es por esta época cuando Pío Baroja intenta publicar una serie de cuentos y de impresiones que había publicado en distintos periódicos. Después de que se lo rechazara un editor catalán, consiguió que otro editor llamado Miguel Poveda se los publicara bajo el título de Vidas sombrías. Miguel de Unamuno hizo buena crítica del libro lo mismo que Pedro Corominas y Eduardo Marquina. Azorín envió dos cartas al editor elogiando la obra. A partir de ahí fueron amigos hasta la vejez. Después el editor catalán que le había rechazado la publicación de Vidas sombrías le publicaría Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, novela que había aparecido en forma de folletín en El Globo. En este tiempo publicaría también La casa de Aizgorri, novela dialogada. En El Globo trabajo durante algún tiempo como jefe de redacción; y es enviado a Marruecos por el periódico como corresponsal de guerra. Esta experiencia dura apenas un mes porque regresa de nuevo a Madrid acompañado de su hermano Ricardo que había ido en calidad de reportero gráfico.

Una vez en la capital de España, abandona el periódico y emprende viaje a San Sebatián donde iba a dar comienzo la publicación de un nuevo diario: El Pueblo Vasco. Pío Baroja aspiraba a dirigirlo, pero la dirección recaería en el periodista Juan de la Cruz Elizondo que fue quien llevó a buen puerto el proyecto del fundador Rabel Picabea y Leguía. El periódico dio la bienvenida a Baroja y recuerda a sus lectores los artículos que había enviado a La Voz de Guipúzcoa durante su estancia en París. Baroja publicaría solamente una docena de artículos y algunos de ellos irían, con ligeras modificaciones, a El tablado de Arlequín. Por esta época haría una escapada a Córdoba. Había terminado de corregir las pruebas de Aurora roja cuando se le ocurrió marchar a Córdoba donde se encuentra con el pintor Darío Regoyos de quien era muy amigo, incluso, dice Baroja: «Regoyos me quiso regalar varias veces cuadros suyos, pero yo no acepté» . Con las impresiones de Córdoba escribió su novela La feria de los discretos, que comenzó en Madrid y terminó en el monasterio de El Paular. Esta novela sería la primera que le tradujeron. Fue en italiano y no gozó de buena crítica.

En 1905 o 1906 (él mismo no recuerda el año exacto), viaja a Londres y lo hace en compañía de Ortega y Gasset hasta París donde se despedirían porque el filósofo seguiría hasta Alemania. No llevaba un plan concreto en su visita a Londres, pero le interesaba conocer aquella ciudad por si había algo que hacer que pudiera convenirle. Tenía, por otra parte, deseo de conocer Inglaterra, porque había sido un entusiasta de su literatura, en especial de las novelas de Dickens. Le encantaba pensar en recorrer los rincones que había descrito este maestro de la novela inglesa. Su primera visita fue al río Támesis que le pareció algo extraordinario, con su agua amarillenta manchada de vetas oscuras. Vio los alrededores de la Torre de Londres y del Parlamento. Inspeccionó las callejuelas estrechas, «con músicos ambulantes, algunos pintados de negro, con arpas, guitarras, flautas acordeones, clarinetes y cornetines, y en donde las chicas bailaban jigas con una música antigua» . La estancia en la capital inglesa duró unos tres meses y vio a casi todos los españoles que allí vivían. Del primero que habló fue de Maeztu: «su preocupación constante es España, hasta el punto que no habla jamás de otra cosa. Se pasa la vida leyendo periódicos españoles y pensando en lo que dice Valle-Inclán, o en lo que dice Azorín, o en lo que dice Bueno».

En esta época Baroja no para de viajar. Después de regresar de Londres ya está preparando un nuevo viaje a París en compañía de su hermana Carmen. Pero antes viviría el día trágico habido en Madrid el 31 de mayo de 1906 cuando al paso de la carroza que llevaba a los nuevos esposos, Alfonso XIII y Victoria Eugenia, explotó una bomba lanzada por el anarquista Mateo Morral. Los reyes salieron ilesos pero hubo varios muertos y numerosos heridos. Al parecer Baroja, no solamente conocía al individuo que arrojó la bomba, había coincidido con él en la Horchatería Candelas de la calle de Alcalá, sino también a otros involucrados: «Pero el caso es que los conoció a todos: a Nákens, en cuya casa se escondió Mateo Morral; a Iribarne y a Estévanez, que según sospecha de Baroja fue el que trajo la bomba a España desde París» . Con este último coincidiría en París en el café Flora y de sus conversaciones con él le servirían para que después escribiera dos novelas. Una, Los últimos románticos, y otra, Las tragedias grotescas. De París no tardaría en regresar de nuevo con gran desolación de su hermana Carmen.

Después de escribir La dama errante, marchó a pasar una temporada a San Juan Pie de Puerto donde escribe La ciudad de la niebla. Visita San Sebastián y se entrevista con algunos amigos de su padre para recabar información sobre la guerra carlista Con los datos que pudo recoger escribió Zacalaín el aventurero que es una de sus mejores novelas. Fue traducida a varios idiomas. Con el dinero que le dieron se marchó a pasar una temporada a Florencia, luego a Milán y a Ginebra. Después volvería a Italia donde al parecer tenía la idea escribir una novela histórica sobre César Borgia. La curiosidad por este personaje ya le venía desde que hacía años había visitado Viana de Navarra en compañía de Ramiro de Maeztu. La novela histórica no le salió y renunció a ella. Sin embargo, decidió hacer una novela moderna, con algo que recordara el tipo antiguo, y escribió César o nada, historia de un anarquista un tanto original, que prefiere los negocios bursátiles a la cultura clásica. De su estancia en Roma, una marquesa solterona de la ciudad italiana llamada Ferrara le inspiró el personaje de su novela La feria de los discretos.

A su vuelta en Madrid caminando un día hacia la Puerta del Sol se encontró con su amigo el músico Rogelio Villar. Más adelante, en la plaza de España, vieron pasar en coche al político Alejando Lerroux a quien conoció con Azorín en la redacción del periódico El Progreso. El maestro Villar y él deciden acercarse hasta la redacción de El País a donde al parecer se dirigía Lerroux. Éste le habló de que pensaba fundar un periódico que se llamaría El Radical y que esperaba colaborase como así hizo publicando como folletín César o nada. Días más tarde es invitado a ingresar en su partido y además como candidato a concejal en las próximas elecciones municipales. Aceptó también esta nueva proposición y llegado el momento participa en mítines aunque él no hablaba porque, según el mismo Baroja, no tenía condiciones para ello. Un día el propio Lerroux le invita a que le acompañe a Barcelona donde pasó su apuros porque dice el mismo Baroja: «Había escrito yo algunos artículos en contra de los catalanistas sin gran violencia y tomándolo más que nada, desde un punto de vista literario» . Enterados los periodistas de que estaba allí le desafiaron a que dijera en un lugar público lo que venía sosteniendo con la pluma desde los periódicos de Madrid. Lerroux le invitó a que diera una conferencia en la Casa del Pueblo, porque de lo contrario iba a quedar mal. Baroja volvió a repetir que no tenía condiciones de orador y que además no había tiempo suficiente para escribir una conferencia. Ante la insistencia del político prometió entonces escribir unas cuartillas que leería el propio Lerroux. Pero llegado el momento dijo que no entendía la letra y que tenía que ser el mismo Baroja quien éste las leyera. Accedió con gran esfuerzo y todos los periódicos de la ciudad se ocuparon de sus palabras siendo la revista Papitu la que escribió: «El señor Baroja ha hablado con dureza de nuestras instituciones, de nuestra política, de nuestros hombres, de nuestros edificios y de nuestras calles. Señor Baroja: ¿Qué tiene usted que decir de nuestras madres?» . En cuanto pudo, Baroja abandonó la política, pero no definitivamente porque lo veremos de candidato a concejal de Vera de Bidasoa en el año 1920 no salió elegido, y en 1922 que sí salió elegido, pero que renunció al cargo al parecer, por sus impedimentos físicos que le impedían ejercerlo.

Volvería a publicar siendo en esta ocasión la novela Las inquietudes de Shanti Andía que trata la vida de un viejo marinero que escribe en un pueblo de la costa las memorias de su vida. Los datos auténticos de este libro se los dieron marineros que vivían retirados en San Sebastián. Después publicaría El árbol de la ciencia, libro de carácter filosófico. Es por esta época cuando Baroja cansado de vivir constantemente en Madrid propone a su familia pasar los veranos en el campo o a las orillas del mar. La idea de ir a una pensión o a un hotel barato no le ilusiona, y decide que había que comprar una casa. Su madre y él comienzan a leer los anuncios de los periódicos del país vasco y por fin ven el anuncio de la venta de un caserón en Vera. A este lugar se traslada y sin más preámbulos compra el caserón: «Cuando volví a Madrid le dije a mi madre que, probablemente, cuando fueran a Vera, les parecería la compra mía un disparate, pero yo creía que, a la larga, dominaríamos la casa y la arreglaríamos» . En ese mismo verano, después de comprar el caserón, la familia se instala en Vera, pero no en su casa que estaba inhabitable en ese momento, sino en un piso alquilado donde fallece el 15 de julio de 1912 su padre Serafín Baroja cuando las obras de la restauración del caserón aún no habían comenzado.

Participaría después en un proyecto muy importante: la revista España, y lo hace de la mano de Ortega y Gasset. Aparece en un momento en que la guerra mundial está en su apogeo y la revista se declara antigermanófila. Baroja acudía a la redacción y discutía con los francófilos que creían «como en un dogma que Francia, Inglaterra y los aliados representan íntegramente la Justicia, el Derecho y la Civilización, y los alemanes y austriacos la brutalidad, la rapiña y el militarismo» . Años después, concede una entrevista a Cela que le pregunta si era germanófilo, y Baroja contesta: «Hombre sí, yo era germanófilo; yo creo que el triunfo de la Alemania de entonces acabaría disolviendo una porción de cosas viejas. Había más libertad en la Alemania del Kaiser que en la Francia de Poincaré y de los Derechos del Hombre. En Alemania se daban traducciones de las novelas de Tolstoi que en Francia estaban prohibidas» . En la revista participarían también el cuñado de Azaña, Rivas Cherif, Madariaga, Sánchez-Albornoz, Pérez de Ayala, Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán, Margarita Nelken (que sería la traductora de Baroja al francés), Unamuno, el propio Ortega, etc.

Se casa su hermana Carmen con Rafael Caro Raggio dueño de una editorial. En un principio, Baroja publicó todos sus libros en esta editorial, pero por consejo de Ortega y Gasset se pasaría años más tarde a Espasa-Calpe que contaba con mejor distribución. Entretanto escribe Las horas solitarias y lo hace desde el retiro de su casa de Vera donde solía llegar hacia el mes de mayo y no regresaba a Madrid hasta noviembre. No es soledad lo que buscaba, pero tampoco encontraba en Madrid una vida social de su agrado. Decía su sobrino Julio Caro Baroja: «Mi tío no se aburría en la soledad, pero temía aburrirse en compañía» .

No era Baroja una persona que no amara la cultura vasca, pero repudiaba el nacionalismo de Sabino Arana; interpretaba, además, que los vascófilos, no todos, «han inventado desde hace tiempo una porción de mentiras» . Interpretaba también que para un verdadero vascongado el bizcaitarrismo es una farsa y aunque cuando dicen que no son latinos afirman, al mismo tiempo, ser católicos apostólicos y romanos. Cuando dicen que son tradicionalistas y que respetan la tradición, «lo primero que hacen es falsificar la historia y cambiar la ortografía del vascuence» . Y también cuando dicen: «Somos distintos al resto de los españoles, y se entusiasman con los toros y con la jota, con la virgen del Pilar, con los pianos de manubrio, con los cantos flamencos y con los demás fetiches del país» . Indudablemente Baroja no encontraba ninguna diferencia entre los bizkaitarras y el resto de los españoles.

El 23 de septiembre de 1923 se produce el golpe de Estado de Primo de Rivera. Baroja no parece interesarse mucho por el acontecimiento, por eso, quizás, no haya criticado nunca al dictador sino más bien todo lo contrario. En el mismo año fecha su novela El laberinto de las sirenas en la ciudad holandesa de Rotterdam. En 1924 da una conferencia en la Sorbona y se presenta ante los alumnos como un hombre que no ha tenido mucha suerte, incluso piensa que ha fracasado como panadero y como médico siendo esta la razón por la cual se ha dedicado a escribir, pero «sin esperanza de éxito ni eficacia». Años más tarde dio otra conferencia «en el Ateneo de San Sebastián pasablemente demoledora, donde arremetió contra la democracia y materias concordantes, esto es, contra casi todo lo que se le ocurrió, porque pasaba por ahí y porque era eso también lo que el público pedía de quien se había convertido en uno de sus personajes» . De esta conferencia se hizo eco Ramiro de Maeztu en un artículo que publicó en el diario ABC y el propio Baroja recogió algunos párrafos en uno de sus libros. Por lo que le contestó no parece que fuera de su agrado porque le lanza esta andanada: «Era católico, y leyó a Kart Marx y se hizo comunista. Era marxista y se hizo tradicionalista. Era incrédulo, y oyó al padre Ibarranguelúa y se hizo creyente» . Incluso su olvido por quien muy posiblemente fue uno de los intelectuales españoles del siglo XX más importante en entidad de pensamiento, tal vez sólo superado por Ortega y Unamuno, le llevó a no escribir ni una sola línea sobre el cruel asesinato de Maeztu ocurrido el 29 de octubre de 1936.

Un mes antes de la llegada la Segunda República, Baroja concede una entrevista al jonsista Juan Aparicio que publicó el semanario fundado por Ledesma Ramos La Conquista del Estado. Baroja dice que «la República de proclamarse sería de opereta. Discursos en el Parlamento y cuarteladas de generales». Más adelante añadió: «Hace veinte años hablé yo como radical en un mitin de la calle de Atocha, y dije, como hubiera dicho ahora, que no era apenas republicano, que era partidario de una dictadura centralista y de carácter social. Me sisearon. Luego habló el terrible socialista García Cortés elogiando el federalismo y la democracia, y fue ovacionado y ensalzado. ¡Qué hombre!, decían todos. Hoy este señor forma en las puras huestes del conde de Romanones» . Durante la República colabora en el diario Ahora generalmente con artículos de carácter literario que más tarde recogería en Siluetas románticas y en Vitrina pintoresca. En esta época publicaría también La selva oscura y Las noches del Buen Retiro.

El 7 de junio de 1934, es elegido miembro de la Real Academia de la Lengua Española y un año después leería su discurso de ingreso. Al parecer, según cuentan algunos de sus biógrafos, dijo que si lo habían elegido no había sido por lo que había escrito, sino por lo mucho y mal que habían hablado de él. Otra cosa de lo que también se habló y escribió mucho de aquel día fue del uniforme de académico que llevaba puesto Baroja. Uno de los artículos que más llamaron la atención, al menos al propio Baroja que reproduce parte del mismo en unos de sus libros porque le pareció un artículo simpático, es el que escribió el falangista Rafael Sánchez Mazas que tituló Baroja de frac: «No estaba allí Lorenzo Sterne, en la recepción académica. Él habría explicado como nadie, si era o no era elegante Baroja, de frac. Apareció allá en el estrado como lo que realmente es: un antiguo señor y un aldeano. Son dos cosas que suelen fracasar en este tiempo, pero que, así, nos componen a veces un gran escritor. Baroja no quiere más que trajes de casa. Se refugia en la literatura… Podíamos estar seguros, Lorenzo Sterne y yo de que Pío Baroja, de frac, era el escritor español más elegante que hubiéramos visto».

Un año después por cuenta de la revista Estampa hace la ruta del general carlista Miguel Gómez y Damas cuyas crónicas una vez publicadas en la revista las recogería en el libro Bagatelas de otroño. En esta misma época publica El cura de Monleón,, un tanto nacionalista y místico. Esta novela la utiliza para expresar el caos político del país con el advenimiento de la República. No tiene desperdicio, como tampoco lo tienen sus opiniones acerca del ser o no ser vasco. En el capítulo XXXIII de la novela hace decir a Javier, el cura, «yo no soy más que vasco» después de pronunciar un sermón que se consideró un tanto bizcaitarra.

El 7 de septiembre de 1935 en su casa de Vera fallece Carmen Nessi, la madre de Baroja. Esto fue para él un duro golpe porque siempre vivió pendiente de ella. Antes de morir consoló varias veces a su hijo: «Al fin y al cabo esto tiene que llegar. No es más que como un sueño» . Todo Vera, sin excepción, se sumó al duelo de la familia Baroja, pero casi un año después el pueblo estaba dividido. La guerra civil había comenzado y lejos quedaba aquel día de cuando los restos de Carmen Nessi habían sido enterrados en el cementerio próximo al Bidasoa, donde ya reposaban los de su marido.

El comienzo de la guerra civil cogió a la familia Baroja al completo en su casa de Vera. A uno de los dos médicos del pueblo, José Ochoteco, se le ocurrió ir a ver a su novia que vivía en Almandoz, localidad no muy lejana de Vera. El médico invitó a Baroja a que le acompañara y a ellos se les unió un agente de policía. Por el camino comenzaron a cruzarse con camiones, cargados de hombres que se dirigían a Guipúzcoa a combatir. Baroja quiso dar la vuelta, pero el médico se empeño en seguir y fue al regreso cuando los detuvieron y los pusieron delante de una pared. «Yo dice Baroja supuse que allí terminábamos. Nos mandaron que siguiéramos en el auto a las fuerzas carlistas. Así fuimos a Vera» . Después, en calidad de detenidos, los llevaron hasta Santesteban, donde los encerraron en la cárcel municipal. «A eso de media noche entró en el sótano de la cárcel un oficial del ejército español muy elegante, que era Martínez Campo, duque de la Seo de Urgel, ahora capitán general de Tenerife. Estuvo muy amable con nosotros y dio una orden de libertad para el médico y para mí» . Meses después, diría Baroja: «En el periódico de Madrid Claridad, inspirado por ese mediocre de Largo Caballero, al contar que yo había sido preso en Navarra por los carlistas, se dijo que era una lástima que no me hubieran fusilado».

Al regresar a Vera, Baroja no las tenía todas consigo y decide marcharse a pie a Francia. En el camino detuvo a un coche conducido por un francés que lo llevó hasta el país vecino. Una vez cruzada la frontera se encuentra con un viejo amigo, Fernando Ortiz Echagüe, que le invitó a que colaborase en el periódico argentino La Nación, pero los ánimos de Baroja no estaban para escribir nada. No tenía claridad de espíritu para saber qué iba a salir de aquella lucha entre hermanos; no tenía simpatía por ninguno de los dos bandos en litigio porque pensaba que nadie había tenido la más pequeña atención con un hombre como él. Más tarde aceptaría la invitación de Ortiz Echagüe, aunque a Marino Gómez Santos le dice que fue Méndez Calzada, delegado en París de La Nación quien le ofreció «una colaboración mensual, pagada a 330 francos, y poco después me dijo que podía entregar dos» .

Durante los primeros días de su estancia en Francia, un periodista americano publicaría en un diario parisino una entrevista que le hace en San Juan de Luz y que lógicamente el tema de la guerra que está sufriendo España es el tema central. «Al advenimiento de la República todo esto cambió; el país comenzó a excitarse y el fiero español de antaño apareció en escena», le dice Baroja. Cuando el periodista le pregunta si no cree en el derecho político, Baroja contesta: «Yo nada; creo que eso del derecho político es un mito religioso que se perpetúa. La Sociedad de Naciones de Ginebra es un segundo cónclave de quien no hace caso nadie. Las mismas ideas políticas ¿qué valor tienen? Ahora ve Vd. en España vascos católicos nacionalistas contra vascos católicos tradicionalistas, sindicalistas de la Falange Española contra sindicalistas de la C.N.T. Las ideas diferentes entre blancos y rojos las unifica el odio contra el adversario» . Para finalizar la entrevista, el periodista le pregunta cuál sería la mejor solución. Y Baroja contesta: «Yo creo que si los militares son vencedores la mayoría de los españoles podrá vivir medianamente. Quizá habrá conflictos obreros, no sé. Ahora si los rojos ganaran, lo que me parece poco probable y siguieran una política como hasta aquí, sería la vida caótica y sin sentido…».

Estaba claro que para Baroja, la República había vivido en plena dictadura, en pleno despotismo y en plena arbitrariedad. Había suprimido periódicos; había metido en la cárcel a gente inocente y había tenido «el deseo de vejar». Además también añadía: «Cuando hace más de un año socialistas y comunitas luchaban con los fascistas en las calles de Madrid el Mundo Obrero, órgano del comunismo, recomendaba contra los fascistas la eliminación integral, es decir la muerte».

En febrero de 1937, con Baroja en el exilio, el Diario Vasco, órgano falangista, bajo el título Pío Baroja y España publicó un amplio artículo que comenzaba con estas palabras: «De las tres grandes figuras literarias de esa generación que hemos llamado del 98 Miguel Unamuno, Valle Inclán y Pío Baroja, sólo este último, sigue viendo la lucha final en que se han enzarzado sus nietos». Y las terminaba con estas otras: «Con gran afecto como españoles y como nacional-sindicalistas, desearíamos que Baroja volviera a la Patria común a contemplar a esta juventud que no ha mucho leía sus libros y preñaba su espíritu de vitalidad con su lectura y hoy llena de fe, encontrada a sí mismo y reafirmada en las raíces de la tradición nacional, cree y forja arma al brazo una España Grande en la que Pío Baroja cabe para honrarla».

El 13 de septiembre, de vuelta a España, cruzó el puente internacional de Irún. En carta del día siguiente, Marañón comentaría con Menéndez Pidal: «De los compañeros de la Academia, sólo veo a Baroja; o veía, mejor dicho, porque anoche se fue a Vera muy contento. Su sobrino Julio Caro lo vio aparecer en Irún, sin embargo, flaco, derrotado y pálido» . En su casa de Vera está su familia casi al completo, falta sólo su cuñado Rafael Caro que no había podido salir de Madrid. Al poco tiempo comenzó a colaborar en algunos periódicos de la zona nacional A título de ejemplo podemos citar los siguientes artículos: Las promesas de oriente y Comunismo y judaísmo . Este último sería el que le dio después la idea, al editor Ruiz Castillo, de publicar, con el consentimiento del propio Baroja, un trabajo formado con artículos antiguos y fragmentos de alguno de sus libros que tituló Comunistas, judíos y demás ralea. Fue publicado en Valladolid en 1938 sirviendo de prólogo un ensayo de Ernesto Giménez Caballero titulado Pío Baroja precursor español del fascismo «que le gustó cuando se publicara por 1934 en la revista JONS».

Pasadas las Navidades, Baroja recibió la convocatoria de acudir a Salamanca a la ceremonia de constitución del Instituto de España, según idea de Eugenio d’Ors por aquel entonces director de Bellas Artes. Llegó a la capital castellana en los primeros días de enero. Según Marañón, Baroja recibió una gran ovación por parte de la juventud, pero así y todo quedó muy poco satisfecho del acto, como ha escrito su sobrino: «Entre los académicos de la Española, el que allí cortaba el bacalao, como vulgarmente se dice, era el obispo de Madrid-Alcalá, don Leopoldo Eijo Garay… [que] no quiso saludar a mi tío y aun esquivaba el mirarle…Otros notaron el hecho y siguieron la pauta…» . Debió de ser cierto, «puesto que ni siquiera en la Gaceta Regional se destacó la presencia de Baroja, a pesar de que su director, Juan Aparicio, era un ferviente barojiano, que frecuentaba antes de la guerra la casa del novelista» y que dos días después le publicó el articulo titulado El fondo del marxismo.

Volvería a marchar a Francia porque al parecer tenía pendiente cobrar una cantidad importante. Durante esta ausencia fecha en la capital de Francia su novela Susana, donde aparece el propio Baroja como escritor madrileño huido de la zona roja.

En otoño de 1940 regresó a Madrid, pero antes había pasado por Vera donde su sobrino cuenta que al llegar un brigada de la Guardia Civil le preguntó: «¿Y cómo andamos de religión?». A lo que Baroja contestó: «Pues bastante medianamente» . En la capital se encontró con la casa familiar totalmente destruida. Bajo los escombros estaba sepultada toda la maquinaria de la editorial de su cuñado Rafael Caro Raggio. Del naufragio se salvaron muy pocas cosas. «Mi cuñado le dice a Marino Gómez Santos, que había resistido toda la guerra en Madrid porque le sorprendió aquí y luego no pudo salir, estaba agotado y muy enfermo, tanto que murió tres años después. Con mi sobrino Julio, reanudé la lucha por la vida, que se presentaba difícil para nosotros» . Dos años después comenzó a publicar en una revista sus Memorias, que más tarde reuniría en siete volúmenes bajo el título genérico: Desde la última vuelta del camino.

«Yo no tengo la costumbre de mentir», escribía un día Baroja. Añadiendo a continuación: «Si alguna vez he mentido, cosa que no recuerdo, habrá sido por salir de un mal paso. No por pura decoración» . Sin embargo sabemos que cuando en el diario Arriba, a la pregunta de qué puede decir sobre José Antonio: «Pues verá usted. Sobre José Antonio no puedo decir nada porque no llegué a conocerlo nunca. Ni siquiera de vista» , está mintiendo porque existe una fotografía, del año 1927, publicada en las páginas de huecograbado del libro de Mercedes Formica Espejo roto. Y espejuelos, donde podemos contemplar a Baroja al lado de José Antonio, rodeados ambos de otra serie de personas. Por si fuera poco este testimonio, uno de sus biógrafos escribe: «Existe alguna fotografía, tomada en Behobia, según testimonio de Pío Caro Baroja, que, como muchas otras, pueden “mal interpretarse y sacarse de contexto”, en que aparece Baroja con los hermanos Primo de Rivera porque estos asistieron al rodaje. Uno de ellos fue un jovencísimo José Antonio Primo de Rivera».

Entre los años 1943 y 44 le traducen La Busca, Mala hierba y Aurora Roja, al holandés; Juan Van Halen y Zalacaín el aventurero al francés; Shanti Andía y el Convento de Montsant, al portugués y Zalacaín el aventurero, también al alemán. En España publica El cantor vagabundo y Miserias de la guerra. Asimismo aparece La obsesión del misterio, Aquí París, Miserias de la guerra, una de las obras que compondrían Las Saturnales, Madrid y la revolución, Los contrabandistas vascos, etc. Colaboró en la revista falangista Escorial y con él «casi todos los poetas y escritores no exiliados, cualquiera que fuera su tendencia» . En estos últimos años de su vida sobre el franquismo no dijo absolutamente nada; aunque una vez muerto Franco, eso sí, su sobrino dijera que «mi tío Pío repetía una y otra vez, como una vieja cantinela, que Franco era un enano miserable, cruel y que lo mejor era marcharse» .

El 30 de octubre de 1956 su hermano Ricardo muere tres años antes, fallece Pío Baroja en su casa de Madrid, el novelista que publicó toda su obra en castellano sin importarle si lo que escribía molestaba al mandamás de turno, algo que no se lo perdonan los nacionalistas vascos. Por otro lado, la prensa falangista le dedica grandes elogios: «Con la muerte de Baroja pierde España el novelista de más enjundia, el de más valor, mayor contenido, aquel en quien reconocía hace bien poco Hemingway como un indudable maestro de la narración sincera y directa. La vida de Baroja ha sido una hermosa prueba de honradez profesional. Fue un novelista íntegro, sin disimulos…».

Camino del cementerio civil bajan el cadáver sus amigos Camilo José Cela, Eduardo Vicente Val y Vera, y Miguel Pérez Ferrero. Mientras tanto, un vecino que vive en el último piso y que lo trataba íntimamente, contempla la escena y exclama: «¡la sorpresa que se va a llevar don Pío cuando vea que va al cielo…!».


JOSÉ Mª GARCÍA DE TUÑÓN AZA
(*) Artículo publicao en la revista El Catoblepas, nº 93. 2009

1 comentario:

  1. Veo que sigues publicando artículos en Valdecuna sin descanso. Continúa con ello, pues así estará al alcance de muchas más personas que podrán empaparse de tú amplia sabiduría.

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