lunes, 26 de abril de 2010

MIGUEL HERNÁNDEZ
EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO

José Mª García de Tuñón
Aunque aún no se han cumplido los cien años del nacimiento del poeta de Orihuela, será el 30 de octubre próximo, en toda España, también en algunas naciones de América, incluso de Asia y África, se recuerda al autor de El rayo que no cesa, conmemorando su centenario. Hasta donde he leído, he visto que más que su calidad como poeta recuerdan su afiliación comunista, pero nadie dijo que Rafael Alberti «no soportó le robara la etiqueta de poeta de la revolución». En uno de esos homenajes que se están celebrando me ha llamado la atención el que protagonizó el escritor y ex secretario del Partido Comunista de Andalucía, Felipe Alcaraz Massats, quien aprovechó la ocasión para hablar de política en vez de referirse más a la obra del poeta Miguel Hernández, porque dijo: «Estamos viviendo la democracia de los vencedores». Es decir, quería que estuviéramos viviendo la de los vencidos, o sea, la de Largo Caballero, la de Pasionaria, la de «¡Viva Rusia!», en definitiva, la democracia estalinista que provocó millones de muertos y convirtió a media Europa en una gran prisión.
Por otro lado, Alcaraz recordó a García Lorca, pero nada dijo que éste poeta odiaba al de Orihuela, detalle que Saramago jamás olvidó: «El talento del genio no le da derecho a menospreciar a los demás y eso no se lo perdono a Lorca». El ex secretario comunista olvidó contar también cuando Miguel Hernández irrumpió en el edificio de la Alianza en Madrid y al ver el festín que estaban preparando mientras otros morían en el campo de batalla, dirigiéndose a Alberti, le dice: «Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta». Al escuchar María Teresa León estas palabras le pegó una bofetada, según ella misma ha dejado escrito. En fin, que con tantos olvidos, el comunista olvidó que los falangistas quisieron esconder a Miguel Hernández para que no fuera detenido. Al no conseguirlo, por una serie de errores del propio poeta, fue juzgado y condenado a muerte por lo que uno de los primeros afiliados a Falange, Rafael Sánchez Mazas, se entrevistó con Franco y obtuvo que le fuera conmutada esa pena por la inferior en grado que serían treinta años.
Sobre la intervención de éste y otros falangistas en favor de Miguel Hernández casi todos lo han obviado: no lo han tocado de pasada, ni tan siquiera de soslayo; solamente se han referido a ellos las asociaciones culturales Ademán y Fernando III, de Sevilla, en un acto celebrado recientemente en la capital hispalense donde intervinieron Javier Compás, vicepresidente de Ademán, el jefe de la sección de Edición de Abc de Sevilla, Romualdo Maestre, y el escritor Aquilino Duque –con quien tuve la suerte de formar cartel en un par de ocasiones–, que glosó la figura de Miguel Hernández a través de la lectura de varios de sus poemas, recordando también lo que le contó el poeta sevillano Romero Murube el día que el autor de Andaluces de Jaén llegó al Alcázar en el momento en que en él se alojaba el mismo Franco que había llegado a Sevilla para celebrar el desfile de la Victoria.

martes, 20 de abril de 2010

CRISTINA ALBERDI

José Mª García de Tuñón (*)
Es una señora que se gana la vida con su título de abogada, que en un tiempo fue ministra con Felipe González y que ahora, en época de crisis, para reforzar sus ingresos aparece de tertuliana en algunas televisiones. Según a qué plató vaya se viste con piel de cordero o con piel de lobo feroz. La semana pasada en Telemadrid fue vestida con la de canis lupus, y usando su derecho, faltaría más, defendió por activa y pasiva al juez Garzón. A mí me pareció normal, aunque otros tertulianos no usaron la misma vehemencia en defensa del juez estrella. Lo que me pareció más estrambótico por parte de esta señora es que después de acabar su defensa en beneficio del juez, finalizara disgustada porque quien intenta sentarle en el banquillo sea Falange Española de las JONS, partido que, según ella, debiera de estar prohibido en España lo mismo que en Alemania no dejan que se legalice el partido nazi. Este lenguaje fuera de lugar, dicho, además, con muy mala intención porque no hay posible analogía, demuestran que amén de desconocer la historia se une al coro de los que intentan que aquí siga habiendo dos Españas, pues por lo que estamos viendo y oyendo parece que hay quien se empeña en que continúen vigentes aquellas palabras del poeta cuando se refirió a que una de ellas «ha de helarte el corazón».
Falange Española jamás provocó una guerra mundial, ni tan siquiera una revolución como la han provocado los socialistas –partido al que ella pertenece o ha pertenecido– en 1934, donde en vez de reivindicar mejoras salariales para todos los trabajadores, se dedicaron a asesinar a sacerdotes y religiosos –incluso a obreros que ningún mal habían hecho y que con seguridad percibían salarios más bajos que los de sus propios asesinos–, además de volar la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, quemar la Universidad y docenas de edificios más de misma ciudad, que nada tenían que ver con esa revolución social que nos han querido meter de contrabando. Falange Española no ha tenido un Paracuellos como lo ha tenido Santiago Carrillo que, además, para vergüenza de todos un día a no se sabe quién se le ocurrió la idea de que fuera investido doctor Honoris Causa en la Universidad Autónoma de Madrid. Por otra parte, el juez Garzón, en 1998, utilizando criterios totalmente opuestos a los utilizados ahora rechazó actuar contra Carrillo por crímenes que, según su opinión, habían prescrito, acusando, incluso, a sus promotores de «mala fe procesal» y de «abuso del derecho». De todo esto, Cristina Alberdi, en esa tertulia, ni en ninguna otra, no dijo nada. Y si quiere hablar de crímenes que por lo menos repita las palabras del socialista Indalecio Prieto cuando se refirió a los crímenes «injustificables y estúpidos que uno y otro bando cometieron durante la guerra civil». Yo, por otro lado, recomendaría a esta ex ministra que leyera más, incluso a Rosa Chacel, Victoria Kent, Carmen Martín Gaite, y hasta la misma María Teresa León.
Para terminar su función de mujer progresista, muy recientemente Cristina Alberdi declaró que «el Ministerio de Igualdad es muy positivo, debería haber uno en cada país», para añadir a continuación: «Bibiana Aído lo está haciendo muy bien, avanzado como puede con la situación de la crisis»; es decir, Cristina Alberdi está muy conforme con lo que sobre el aborto nos trajo la miembra, que como todos recordarán, un día dijo que un feto es un ser vivo pero no podemos hablar de ser humano. Y cuando la señora abogada se ha referido a la «crisis» me figuro que será para justificar lo que al parecer ahora ofrecen algunos desaprensivos que no es otra cosa que un descuento para abortar a quienes tengan el carné joven, o sea, los defensores del aborto no han dudado de someter la vida del no nacido a un simple mercado pues para ellos eliminar el feto es sólo cuestión de negocio.

(*) Publicado en el nº 508 de la Revista digital El Risco de la Nava

domingo, 18 de abril de 2010

MIGUEL HERNÁNDEZ, EL POETA MARCADO POR EL DOLOR

El poeta que dicen, y es verdad, que luchó con tres heridas: la de la vida, la del amor, y la de la muerte. El poeta que al no haber tenido el trágico final de García Lorca es, posiblemente, por esta razón el más silenciado de los dos. O también porque como no fue un poeta del agrado de Lorca tuvo como consecuencia que la larga lista de exegetas que tuvo el granadino se olvidaran del poeta de Orihuela, lo mismo que había hecho la generación del 27 que lo maltrató dejándolo en el olvido. Miguel Hernández le hacía sombra a García Lorca y éste no lo podía soportar: por eso el Premio Nobel José Saramago, en la clausura del II Congreso Internacional Miguel Hernández dijo, refiriéndose al día en que Lorca rehusó acudir a casa de Vicente Aleixandre porque se enteró de que allí estaba el poeta de Orihuela: «El talento del genio no da derecho a menospreciar a los demás y eso no se lo perdono a Lorca»[1]. Pero no fue solamente éste el rechazo que tuvo por parte de otros poetas, también sufrió el de Rafael Alberti[2] que «no soportó le robara la etiqueta de poeta de la revolución», nos dice su biógrafo José Luis Ferris[3]. Aunque en este caso la causa también pudiera estar motivada cuando durante la guerra civil Hernández irrumpe un día en el edificio de la Alianza y al ver el festín que se estaba preparando no pudo ocultar su enfado ante lo que él creía, con razón, un gran derroche mientras otros camaradas morían en los campos de batalla, el poeta dirigiéndose entonces a Alberti le dice: «Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta»[4]. Al parecer, estas palabras fueron escuchadas por Mª Teresa León quien muy enfadada se dirige al autor de El rayo que no cesa, y le dice: «No tienes ningún derecho a hablar así de una mujer y extender ese juicio a todas las mujeres de la Alianza. Eso no es de hombres. A la contestación suya, yo le pegué una bofetada».[5]

La vida del poeta fue verdaderamente corta y triste. Él mismo nos lo dejaba reflejado en este hermoso soneto:

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.

Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.

Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.

Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.

Miguel nació un 30 de octubre de 1910 cuando en casa de sus padres, el matrimonio Hernández-Gilabert, ya habían nacido Vicente y Elvira. Después vendrían cuatro hermanas más, pero solamente la última, Encarnación, nacida en 1917, llegaría a sobrevivir. El cabeza de familia, del mismo nombre que el poeta, era muy autoritario y nunca dio la más mínima confianza a sus hijos que, lógicamente, sufrían las consecuencias, no solamente morales sino también físicas. Se dedicaba a negocios de ganado, principalmente de lanar y cabrío que normalmente vendía en el mercado de Barcelona y Zaragoza. Las cosas no le iban mal por lo que apenas cumplidos los cinco años el poeta es matriculado por su padre en un colegio privado llamado Nuestra Señora de Monserrate, donde permanece algo menos de un año. Sus biógrafos, a partir de que abandona este colegio, desconocen dónde siguió sus estudios, si es que los continuó, hasta que en 1918 ingresa en las escuelas del Ave María, pero creen que durante estos dos años, desde que abandona el colegio privado e ingresa en la escuela, el padre le encargaría labores típicas de las tareas familiares entre las que pudieran estar el cuidado del ganado y siempre lo que su corta edad le pudiera permitir. Este trabajo le valió más tarde entrar en contacto con los padres jesuitas y asesorarles en el pequeño rebaño de cabras que estos religiosos tenían en Orihuela.

El tiempo que pasa Miguel Hernández en las escuelas del Ave María, regido por los jesuitas para niños de escasos recursos económicos o de clase media, es de cinco años (1918-1923) hasta su ingreso en el colegio de Santo Domingo regido también por los padres jesuitas. Este colegio «de pago» al padre del poeta no le cuesta nada porque son los mismos religiosos los que a la vista del buen rendimiento del joven deciden, de acuerdo con sus progenitores, trasladarlo a este último colegio. Pero este cambio no sería fácil para el poeta acostumbrado a otro tipo de compañeros que como él procedían de clase más humilde; aunque este cambio no repercutiría en sus estudios donde llegaría a alcanzar excelentes notas que le valieron para ser Príncipe, Edil y Emperador, títulos éstos con que los jesuitas distinguían a sus alumnos más aventajados. Pero esta buena racha que tiene en los estudios no llegaría, para su desgracia, a verla nunca acabada porque su padre, que pasa por malos momentos económicos debido a la muerte de su hermano Francisco que le ayudaba en el negocio del ganado, decide sacar del colegio a Miguel cuando todavía no se habían cumplido dos años de estancia en él. Es cierto que por la educación escolar su padre no tenía que hacer ningún desembolso, pero sí le costaba el mozo que atendía el ganado por lo que tiene que prescindir de él ocupando su lugar Vicente, hermano del poeta, y éste entraría a trabajar en un comercio textil de Orihuela. En buena lógica, la decisión tomada por su padre por motivos económicos, le afectó bastante pues veía cómo se esfumaban sus ilusiones de terminar algún día el bachiller. Los jesuitas intentaron convencer al padre, pero nada hubo que hacer; la decisión estaba tomada porque los ingresos de la familia habían disminuido y necesitaban ese dinero para subsistir. Pero este nuevo trabajo no duraría mucho tiempo ya que el comercio sufriría un grave incendio y Miguel quedaba en el paro. Es entonces cuando su padre le encarga que ayude a su hermano en la tarea del pastoreo que lleva con gran resignación pues tampoco sería la primera vez que realizaba este trabajo.

Durante todo este tiempo Miguel no pierde ocasión de leer todo cuanto cae en sus manos, sobre todo periódicos y revistas que es lo que más tiene a mano y algún libro que le prestan donde siempre espera leer algún poema mientras cuida a sus cabras. Cuando dispone de tiempo, que es muy pocas veces, visita la Biblioteca Pública y allí se encuentra con Bécquer, Zorrilla, Espronceda etc. a los que lee con profunda admiración. A su corta edad el poeta ya sabía lo que quería y que no era otra cosa que escribir poemas mientras realiza el trabajo que le encomendó su padre. Incluso consigue publicar su primer poema en un medio escrito (en este caso en el semanario local El Pueblo de Orihuela), titulado Pastoril, que le sirve para abrir las puertas de futuras colaboraciones en semanarios y revistas como, por ejemplo, Actualidad, El gallo Crisis y Voluntad que le valdría para entrar a formar parte de un pequeño grupo literario donde se encontraba Ramón Sijé que con el tiempo se convertiría en uno de sus principales apoyos hasta tal punto que para algunos «la irrupción de Ramón Sijé en el círculo de amistades de Hernández fue determinante para entender ciertos aspectos de su obra y de su personalidad».[6]

Estos años le sirven al poeta para ir adquiriendo experiencia y preparación hasta que un buen un día decide trasladarse a Madrid con el objetivo de que alguien lea sus poemas y tener la suerte de que puedan ser publicados. Con la primera persona, del mundo de las letras, que se encuentra en la capital de España de la mano de Conchita de Albornoz, hija del político Álvaro de Albornoz, es con Ernesto Giménez Caballero y éste así lo deja reflejado. «¿Qué ha escrito», le pregunta Caballero. «Mire, estos versos; tómelos», le contesta el poeta. «Están manuscritos. No quisiera dejarle sin ellos», le responde Caballero: «No importa, tengo copia. Lea, lea...», dice Miguel. «Bueno, leeré estrofas significativas» termina diciendo el autor de Genio de España.

En cuclillas ordeño
una cabrita y un sueño. (Me gusta.)

Yo me enjoyo la mañana
caminando por las hierbas. (Me gusta.)

En la tarde hay luna nueva
que esta luna nueva: llueva. (Me gusta.)

«Salpiqué la mirada por las hojas sueltas de su cuadernillo. Sabía a la hora que cantaban los pájaros, dormían las ovejas, suspiraban las pastoras y relucía la escarcha».[7]

De este primer contacto el poeta sale muy ilusionado porque en un momento determinado escribe: «Me ha prometido sacarme a flote. Tal vez en este próximo número [El Robinsón Literario] incluya una foto mía con mis trabajos. He roto casi todos los que leíste. El que más le ha gustado ha sido uno que tú conoces y cuyo título es Romance de Pastor».[8]

Al poeta le interesa también encontrar una colocación para tener un mínimo de ingresos con los que poder subsistir y para ello sigue confiando en Concha de Albornoz, pero el tiempo pasa y no encuentra el trabajo deseado. Tiene que acudir a sus familiares y a algún amigo de Orihuela para que le ayuden económicamente, algo que hacen en la medida de sus posibilidades que no es mucho precisamente. Por fin llega la primera ayuda de la mano de un farmacéutico y concejal del Ayuntamiento de Orihuela, Alfredo Serna, que le consigue una subvención mensual de cincuenta pesetas que le hará entrega el propio ayuntamiento. Con este dinero, el poeta se va arreglando, peor que mejor, para seguir en Madrid, pero no por mucho tiempo porque abatido en todos los órdenes decide regresar a su tierra natal donde llega el 20 de mayo de 1932 después de seis meses de estancia en la capital de España. Una vez de nuevo en casa se encuentra con la primera sorpresa: los jesuitas, sus antiguos educadores, habían abandonado Orihuela porque el Gobierno de la República había expulsado la Compañía de Jesús y se había incautado de todos sus bienes. Mientras tanto, el poeta encuentra trabajo en un comercio propiedad del padre de su amigo Sijé, pero no por eso abandona lo que verdaderamente le gusta que no era otra cosa que seguir escribiendo.

En Madrid había fallecido una de las grandes figuras de la literatura española, Gabriel Miró, (1879-1930) y Orihuela le prepara un gran homenaje. Para participar en él se invita a Ernesto Giménez Caballero con lo que Miguel Hernández tendría la oportunidad de volver a ver al hombre que meses antes había conocido en Madrid y del que había esperado mucho más de lo que al final resultó, aunque el escritor dice: «Y fui yo quien lancé en mi revista a Miguel Hernández»[9]. Pero «el discurso pronunciado allí por Giménez Caballero fue una deliberada y constante provocación, hasta el punto de originar un altercado ante las protestas de algunos de los asistentes».[10]

A los pocos días de inaugurarse el busto a Gabriel Miró, el poeta consigue publicar su primer libro Perito en lunas, cuya edición fue costeada por el canónigo de Orihuela Luis Almarcha[11]. Cuando está acabando el segundo libro El silbo vulnerado, escribe al poeta Pedro Pérez Clotet, que dedicaría más tarde un soneto a José Antonio Laurel azul la pólvora homicida, / y bandera la sangre de tu duelo..., al que ya conocía de antes y que sería uno de los falangistas que intentó salvarle la vida, como después veremos. El objetivo de esta misiva no era otro que anunciarle su nuevo libro. Desde este momento se puede decir que las cosas se van arreglando para Miguel que encuentra un nuevo trabajo en una notaría de Orihuela, se fija por vez primera en quien llegaría a ser su mujer, Josefina Manresa, y, además, escribe la pieza teatral titulada La danzarina bíblica, sin abandonar su obra poética. Con este nuevo bagaje, con sus pocos ahorros, y con la ayuda económica de varios amigos, Miguel decide hacer un nuevo viaje a Madrid que tiene lugar en el mes de marzo de 1934. En esta segunda visita al poeta le salen mejor las cosas. Se entrevista con José Bergamín, que dirigía la revista católica Cruz y Raya, y le promete editar su auto sacro adelantándole unas pesetas por los derechos exclusivos. No vuelve, pues, de vacío a su tierra después de haber permanecido algo más de un mes en Madrid.

Un nuevo viaje a la capital de España se produce en el mes de julio una vez finalizado el auto sacramental que entrega a José Bergamín, pero con nuevo título según sugerencia de éste: Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras. Miguel vuelve a recibir algún dinero de derechos de autor. Este nuevo paso le sirve para comenzar a codearse con la intelectualidad madrileña. Conoce a María Zambrano y a quien sería su gran mentor José María de Cossío. También a los falangistas Luis Felipe Vivanco y Luis Rosales. Pero el encuentro con la persona que más habría de influir en él, al menos desde el punto de vista político, tiene lugar con Pablo Neruda que ya conocía algo de la obra de Miguel. Con estos contactos y con la alegría de ver que ya comienza a ser conocido y valorado, regresa de nuevo a Orihuela donde sigue trabajando y viendo sus obras publicadas en varias revistas. También lo que comenzó con miradas furtivas, se convierte en una relación formal con aquella muchacha que se llamaba Josefina.

Un cuarto viaje a Madrid lo realiza Hernández, pero antes se ve obligado a defender a su íntimo amigo Ramón Sijé de los ataques de José Bergamín que considera la revista El gallo Crisis reaccionaria. Una vez en la capital de España vuelve a encontrarse con Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco que intervienen en su favor ante Federico García Lorca para que éste le ayude a estrenar su obra de teatro El torero más valiente en homenaje al torero Ignacio Sánchez Mejías, pero del poeta granadino no obtendrá ningún tipo de respuesta. Con esta desilusión, pero sin dejarse vencer, retorna a su casa de Orihuela donde le espera Josefina a la que no ha podido olvidar ni un minuto durante su estancia en Madrid. Entre tanto la situación política en España se complica y estalla lo que hoy todos conocemos como la Revolución de Asturias porque fue la provincia que más sufrió los efectos de la huelga revolucionaria que el sindicato socialista UGT había convocado. Pero Orihuela era un remanso de paz, allí no había ocurrido nada y Miguel seguía trabajando. Escribe a Vivanco y le comenta: «Voy a pedirte un favor más: ¿por qué no ves a nuestro gran poeta Neruda y le dices que espero desesperado noticias suyas? Y al mismo tiempo, ¿por qué no ves a Federico García Lorca y le dices que cuándo piensa escribirme diciéndome si Cipriano Rivas y la Xirgu han leído mi Torero y qué piensa del pobre abandono mío y si ha intercedido, interesado mucho él por su estreno?»[12]. A los pocos días recibe carta de Pablo Neruda donde ya comienza a notarse que el poeta chileno quería atraer a Miguel Hernández a su causa comunista porque no hace otra cosa que criticar a Ramón Sijé y a su revista El gallo Crisis a la que, como ya había hecho antes José Bergamín, tacha de reaccionaria.

Miguel sigue confiando en Lorca, pero no obtiene de él ningún tipo de respuesta lo que hace que poco a poco se vaya desencantando. Con esta desilusión viaja una vez más a Madrid donde esta vez conoce al poeta falangista Eduardo Llosent Marañón que quedó «deslumbrado por el talento de Miguel Hernández»[13] . Conoce también a la pintora Maruja Mallo, con la que llegaría a tener una relación amorosa y a José María de Cossío, director literario de la enciclopedia Los toros, que le ofrece trabajar con él algo que acepta sin pestañear pues ve así la posibilidad de seguir en Madrid donde piensa que le esperan tiempos mejores. Una vez instalado recibe la visita de su amigo Ramón Sijé y también la de su padre. El primero se encuentra preocupado por las nuevas amistades del poeta y el segundo porque viene acompañando a su hija Elvira, que queda instalada en Madrid porque su marido ha encontrado trabajo en un banco de la capital. Sijé se da cuenta muy pronto del cambio de Miguel debido, principalmente, a la influencia de Neruda; pero los esfuerzos que hace su amigo por recuperarlo no le valdrían de nada porque sus palabras no hacen ninguna mella en él. Conoce también a un joven escritor, Camilo José Cela que más tarde hablaría de esos amores entre la pintora y el poeta: «Miguel Hernández y Maruja Mallo tenían amores e iban a meterse mano y a hacer lo que podían debajo del puente, pero los poetas los breábamos con boñigas de vaca y entonces ellos tenían que irse a la otra orilla a terminar de amarse en la dehesa que allí había ya que, a lo que parece, los toros bravos eran más acogedores y menos agresivos que los poetas líricos»[14]. Esta relación también le valió al poeta para que la pintora se hiciera cargo de los decorados de la obra Los hijos de la piedra.

El trabajo que le ha encomendado José Mª Cossió le lleva una gran parte de su tiempo, pero no por eso deja de escribir e incluso de asistir al homenaje que varios poetas ofrecen a Vicente Aleixandre cuya presentación corre a cargo del poeta Gerardo Diego que más tarde dedicaría un soneto a José Antonio. Aprovechando el verano, y que además el trabajo se lo permite, vuelve a su tierra natal. Una vez instalado acude a la Universidad Popular de Cartagena donde fue invitado para pronunciar una charla sobre Lope de Vega y allí vuelve a encontrarse con la poeta María Cegarra que ya conocía por haber coincidido con ella en el homenaje a Gabriel Miró y con quien llegaría a tener una buena relación hasta tal punto que María llegó a escribir: «Deseo que la lectura de este pequeño libro deje un grato recuerdo, terminándola con los versos de El rayo que no cesa en su versión original, a mí dedicada»[15]. Para María la materia de la poesía no era otra cosa que el espíritu. «Purísima poeta» dijo de ella Giménez Caballero que le prologó el libro Cristales.

Una vez terminadas sus vacaciones en Orihuela, retorna de nuevo a Madrid donde le espera su trabajo en la editorial Espasa-Calpe y el rechazo, una vez más, de García Lorca a quien le desagradaba la presencia del poeta de Orihuela. Escribe a María Cegarra por la que siente algo más que una simple amistad pues además por aquel entonces sus relaciones con Josefina Manresa se encontraban prácticamente rotas; pero aquella no parece «estuviera particularmente interesada por el oriolano, como enseguida se apercibe Miguel al no obtener respuesta a su apasionada misiva»[16] . Pero la vida sigue y parece querer olvidar a María Cegarra asistiendo a las reuniones en casa de María Zambrano y en cuyo corazón parece querer buscar refugio. Por estos mismos días fallece, el 23 de diciembre de 1935, su amigo Ramón Sijé y Miguel se entera por Vicente Alexandre. Es cierto que la amistad de ambos no era la que había sido por culpa del propio Hernández a quien la influencia de esas nuevas amistades le había separado de quien posiblemente más había hecho por él. Pero eso no quita para que el poeta sintiera de verdad la muerte de Ramón Sijé. «Yo estoy dolorido por haberme conducido injustamente con él en estos últimos tiempos. He llorado a lágrima viva y me he desesperado por no haber podido besar su frente antes de que entrara en el cementerio»[17], escribe Miguel a un amigo.

Un pequeño incidente con la Guardia Civil que le detuvo por ir indocumentado cuando paseaba a orillas del Jarama hizo que afloraran las ideas que le venia inculcando Pablo Neruda y decide afiliarse al Partido Comunista[18] y así se lo comunica a Alberti que lo celebra. Después de haber publicado El rayo que no cesa, la Elegía, a su amigo Sijé, y varias colaboraciones en la Revista de Occidente y en Caballo Verde, Miguel ya comienza a ser de sobra valorado hasta tal punto que Juan Ramón Jiménez le dedica un extenso artículo en el periódico El Sol. Las cosas no le pueden ir mejor, pero le entristecía no haber podido asistir al homenaje que dieron al matrimonio Alberti por culpa de la presencia en él de García Lorca cuya incompatibilidad con Miguel es ya bien conocida. Aprovechando las cortas vacaciones de Semana Santa vuelve una vez más a su tierra porque quiere estar presente en el homenaje que Orihuela dedica a Ramón Sijé. También aprovecha la oportunidad para volver a ver a Josefina con la que reanuda sus relaciones amorosas que ya no abandonaría y con la que mantendría un extenso epistolario una vez instalado de nuevo en Madrid donde comienza a escribir El labrador de más aire, aparte de que por aquellos días no pierde las esperanza de que en Buenos Aires le estrenen Los hijos de la piedra, algo que al final no verá realizado.

Llega el verano y el aire que se respira en la capital de España, tanto social como político, está muy enrarecido. El poeta envía una carta a Josefina y le dice: «Están pasando muchas cosas en Madrid estos días. Anteayer, cuando volvía de despedirme en la estación de mi hermana Elvira que ya está en Orihuela, vi disparar a unos guardias contra unos fascistas. Y ayer cerca del restorán donde como, estallaron cuatro bombas en una obra. Hay mucha gente parada, y los albañiles sobre todo, que están en huelga mucho tiempo ya, están desesperados y con hambre. Tengo ganas de que acabe todo esto, porque no va uno seguro por ninguna parte»[19]. A partir de aquí los acontecimientos se precipitan y el 18 de julio da comienzo un periodo triste para los españoles; pero en estos primeros días tiene tiempo de regresar una vez más a Orihuela donde tendría que pasar por el dolor de ver caer asesinado al padre de Josefina, el guardia civil Manuel Manresa, a manos de los rojos. Miguel sigue inmerso en un mar de dudas y no sabe qué hacer hasta que a mediados de septiembre decide retornar a Madrid y enrolarse en el Quinto Regimiento y sale para el frente donde le encomiendan la labor de hacer fortificaciones. Ingresa después en el Batallón de “El Campesino” que le permite ir con frecuencia a Madrid donde sigue con sus contactos con gente de las letras que le sirve para enrolarse en la 1ª Brigada Móvil de Choque que era la encargada de la difusión de la cultura, no incompatible con su nombramiento de comisario político. A pesar de los momentos difíciles por los que se estaban pasando, Miguel todavía tiene tiempo de acercarse a Orihuela, después de su paso por Jaén, donde formó parte del Frente Sur, y pedirle a Josefina que se casara con él algo que consigue el 9 de marzo de 1937 después de una boda civil.

Miguel acude a Valencia para participar en el II Congreso de Intelectuales en Defensa de la Cultura y comienza a escribir su obra Pastor de la muerte. El poeta sufre de grandes dolores de cabeza lo que le obliga a hacer una vida tranquila una vez superados emprende viaje a Rusia para estar presente en el V Festival de Teatro Soviético. Algo más de un mes es el tiempo que pasa en la URSS y a su vuelta se encuentra con la agradable sorpresa de que se han publicado sus obras Teatro en la guerra, Viento del pueblo y El labrador de más aire. Algunos biógrafos dicen que a su regreso de Rusia Miguel ya no iba a ser el mismo. Llega cansado y su estado de salud no es del todo bueno lo que le obliga a un descanso en esta ocasión en la localidad de Cox en casa de la abuela de Josefina y es en este lugar donde nace su primer hijo, Manuel Ramón. A partir de aquí la salud del poeta empeora; los viajes que realiza a Madrid, Valencia y Cataluña para cumplir sus compromisos con la causa que él había elegido, le cansan. «La guerra no hizo más que potenciar esos achaques naturales en él»[20]. Y cuando el poeta luchaba para mejorar su delicada salud pierde a su hijo que aún no había cumplido un año: Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío, / abiertos ante el cielo como dos golondrinas...

Un nuevo hijo nacería meses después de la muerte de Manuel Ramón que se llamaría Manuel Miguel y que llega cuando la guerra está tocando a su fin y cuando se publica su obra El hombre acecha. Ante el panorama que se presenta, el poeta no sabe qué hacer. Su viejo amigo José Mª de Cossío le aconseja que abandone España, pero Miguel después de un intento de refugiarse en la Embajada de Chile decide trasladarse a Cox no sin antes pasar por Valencia para recoger el original de El hombre acecha. No encontrándose seguro en Cox regresa de nuevo a la capital de España donde hace por ver al poeta falangista Eduardo Llosent Marañón a quien conocía desde hacía tiempo como ya hemos comentado. Según Ferris, aquél le proporciona «algo de dinero y una carta de recomendación»[21] para el poeta Joaquín Romero Murube, alcaide del Alcázar hispalense, con quien se entrevista. Este le advierte, con los falangistas Sancho Dávila y Julián Pemartín, que Sevilla no es un lugar seguro para él y que es mejor que se marcha de España ofreciéndole pasarse a Portugal donde al parecer Romero Murube «le tenía preparado paradero y residencia en Lisboa»[22]. Sin embargo, la escritora falangista Mercedes Formica, esposa de Llosent Marañón, no nos cuenta este episodio de la misma manera porque dice: «Terminada la guerra, había ido a Sevilla [Hernández] a pedirle que le ocultase –disimulado de pastor– en una finca de la familia, cercana a la raya de Portugal. En casa de Eduardo le dijeron que había marchado a Madrid; al no encontrarlo buscó a Joaquín Romero, alcaide del Alcázar».[23]

Sea una versión u otra la cierta el caso es que el poeta todavía tuvo la oportunidad de que Llosent, una vez en Sevilla, pudiera esconderle, pero según su mujer, «Miguel Hernández nunca llegó»[24] . Otra versión dice que se marcha a «Cádiz en busca de Pedro Pérez Clotet»[25] autor del Soneto a José Antonio, a quien conocía de hacía tiempo. No llega a verle porque se encontraba en Ronda y es entonces cuando decide pasar a Portugal donde llega en muy malas condiciones viéndose obligado a vender su reloj de oro regalo de Vicente Aleixandre. Su aspecto levanta sospechas al comprador temiendo que fuera robado y lo denuncia. La policía portuguesa no hace otra cosa que entregarlo a las autoridades españolas y es entonces cuando comienza un nuevo calvario para el poeta de Orihuela. Primero ingresa en la Prisión Provincial de Huelva, a los pocos días lo llevan a la de Sevilla y a continuación a la cárcel de Torrijos en Madrid. El poeta trata de pedir ayuda a toda costa, ahora es el secretario de la FET valenciana, Juan Bellod, quien no importándole el riesgo que pueda correr elabora un informe favorable a Miguel Hernández, pero al final no serviría de nada. Sus amigos Cossío y el falangista Eduardo Llosent le consiguen un abogado. Sería Diego Romero Pérez, muy amigo del matrimonio Llosent-Formica.

Miguel Hernández durante este tiempo sigue escribiendo sin que ninguno de sus poemas aparezcan en el libro Musa redimida editado en 1940 y en donde aparecen los trabajos de 41 presos que les servirían para la reducción de penas, algo que en un principio no le hizo falta porque contra todo pronóstico el gobernador civil de Madrid ordenó su libertad que a todos coge de sorpresa; era el 8 de septiembre de 1939. Sus amigos siguen insistiendo que salga de España, pero él regresa a Orihuela y una vez más la mala suerte se cebaría en él porque es denunciado y vuelto a detener y llevado al seminario de Orihuela donde habían improvisado una prisión que sería la más dura de todas las que había pasado hasta que lo trasladan a la prisión sita en la Plaza Conde de Toreno de Madrid. Estando en esta prisión le forman Consejo de Guerra el 18 de enero de 1940 y le acusan, entre otras cosas, de haber sido comisario político, de haber intervenido en acciones bélicas contra el Santuario de Santa María de la Cabeza y de haber sido miembro activo de la alianza de intelectuales antifascistas. El veredicto de quienes le juzgan es de «pena de muerte»[26]. A partir de aquí algunas personas se mueven para evitar un trágico final y quienes lo hacen con mayor ahínco son los falangistas Rafael Sánchez Mazas y José Mª Alfaro que acompañan a José Mª de Cossío a visitar al general Varela a la sazón ministro del Ejército. Este, junto con Sánchez Mazas, se entrevistan después con Franco y el 25 de junio, previo los trámites correspondientes, el asesor jefe de la Asesoría y Justicia del Ministerio del Ejército, firma un oficio dirigido al capitán general de la Primera Región Militar dándole cuenta que Franco en el «procedimiento nº 21001 seguido contra Miguel Hernández Gilabert, se ha dignado conmutar la pena impuesta por la inferior en grado»[27] que serían treinta años.

Sobre lo que Sánchez Mazas hizo por intentar salvar la vida de Hernández, nada mejor que transcribir las líneas que el propio poeta le dice a su mujer Josefina:

Esta semana me han dado mejores noticias que otras veces. Hasta me han traído una carta que ha recibido Vergara, en la cual se interesa por mi asunto el ministro Rafael Sánchez Mazas. Tengo bastante confianza en él, ya que es un antiguo amigo y espero que, como amigo, dará solución a esta situación mía.[28]

Este mismo año, en el mes de septiembre, es trasladado a la prisión de Palencia donde intenta que su mujer y su hijo vayan a vivir a la capital castellana sin conseguirlo. Las condiciones de la prisión no son buenas y el poeta enferma. De nuevo lo llevan a Madrid y de aquí a la prisión de Ocaña donde recibe la visita de Cossío y de Dionisio Ridruejo que iba acompañado por los falangistas que componían «el grupo de la revista Escorial»[29], quienes al parecer tenían la intención de hacer cambiar al poeta su posición ideológica ofreciéndole, incluso, la libertad si accedía a ello. Esto se desprende por el testimonio de Luis Fabregat Tarrés, compañero del poeta en sus último días, que dice haberle escuchado estas palabras: «¡Me parece increíble que esos viejos amigos no me hayan conocido mejor! ¡Que hayan venido a verme para hacerme pretensiones deshonestas, como si Miguel Hernández fuera una puta barata!» [30]. Aunque no está muy claro a qué amigos se refería si parece que el principal inculpado es Cossío porque en una carta que escribe al poeta Carlos Rodríguez Spiteri, aunque la letra no era la de él, (pero pudo haber sido dictada) le comenta: «No me recuerdes a Cossío. Recuérdame a los amigos de verdad»[31] . A partir de aquí, quien muy posiblemente haya sido su mayor protector, desaparece de su vida.

Hacia mediados del año siguiente, Miguel Hernández sufre un nuevo traslado. En esta ocasión era algo que estaba buscando porque lo llevan al Reformatorio de Adultos de Alicante donde se encontraría cerca de la familia. En esta época el poeta vive un poco obsesionado con que algunas personas que le visitan quieren que renuncie a su pasado político porque vuelve a referirse a los que desean su regeneración: «Tengo una vida. que puse al servicio de mi ideal, y si tuviera doscientas vidas lo mismo las hubiera dado y las volvería a dar ahora»[32]. Pero esta postura del autor de El rayo que no cesa, no es bien vista por su mujer que culpa al poeta de que su tozudez les está llevando a ella y su hijo a la desesperación por falta de medios económicos que él nunca podrá solucionar porque cae enfermo de tuberculosis y le trasladan al hospital donde le diagnostican la grave enfermedad que ha contraído. Algunos amigos, entre los que se encontraban los falangistas Manuel Augusto García Viñolas, jefe de Cinematografía, y Pedro Laín Entralgo, hicieron gestiones para que el enfermo pudiera ser trasladado al Sanatorio de Valencia donde se trataba, con más garantía, este tipo de patología. No se consigue el traslado a su debido tiempo porque la orden llega cuando ya estaba desahuciado. Pocos días antes el poeta decide contraer matrimonio canónico con Josefina, pero no por su gusto sino más bien por ella; aunque otros opinan que «no lo hacía por proteger a su mujer, sino porque jamás se desprendió de sus sentimientos religiosos».[33]

El poeta fallecía en la madrugada del 28 de marzo de 1942, «siete días después de haber comenzado la primavera»[34] con ello España perdía a uno de nuestros mayores poetas que, como el toro, estuvo marcado por el dolor.

JOSÉ Mª GARCÍA DE TUÑÓN AZA

Publicado en la revista Altar Mayor nº 94 julio-agosto de 2004. Asimismo en la revista elec-tronica El Catoblepas, nº 47, enero de 2006.























[1] Diario “La Razón”, 31.10.03, pág. 24.
[2] Según Torcuato Luca de Tena, Alberti formó parte de los tribunales populares que mandó al paredón a tanta gente. El poeta le replica en el “Abc” el 18 de marzo de 1993: ...mis abogados estudiarán el alcance y responsabilidad de esas terribles acusaciones... La querella jamás de produjo posiblemente porque tenía el techo de cristal y que más le valía no meterse en berenjenales que recordaran su vera efigie, escribió el 24 de abril de 1997 Luca de Tena en una carta que dirigió al periodista Luis Alberto Cepeda.
[3] Diario “El País”, 12.02.02, pág. 34.
[4] José Luis Ferris, Miguel Hernández. Ediciones Temas de Hoy, S.A. Madrid, 2002, pág. 399.
[5] María Teresa León, Memoria de la melancolía. Editorial Losada, S.A. Buenos Aires, 1970, pág. 289.
[6] José Luis Ferris, Miguel Hernández, op. cit., pág. 76.
[7] Ernesto Giménez Caballero, Retratos españoles. Editorial Planeta, S.A. Barcelona, 1985, pág. 210.
[8] Citado, sin que diga a quién iban dirigidas esas notas, por José Luis Ferris en Miguel Hernández, op. cit., pág. 56.
[9] Ernesto Giménez Caballero, Memorias de un dictador. Editorial Planeta, S.A. Barcelona, 1981, pág. 154.
[10] Enrique Selva, Ernesto Giménez Caballero entre la vanguardia y el fascismo. Pre-textos, 2000, Valencia 1999, pág. 244.
[11] Joaquín Marco, El poeta elemental. Diario “Abc”, 08.03.92, pág. 51
[12] Carta citada por José Luis Ferris en Miguel Hernández, op. cit., pág. 197.
[13] Mercedes Formica, Visto y vivido. Editorial Planeta, S.A. Barcelona, 1982, pág. 194.
[14] Camilo José Cela, Memorias, entendimientos y voluntades. Plaza & Janés Editores. Barcelona, 1993, pág. 118.
[15] María Cegarra Salcedo, Poesía Completa. Editora Regional de Murcia. Murcia, 1987, pág. 277.
[16] Agustín Sánchez Vidal, Miguel Hernández, desmordazado y regresado. Editorial Planeta, S.A. Barcelona, 1992, pág. 174.
[17] José Luis Ferris, Miguel Hernández, op. cit., pág. 278.
[18] «Si ser bueno -dice Efrén Fenoll en el diario “Abc” el 28.03.92, pág. 48-, humanísimo y tener un exaltado ideal de la justicia y un sentido honrado de la libertad, es ser hombre de izquierdas o ser comunista, no cabe duda que Miguel “lo sería “; pero dicho esto, debo aclarar que, cuando sentía así, él no tenía un conocimiento exacto de lo que era el comunismo, como tampoco tenía preocupación ideológica por la filosofía marxista».
[19] José Luis Ferris, Miguel Hernández, op. cit., pág. 323.
[20] Ibid., pág. 391.
[21] Ibid., pág. 410.
[22] Diario “Abc”, 16.11.01, pág. 46.
[23] Mercedes Formica, Escucho el silencio. Editorial Planeta S.A. Barcelona, 1984, pág. 69.
[24] Ibid., pág. 72.
[25] José Luis Ferris, Miguel Hernández, op. cit., pág. 411.
[26] Juan Guerrero Zamora, Proceso a Miguel Hernández. Editorial Dossat, S.A. Madrid, 1990, pág. 149.
[27] Ibid. pág. 159.
[28] Josefina Manresa, Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández. Ediciones de la Torre, 2ª edición. Madrid, 1981, pág. 114.
[29] Agustín Sánchez Vidal, Miguel Hernández... op. cit., pág. 306.
[30] Palabras recogidas por Claude Couffon en su libro Miguel Hernández y su tiempo, y reproducidas por José Luis Ferris en Miguel Hernández, op. cit., pág. 463.
[31] Agustín Sánchez Vidal, Miguel Hernández...op. cit., pág. 306.
[32] Palabras de Antonio Ramón Cuenca recogidas por Pedro Collado en su libro Miguel Hernández y su tiempo, y que a su vez recoge José Luis Ferris en Miguel Hernández, op. cit., pág. 469.
[33] Miguel Signes, Conversaciones en la cárcel, diario “Abc”, 28.02.92, pág. 50.
[34] Gonzalo Cerezo Barredo, El dolor y la muerte en la poesía de Miguel Hernández, diario “La Nueva España”, 02.07.50, pág. 6.

martes, 6 de abril de 2010

MILLÁN ASTRAY Y DIONISIO RIDRUEJO

MILLÁN ASTRAY Y DIONISIO RIDRUEJO

José Mª García de Tuñón (*)
La semana pasada, en esta misma revista digital, citaba en un artículo, muy brevemente, una anécdota ocurrida entre el general y el poeta. Un buen amigo que lo leyó, me ha mostrado su interés para que contara la anécdota tal y como había ocurrido porque aunque había leído mucho, me decía, sobre Ridruejo, desconocía esa relación entre ambos personajes tan diferentes, a simple vista, el uno del otro. Bien es cierto que no es la primera vez que cuando menciono ese relato quien me escucha se sorprende bastante. Recuerdo hace algún tiempo que se lo contaba a un amigo periodista, que había sido director de un diario, y la desconocía por completo hasta que le tuve que decir el título del libro donde podía leer la anécdota.
El título del libro no es otro que Sombras y bultos y en él Dionisio nos relata su amistad con el general en el que jamás vio «ni sombra de la embriaguez de creencia que ese arquetipo supone». Millán Astray no era para el poeta una persona, «era un manifiesto». El 18 de julio de 1938 Ridruejo organizó varios actos públicos de homenaje a los combatientes y el más importante se convocó en Valladolid, con algunos miles de hombres traídos de los frentes. Invitó al general como orador y éste agradeció la invitación. Ambos compartían el mismo hotel y en la mañana del acto Ridruejo recibió un aviso del general para que pasara por su habitación. Allá fue el poeta y encontró a Millán Astray «en el baño, desnudo, el muñón vibrante y las cicatrices a la vista. Le ayudaban su mujer y un par de legionarios, que le acompañaban siempre más como secretarios que como escolta. Se hizo secar y se enfiló el calzoncillo. Yo estaba en pijama. Así los dos, me invitó a acercarme a la ventana para hablarme aparte, mientras los suyos trajinaban preparando sus vestidos. Y me dijo algo parecido a esto: Me eres muy simpático y además te estoy muy agradecido por haberte acordado de mí. No te pesará. Y quiero pagarte con un favor. Tengo que informarte que tu nombre no suena bien en las alturas. Te consideran rebelde y poco de fiar. Yo estoy dispuesto a garantizarte, pero para ello, tenemos que hacer aquí, ahora mismo, el juramento de La Legión. No me acuerdo de lo que rezaba el juramento, pero era más solemne que enjundioso y ni siquiera una conciencia estrecha hubiera dudado en jurar algo tan general. Por otra parte yo no hubiera estropeado aquella escena para nada del mundo. Así, pues, juramos –él en calzoncillos; yo en pijama– con la mano tendida sobre un Cristo imaginario una bandera inexistente, a contraluz de una mañana calurosa». Cuando Ridruejo volvió al cuarto y se lo contó a Foxá, compañero de habitación, casi entró en explosión. «Esto hay que apuntarlo en seguida», le dijo. «Y tiró de pluma…».
Espero, pues, que mi buen amigo habrá quedado satisfecho de la transcripción que he hecho de lo relatado por Dionisio Ridruejo. También espero que los que no conocían esta anécdota hayan disfrutado con lo que nos dejó escrito el poeta. No ha sido otro mi deseo.

(*) Publicado en el nº 505 de El Risco de la Nava

jueves, 25 de marzo de 2010

Inquietudes

INQUIETUDES

José Mª García de Tuñón (*)
Bajo este título, a principios de este mes, publicaba en el diario Abc un artículo el teniente general del Ejército de Tierra Agustín Muñoz-Grandes Galilea, donde mostraba su inquietud «al sucederse hechos que, apoyados en disposiciones legales que parecen ignorar valores, sentimientos y arraigadas tradiciones, permiten interpretaciones sesgadas de la historia que reavivan pasiones ya enterradas». Para ello el ilustre militar comparaba un decreto firmado por el presidente de Filipinas a mediados del siglo XIX donde resaltaba el heroico comportamiento de los bravos soldados españoles que defendían la guarnición Baler, disponiendo, además, que no fueran considerados como prisioneros, sino como amigos, facilitándoles, incluso, un pase para su regreso a España, con la decisión del Ayuntamiento de Toledo de principios de este año aprobando el cambio de nombres de algunas calles de la ciudad, entre ellas la del general Moscardó y la de Antonio Ribera denominado el «Alcázar de Toledo».
En el mismo artículo hace una breve biografía del fundador de la Legión, el condecorado general Millán Astray, tuerto y manco de sus heridas de guerra –que un día con Dionisio Ridruejo, ante un Cristo imaginario, repitieron el juramento de la Legión– y que ahora, en el 90 aniversario de la fundación de la Legión, el Ayuntamiento de La Coruña mandó retirar la estatua de su Hijo Predilecto cuando, paradójicamente, el Gobierno enviaba a Afganistán legionarios que componen la X Bandera «Millán Astray» del 4º Tercio «Alejandro Farnesio» de la Legión.
Al mismo tiempo, con algunos días de retraso, un buen amigo, Ramón García-Moliner González-Regueral, me enviaba la copia de una carta suya, publicada en los periódicos de León, donde lamentaba que en esta ciudad se levantara un monumento al anarquista Buenaventura Durruti que, presuntamente, había sido el asesino de su abuelo –cuando había cesado como gobernador civil de Vizcaya–, Fernando González-Regueral, abatido de manera «canallesca y cobardemente el 17 de mayo de 1923»; añadiendo además que «en su condición de nieto de González-Regueral y representante de la familia se me ocurre pensar, si en un momento determinado alguien preparase un homenaje a quienes fusilaron al capitán Lozano, qué pensaría el actual presidente del Gobierno, pero estoy seguro que no le gustaría nada como nos ocurre a la familia González-Regueral».
Así es, pues, la memoria histórica de algunos histéricos que nos gobiernan.

(*) Publicado en la GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 504 – 22 de marzo de 2010

sábado, 20 de febrero de 2010

UNAMUNO Y EL CRUCIFIJO

UNAMUNO Y EL CRUCIFIJO

José Mª García de Tuñón

(El Risco de la Nava, nº 499, 15 de febrero de 2010)

Hace algunos años, cuando el Partido Socialista mandó quitar el crucifijo de las escuelas, igual que lo había hecho ya en la Segunda República el director de Primera Enseñanza, el socialista Rodolfo Llopis, recordé unas palabras de Miguel de Unamuno cuando escribió que «se ha esgrimido y se esgrime el crucifijo como arma paleolítica; se pretende no convertir sino machacar infieles a cristazo limpio, como se esgrime a modo de arma contundente el grito de ¡viva Cristo Rey!, poniendo impíamente todo el acento en lo de rey y dejando al Cristo de galeote; ¿pero autoriza ello a que se le retire de las escuelas, donde no es arma sino símbolo que la tradición ha hecho? ¿Qué se va a poner donde estaba el tradicional Cristo agonizante? ¿Una hoz y un martillo? ¿Un compás y una escuadra? ¿O qué otro emblema confesional?». Estas palabras, que no figuran en sus Obras completas, las he recibido hace pocos días por correo electrónico, es decir, circulan en la red sin que nos digan dónde y cuándo fueron publicadas, por lo que hay quienes piensan que no son de Unamuno. Sin embargo, nada más lejos de semejante pensamiento. Estas palabras vieron la luz en la primera página del diario El Sol, el 29 de enero de 1932.
Casi dos años más tarde, vuelve el ilustre vasco a repetir casi idénticas palabras, en esta ocasión recogidas en sus Obras completas, con lo que él llama «sagrada promesa de honor» porque se ponía la mano sobre un ejemplar de la «Sagrada Constitución a guisa de Evangelio y en vez de un crucifijo o de un Sagrado Corazón de Jesús ¿qué? ¿Una hoz y un martillo? ¿Un yugo y un haz? ¿Una cruz ganchuda y una porra? ¿Un compás y una escuadra? ¿Una escoba y un cepillo? ¿O acaso una culebra –¡lagarto!¡lagarto!– de bronce como aquella que hizo erigir Moisés en el desierto caminos de la tierra de promisión?».
Estas cosas escribía Miguel de Unamuno que había contribuido como nadie a traer la República, pero que, sin embargo, se siente cansado cuando se va dando cuenta de que está entrando en un mundo en el que él no tenía cabida, porque como predijo un día: «la República no va, se nos va».

GUERRA INCIVIL CAVERNÍCOLA

Miguel de Unamuno

(El Sol, Madrid, el 29 de enero de 1932
Como este comentador fue quien lanzó a la circulación hace ya más de una quincena el mote de togloditas de que luego ha salido el de cavernícola, y quien, por otra parte, ha comentado más el endémico estado de guerra civil de España, se cree en el deber de comentar la guerra, no ya civil –que ésta es señal de civilización en marcha–, sino incivil y troglodita, o cavernicolística, que nos está devorando la serenidad del buen juicio. Pues diríase que todos, los unos y los otros contendientes, se pelean en una caverna –como la de Altamira–, a oscuras, fuera de la luz natural, y bajo el sino del bisonte altamirano y no a cielo abierto, a la luz del Sol, bajo el sino del león castellano de España.
¿Y las armas? Las armas de casi todos ellos armas troglodísticas, cavernícolas, paleolíticas, como las hechas de piedra –piedras de rayo les llaman los campesinos–, que esgrimían en sus luchas con las fieras selváticas, y entre ellos mismos aquellos hombres de las cavernas, anteriores a la Historia propiamente tal. Armas troglodíticas, paleolíticas, prehistóricas o ante-históricas. Que tan troglodíticas las hacen, por el modo de manejarlas, los unos a los báculos, cirios, hisopos y crucifijos que esgrimen a modo de rompecabezas de cruzados, como los otros a sus hoces y martillos y también prehistóricos y paleolíticos, y los de más acá los compases y escuadras, cavernicolísticos también, de chapuceros albañiles de derribo. Todo incivil, todo ahistórico y anti-histórico. Todo movido por pasiones cavernarias de antes de haberse cuajado la tradición, la tradición civil que hace el alma de la patria, que hace la Historia y sus consagradas imágenes.
Sí; ya se consabe que henos promulgado que no hay religión del Estado; ¿pero quiere esto decir que la nación no tiene un alma tradicional y popular, o sea, laica; que no tiene una religión laica, popular, nacional y tradicional? ¿Quiera ello decir que va a quedarse la patria desalmada? No, no puede querer decir eso, y nada sería más carvernario, más troglodítico que la imposición de un agnosticismo oficial pedagógico. Aun prescindiendo de confesiones dogmáticas, creer que los maestros nacionales –nacionales, ¿eh?, y no estatales– puedan educar a los niños españoles escamoteando toda noción religiosa es sencillamente no darse cuenta de lo que tiene que ser la educación pública, patriótica.
En estos días, las mujeres, las madres de esta provincia de Salamanca se amotinaron al saber que se iba a quitar el crucifijo de las escuelas, y ha habido que dar satisfacción al sentimiento de ese motín popular, hondamente popular, contra una orden disparatada. Disparatada y perdónenos el que la haya dada, de inspiración no sólo anti-nacional, anti-popular y anti-histórica, sino también antipedagógica. La presencia del crucifijo en las escuelas no ofende a ningún sentimiento, ni aún al de los racionalistas y ateos, y el quitarlo ofende al sentimiento popular hasta de los que carecen de creencias confesionales.
Sí, ya lo sabemos, se ha esgrimido y se esgrime el crucifijo como arma paleolítica; se pretende no convertir sino machacar infieles a cristazo limpio, como se esgrime a modo de arma contundente el grito de ¡viva Cristo Rey!, poniendo impíamente todo el acento en lo de rey y dejando al Cristo de galeote; ¿pero autoriza ello a que se le retire de las escuelas, donde no es arma sino símbolo que la tradición ha hecho? ¿Qué se va a poner donde estaba el tradicional Cristo agonizante? ¿Una hoz y un martillo? ¿Un compás y una escuadra? ¿O qué otro emblema confesional?
Porque hay que decirlo claro, y en ello tendremos que ocuparnos; la campaña contra el crucifijo en las escuelas nacionales es una campaña de origen confesional. Claro que de confesión anti-católica y anti-cristina. Porque lo de la neutralidad es una engañifa. Que no es hecedero, no, no lo es, en buena pedagogía, que los maestros nacionales populares, laicos de veras y no de engaño, de España eduquen a la española a los hijos de ella, prescindiendo de la tradición nacional popular y laica que se simboliza y emblematiza en el Santo Cristo crucificado –le hay en cada lugar– y dejando al clero de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana el cuidado de instruir a los hijos de sus fieles feligreses en el catecismo de su doctrina confesional, según el P. Astete o según el P. Ripalda, corregidos o no. Y esto lo comprenden y consienten cuantos han salido de la caverna prehistórica, sea cuales fueren sus creencias o descreencias. Depende sencillamente de sentido de civilización, de que suelen andar tan escasos como los idólatras troglodíticos los troglodíticos iconoclastas.
Se acabó el bisonte prehistórico; nos queda el león al pie de un castillo sobre el que se alza una cruz nacional, popular laica.

lunes, 18 de enero de 2010

¿SE PUDO SALVAR A JOSÉ ANTONIO? (I)

¿SE PUDO SALVAR A JOSÉ ANTONIO? (I) (*)
Como prometimos damos la réplica al artículo de Ricardo Fernández Coll "Richi" sobre los intentos de rescate de José Antonio. Para ello cedemos gustosamente el puesto a un historiador de amplia reputación: José Mª García De Tuñón Aza, que nos honra con esta su primera colaboración.
Dada la amplitud del artículo la publicamos fraccionado en dos partes.
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Hace algunos días leía un artículo en la revista digital MEMÓRIAZUL que, bajo el título Pudo Franco salvar a José Antonio?, firmaba Ricardo Fernández Coll. Al final del mismo su autor decía que estaba dispuesto a rectificar algunas o todas las cosas «siempre que se me demuestre con documentación fehaciente, no con opiniones o palabras sin aval». Estas últimas palabras me llamaron poderosamente la atención porque él no cumplía lo que, como iremos viendo, exige a los demás. Es decir, el autor no aporta ninguna «documentación fehaciente» y sí se aprovecha de las opiniones y palabras sin aval que él, al parecer, reclama a los demás. En definitiva, vale lo que él escribe, pero no dará crédito a los que discrepamos con la mayoría de las cosas que nos cuentan algunos.
Pero antes de entrar en materia debo referirme a la crítica que hace a los falangistas que, según él, no ven bien a aquellos camaradas que un día «sirvieron en las organizaciones oficiales en vida de Franco». Como no sé qué tiene que ver esto con los intentos de salvar a José Antonio, sólo lo recojo a modo de anécdota añadiendo que siempre ha habido falangistas que vieron bien la actuación de Franco y otros no la han visto tan bien. Creo que ambas cosas son respetables y uno, en mi opinión, no debe ahondar más en esta cuestión porque, por desgracia, hay que reconocer que el nombre de Franco ha servido infinidad de veces para separar más que a unir a los que se consideran falangistas. O como muy bien nos ha recordado el profesor Antonio Brea: «La confusión entre Falangismo y Franquismo había sido letal para el desarrollo del proyecto nacionalsindicalista»[i]. Pero en fin, como esto no es la cuestión, sigamos con el artículo y las aportaciones que el autor, a modo de notario, nos va mostrando en el mismo a lo largo de su extenso artículo.
Cuando comienza a meterse en su razón lo primero que escribe es que en «Alicante existía una fuerte organización nacionalista, que había logrado el rescate de muchas personalidades y su posterior traslado a zona nacional». Entre las personas que cita, es decir, de las que gracias a esta organización consiguen salir de Alicante, da el nombre de Pilar Primo de Rivera, que si se hubiera tomado la molestia del leer el libro de ésta Recuerdos de una vida, habría visto que Pilar logró salir de Madrid con pasaporte argentino y «al pasar por Alicante no pude ir a ver a José Antonio ni a Miguel, porque no podía comprometer a las Embajadas alemana y argentina, que me habían proporcionado el pasaporte, ni a José María Jardón[ii], que se había responsabilizado de mi viaje. Embarqué en un barco de guerra alemán, el Graf Spee»[iii]. De cómo salieron el resto de personas que cita no interesa en este caso porque además ninguno ha dejado escrito nada sobre el particular, pero lo que sí está muy claro es que la hermana de José Antonio no salió de Alicante ayudada por ninguna organización nacionalista como de manera equivocada dice el articulista. Viajó Pilar en tren desde Madrid a Alicante y aquí sin mayor problema, como ella misma nos ha relatado, embarcó en el buque alemán que la llevó hasta Sevilla.
El primer intento en liberar a José Antonio tiene lugar, según el autor, el 3 de septiembre y para demostrarlo «aporta» una «transcripción literal» fechada en Burgos que da comienzo con estas palabras: «Los falangistas Julián Mauricio Carlavilla y Miguel Primo de Rivera, llevan plenos poderes de esta Junta para realizar toda clase de gestiones para conseguir la libertad de nuestro Jefe Nacional José Antonio Primo de Rivera, para lo cual respondemos de los compromisos que adquieran con tal fin». Lo firman Manuel Hedilla y Agustín Aznar. Pero lo que llama más la atención de esta «transcripción» es que aparezca el nombre de Miguel Primo de Rivera cuando éste estaba en la cárcel de Alicante con su hermano. Es cierto que anteriormente citaba a Miguel Primo de Rivera y Cobos de Guzmán y bien pudiera estar refiriéndose a éste, algo que no aclara el autor, porque además, en una especie de totum revolutum, da otra serie de nombres -entre ellos Rafael Garcerán[iv]- que bajo el mando de Agustín Aznar están embarcados en el torpedero alemán Iltis y a los que, por cierto, en ningún momento cita un libro editado en Buenos Aires en 1994[v] que sirvió para que, posteriormente, la revista Interviú[vi] en un alarde de engañar a sus lectores y como exclusiva, publicara un reportaje que tituló: «Hitler quiso liberar a José Antonio». Sobre esta manipulación escribí después un artículo en el periódico Ya[vii] -dirigido entonces por Gustavo Morales-, y en el que, entre otras cosas, hacía ver al lector algún error histórico que contenía el reportaje. Estos errores eran los mismos que habían salido en el libro, lo que demostraba que la información había sido una copia y no una exclusiva como quisieron hacer ver los lectores.
Uno de los argumentos válidos de Fernández Coll para seguir demostrando la intervención de Franco en el rescate de José Antonio, es el que recoge del libro de García Venero: «Apenas constituida la junta de mando, Agustín Aznar articuló un plan que podía llamarse mixto, pues no se descartaba la posibilidad de un golpe de mano sobre la cárcel de Alicante. Tuvo el apoyo de Hedilla, la asistencia de los generales Franco y Queipo de Llano y el concurso, valioso y decidido, de la Marina alemana...»[viii]. Pero no deja claro en qué consistía esa «asistencia»; palabra, por otra parte, muy ambigua que no nos demuestra nada. Un poco más adelante, escribe: «El papel de Franco en la Junta de Mando, era prominente y así lo reconoce el teniente coronel del estado mayor alemán, Walter Warlimont, que se había entrevistado con Franco el 6 de septiembre». Terminado este párrafo cita un libro de Ángel Viñas y nos lleva a la página 72 del mismo. Repasada esta página no aparece el nombre de Franco ni el del alemán por ninguna parte. Sin embargo en la siguiente, dice: «No hemos hallado huellas documentales que permitan comprobar si la formación y envío del comando, en lugar de los dos delegados, se había hecho de acuerdo con Warlimont u otros agentes alemanes en la zona nacional o si, por el contrario, era el fruto de un posterior proyecto falangista»[ix]. En una página anterior, escribe Viñas: «Sin embargo, la parte de los despachos en que Warlimont se refería a los intentos de liberación de José Antonio no ha sido localizada todavía y hasta es posible que haya desaparecido. Han de emplearse, pues, otras fuentes para reconstruir la operación»[x]. Por otro lado, existen unas declaraciones de Viñas, que Fernández Coll omite, a una revista donde habla de dos telegramas fechados los días 20 y 21 de octubre de 1936 y que sobre los mismos, dice:
"Estos telegramas son la única confirmación escrita de la que podemos presumir, que refleja opiniones o deseos del ya Jefe del Estado y que estas opiniones o deseos del Jefe del Estado tratan claramente de bloquear una liberación de Primo de Rivera. No porque fuera fácil, que no lo era, pero a lo mejor existía esa posibilidad, pero no quiere dar lugar a la liberación, y en cualquier caso si se le libera de entrada comienza a bloquear el tema; que no se le suelte, que esté incomunicado...[xi] "
Pero volviendo al grupo capitaneado por Agustín Aznar, Fernández Coll habla de un dinero que el grupo de Sevilla recoge en el Banco de España de aquella capital. La cantidad era un millón de pesetas, pero no nos cita la fuente salvo que lo haya dicho uno de los componentes de la expedición, Carlos María Rodríguez de Valcárcel, en el periódico La Información del Lunes de Cádiz, que el autor cita a pie de página, y al que no hemos tenido acceso. Y digo que esa información pudo haberla sacado de ese medio porque Agustín Aznar en el libro de Raimundo Fernández-Cuesta, que Fernández Coll cita, dice que ofreció a un alto cargo de Alicante «seis millones de pesetas»[xii] Sin embargo, otro de los componentes, Federico Menéndez Gudín, en unas declaraciones que hace en un diario, habla de una cantidad de dinero distinta -¿a quién hemos de creer?-, y a la pregunta del periodista de si la operación estaba planeada a base de un golpe de mano, Gudín responde:
"Mire, un golpe de mano, allí y entonces, no hubiera sido cosa fácil. Eran mínimas las posibilidades de éxito. Teníamos en la cárcel alicantina a un hombre enlace, un oficial de prisiones que, mediante el pago de cuatro millones de pesetas (el subrayado es mío) (¡fíjese cuatro millones de entonces...!), nos entrega en la puerta a José Antonio.
Estábamos en el Iltis fondeados frente a Alicante, cuando subió a bordo el cónsul alemán, Von Nobloch. Primero habló con Agustín Aznar; después, con todos nosotros. Nos explicó que no podíamos desembarcar, que teníamos que regresar. Debió no comprender lo que nos proponíamos. Insistimos y lo ablandamos. Prometió volver con instrucciones concretas. «Pero no desembarquen, recomendó; la Policía está al tanto». Y no desembarcamos. Nos transbordaron a otro torpedero alemán, al Mowe, menos Agustín Aznar y Rafael Garcerán, que se quedaron en el Iltis. Y nos llevaron a Sanlúcar vestidos de marinos germanos[xiii]."
Pero dicho todo esto, voy a referirme al libro del Marqués de Tamarón, al que Fernández Coll no cita en ningún momento a pesar de que trae muchos datos de la Falange gaditana. Entre ellos, la versión del marqués de cómo se preparó la expedición para intentar salvar la vida de José Antonio. Pero el marqués no nos aclara muchas cosas porque copia bastante del libro de García Venero, Falange en la guerra de España..., y de unas notas que dejó escritas su hermano Manuel. Entre ellas, dice: «El 11 de octubre me trasladé a Cádiz llamado urgentemente... por Sancho Dávila...se trataba nada más y nada menos, de que me encargara de hacer un desembarco en Alicante para liberar a José Antonio»[xiv]. Otras son de su propia ilusión porque al final se hace tal lío, es decir, su totum revolutum que uno ya no sabe si Franco intervino o no en esa aventura que cada cual cuenta a su manera. Una vez dice que Aznar se entrevistó con él en Cáceres cuando aún no era Jefe de Estado, es decir, hacia septiembre, cuando el propio Aznar en el libro de Fernández-Cuesta dice: «Al volver de Alicante fui a ver a Franco al cuartel general»[xv]. Por aquellas fechas el cuartel general estaba en Burgos, pero como no concreta fecha exacta, Franco no sería Jefe de Estado hasta el 1 de octubre de 1936 y el día 3 traslada el cuartel general a Salamanca.
Su hermano cuenta que es octubre el mes en que lo llaman para liberar a José Antonio, al parecer, en un segundo intento. Más adelante, sin decir fecha, repite que se entrevistaron en Badajoz, ciudad en la que Sancho Dávila, según cuenta, y que recoge Fernández Coll, también se entrevistó con Franco. Es decir, cada uno relata las cosas a su manera y así no hay forma de saber la verdad. Sin embargo, al final, haya habido los intentos que haya habido y las distintas personas que hayan podido entrevistarse con Franco para conseguir salvar la vida de José Antonio, según las referencias de unos y otros, lo cierto y seguro es que no aparece documento alguno sobre el particular que nos haga creer que haya habido intervención de Franco. Algo está muy claro, en los cinco tomos de documentos inéditos que la Fundación Francisco Franco publicó entre los años 1992 y 1994, no hay una sola referencia a esa posible intervención que algunas personas, sin demostrarlo con un simple manuscrito, expediente, protocolo, o sólo con un sencillo papel, nos quieren hacer ver que existió ese socorro y auxilio por parte de quien más y mejor podía prestarlo en aquellas fechas.
Pero no termina aquí el relato de Fernández Coll, porque también reproduce la carta del hijo de Largo Caballero que se publicó por primera vez en el diario Arriba el 20 de noviembre de 1953. Esta carta que dirige a su padre, le habla de un posible canje entre él y José Antonio Primo de Rivera. El intercambio nunca se produjo y jamás nadie explicó las razones, ni por una lado ni por el otro, aunque Largo Caballero, dejó escrito: «Alguien hizo circular la especie de que se había propuesto el canje de mi hijo por el jefe falangista Primo de Rivera; que el general Queipo de Llano lo había rechazado y que por esta causa se fusiló en nuestra zona a Primo de Rivera. La especie era absolutamente falsa»[xvi]. A continuación Fernández Coll pone en boca de David Jato: «Nadie ha explicado porqué; pero de creer a Largo Caballero la nota de canje nunca llegó a su destino». Esta frase que dice estar recogida del libro La rebelión de los estudiantes, edición de 1975, no he podido comprobarla porque la manejada por mí de año 1953, nada dice sobre el particular. Asimismo recoge lo que sobre este asunto escribió Antonio Gibello en José Antonio ese desconocido. Transcribe igualmente unas palabras del ministro de la Gobernación, Ángel Galarza, que publica el diputado y director de El Socialista Julián Zugazagoitia, en su libro Guerra y vicisitudes de los españoles; pero ni unos ni otros aclaran nada sobre si hubo o no participación de Franco en este intento por salvar la vida de José Antonio que, en definitiva, es lo que interesa dejar claro.
Habla de la mediación de Miguel Maura para un posible canje a propuesta de Indalecio Prieto que consistía en la entrega de seis millones de pesetas y cuya posibilidad le hace llegar Maura a Hedilla por mediación de Eugenio Montes; pero Fernández Coll no nos aclara qué persona entraba en este canje. Nos remite de nuevo a los libros de Antonio Gibello y de Maximiano García Venero, quienes se refieren el hijo de Largo Caballero y que no se hace necesario volver a repetir. Indalecio Prieto, el propio Fernández Coll lo reconoce, en ninguno de sus libros dice nada sobre esa propuesta a pesar de que habla de José Antonio Primo de Rivera. Por otro lado, José Antonio Girón, que al parecer, según dice él mismo, fue otro de los que marchó a Sevilla a ponerse a las órdenes de Agustín Aznar, en sus memorias, que también cita Fernández Coll, pone en boca de Fernández-Cuesta, estas palabras: «Raimundo Fernández-Cuesta, que estaba entonces preso en zona roja, tuvo ocasión de hablar con Indalecio Prieto, quien, mucho más astuto que Largo Caballero, le aseguró que si en su mano estuviera él soltaría a José Antonio»[xvii]. Palabras que, por cierto, no reproduce el propio Fernández-Cuesta en sus memorias.
(Concluye en la siguiente entrega)

(*) Publicado en el blog de memoriaazul . http://memoriazul.lacoctelera.net/
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NOTAS:
[i] Revista Altar Mayor, nº 131, noviembre-diciembre,2009, pág. 1396.
[ii] Agregado civil de la Embajada Argentina en Madrid.
[iii] PRIMO DE RIVERA, PILAR: Recuerdos de una vida. Dyrsa. Madrid, 1983, pág.79.
[iv] El día 22 de febrero de 1986, mantuve una larga entrevista en Madrid con Garcerán, y éste en ningún momento manifestó que la misión que llevaban tuviera el apoyo de Franco, más bien todo lo contrario.
[v] IRURZUN, RICARDO ERNESTO: Crucero 25 de mayo. Proa al Mediterráneo...Agosto 1936. Buenos Aires, 1994. 189 páginas y sin numerar aporta documentación reproducida cerca de 200 páginas.
[vi] Revista Interviú, nº 1.120, 13 al 19 de octubre de 1997, pás. 42, 43 y 44. Firmaba el reportaje Norberto Bermúdez.
[vii] Diario Ya, 28-XI-1997, pág. 4.
[viii] GARCÍA VENERO, MAXIMIANO: Testimonio de Manuel Hedilla. Acervo. Barcelona, 1972, pág. 224.
[ix] VIÑAS, ÁNGEL: Guerra, dinero, dictadura. Crítica. Barcelona, 1984, pág. 73.
[x] Ibid., pág, 66.
[xi] Revista Patria Sindicalista, nº 7, febrero 1978, pág. 16.
[xii] FERNÁNDEZ-CUESTA, RAIMUNDO: Testimonio, recuerdos y reflexiones. Dyrsa. Madrid, 1985, pág. 163. Esta cantidad nos parece exagerada porque según informes financieros, hoy podrían representar cerca de mil quinientos millones de pesetas. O lo que es lo mismo, unos 800 millones de euros. Cantidad muy difícil de creer que se pudiera disponer en plena guerra para emplearlo en el rescate de José Antonio.
[xiii] Diario La Nueva España, Oviedo, 26-XI-1972, pág. 25.
[xiv] DE MORA-FIGUEROA, JOSÉ: Datos para la historia de la Falange gaditana. Jerez de la Frontera, 1974, pág. 108
[xv] FERNÁNDEZ-CUESTA, RAIMUNDO: Op. cit., pág. 165.
[xvi] LARGO CABALLERO, FRANCISCO: Mis recuerdos. Ediciones Unidas. México, 1976, pág. 196. Esta misma frase que hemos transcrito, también la transcribe Fernández Coll.
[xvii] GIRÓN DE VELASCO, JOSÉ ANTONIO: Si la memoria no me falla. Planeta. Barcelona, 1974, pág. 43.