viernes, 1 de enero de 2010

SEMBLANZA DEL POETA ADRIANO DEL VALLE


SEMBLANZA DEL POETA ADRIANO DEL VALLE (*)

Era sevillano, como los hermanos Machado y como tantos otros buenos poetas que dio esta tierra de María Santísima. Nació el 18 de enero de 1895, o sea, tres años antes de que España diera por perdidas las últimas parcelas del imperio. Por línea paterna era de origen asturiano ya que su padre había nacido en el pueblo marinero de Tazones donde en 1517 desembarcó Carlos V, pisando por primera vez suelo español. Adriano del Valle Rossi, de origen franco-italiano por línea materna, tuvo que abandonar sus estudios a la edad temprana de dieciséis años para ayudar a su padre en su empresa de fabricación de juguetes. «Pero su inquietud literaria que era ya por entonces muy clara nos dice su hijo, le inclinaba a leer continuamente. En uno de sus muchos viajes en tren, Adriano encontró algo que para él sería importantísimo: un libro de poesías de Rubén Darío, Cantos de Vida y Esperanza»[1]. Así pues, muy joven se iniciaría como lírico fundando, en 1918, con su viejo amigo el poeta Isaac del Vando-Villar, la revista sevillana de literatura Grecia, con la intención renovadora y vanguardista de sincronizar con el momento cultural europeo. Llegó a ser una de las revistas más importantes de España y, sobre todo, pionera en las audacias poéticas del ultraísmo. En el primer número colaboran Federico García Lorca, Antonio Aristoy, Adolfo Carretero, incluso Jorge Luis Borges y su hermana Norah Borges con sus grabados y con quien al parecer el poeta inició un noviazgo y a quien más tarde, en su Poema Sideral a Norah Borges, le dedicaría estas palabras: «A Norah Borges Acevedo que cabalgó junto a mi corazón durante tantas noches inolvidables»[2]. En posteriores números vendrían las firmas de Vicente Huidobro, Eugenio Montes, Gerardo Diego, etc. La revista era quincenal y llegaron a publicarse cincuenta números. a su aparición, el poeta recibió una carta de Miguel de Unamuno que decía: «Mi querido Adriano: Grecia en Sevilla, bajo la advocación de Rubén Darío, puede ser una cosa invertebrada y cursilaginosa. A Rubén Darío la faltó, le abandonó, su Nicaragua natal. A ustedes les faltará, les abandonará Sevilla»[3].

En 1927 funda con Rogelio Buendía y Fernando Villalón (agricultor y ganadero que conoció al poeta en la época en que éste recorría España como representante de una fábrica de maquinaria agrícola), la revista onubense Papel de Aleluyas que editó seis números en Huelva y uno en Sevilla, aunque otras informaciones dicen que son cuatro los números que aparecen en Huelva y tres en Sevilla. Fueron sus principales colaboradores: Rafael Alberti, Gerardo Diego, Eugenio d’Ors, Luis Cernuda, y un largo etc. Según cuenta Adriano del Valle, hijo, Fernando Villalón tuvo un eclosión poética tardía y le entró la taquicardia de la poesía cuando su gran patrimonio familiar periclitaba entre el incesante trajín de sus faenas agrícolas. A su muerte, en Madrid el 8 de marzo de 1930 a los 49 años de edad, lejos de su querida Sevilla, Adriano del Valle, que se encontraba en Lisboa en el momento de la muerte de su amigo, le dedicó un poema que años después repetiría publicándolo en la revista falangista Vértice[4]. El poema llevaba por título Romance a la muerte de Fernando Villalón. Más tarde lo incluyó en Arpa fiel, con el título A Fernando Villalón, y, posteriormente, el hijo del poeta lo reproduciría bajo el título En la muerte de Fernando Villalón:

En tu pico, telegrama,
¿traes la oliva de la paz?
Paloma azul, ¿qué noticia
hacia mí te empujará,
orientándote, anillada,
por cielos de Portugal?

Villalón murió en España,
dice la nueva fatal.
Murió como un buen torero;
si no en cama de hospital,
en mesa de operaciones
de níquel blanco y cristal.
No de cornada de toro;
cornada de enfermedad.
Un ángel bueno entre nubes,
sus ojos bajó a cerrar,
envuelto en luz de quirófano
en su anunciación mortal.

Fernando murió muy lejos
del Guadalquivir natal,
río de taurinos peces
que, en garrochas de cristal,
dando el salto del trascuerdo,
saltan el testuz del mar.

¡Qué mano izquierda tenía
en faenas de amistad!
¡Qué inteligencia en la brega!
¡Quién lo había de esperar
tan pronto, cuando cambiaba
la seda por el percal!

¡Doblad, que murió Fernando,
vaca, añojo, utrero, eral…!
¡Que formen vuestros cencerros
un doble de funeral,,
funeral de toros bravos
que lloran su mayoral!
[5]

De nuevo dedicaría a su íntimo amigo un largo poema titulado Elegía a Fernando Villalón que recoge su Obra poética. Habría también una en prosa titulada Fernando Villalón, héroe de arpa y garrocha, y un artículo publicado en el semanario falangista El Español, el 16 de enero de 1943, que tituló Historia de un soneto taurino de Fernando Villalón. El poeta de los toros.

En 1933 por su obra Mundo sin tranvías, y que años más tarde, en 1940, desde Argentina, Ramón Gómez de la Serna, recordaría en un artículo homenaje al poeta sevillano que lo concluye así: «¡Admirable Adriano del Valle, poeta que no se ha manchado!». En 1945, vuelve Gómez de la Serna a ocuparse del vate dedicándole una semblanza: «En la hora lejana de la revista Grecia o quizás antes sí, antes, apareció ante mis ojos ese nombre de adolescente perennal, de liróforo sin vejez, de benjamín poético. Adriano del Valle aparecía en nuestra vista como si fuese recóndito cazaflores en su propio valle, y nos llegaban poesías de él, misivas, artículos de crítica entusiasta, aquellos en que más se nos ensalzó como no se nos volvió a ensalzar jamás…»[6]. Ese mismo año de 1933 le conceden el premio de poesía «Sánchez Bedoya», de la Real Academia de Bellas Letras de Sevilla. premio que volvió a obtener en 1937 con el texto titulado Romances en honor de la Inmaculada.

En plena guerra civil colabora fervorosamente con el nuevo régimen a través de los servicios de Prensa y Propaganda que desde Burgos encarrila y dicta Dionisio Ridruejo. Adriano del Valle se encontraba en Sevilla y aquí escribe en el diario falangista F.E.[7] que dirige Tomás Borrás quien sentía por él una enorme admiración y de quien además decía que asociaba las ideas y las mandaba a paseo, que pescaba imágenes y, ya el pez en la mano, lo transformaba «en un pájaro que guiña el ojo; tan pronto eres serio conceptista de antiparras, como pilluelo que da una voltereta; melódico, áspero, al sesgo, de bulto, al trasluz, Júpiter y cisne. ¡Permanente metamorfosis! Y un acento insistente, siempre ese acento, el popular, como el del cante andaluz»[8]. Por ese mismo tiempo, verano de 1937, aparecieron por Roma los primeros españoles que llevaban noticias directas y vividas de la guerra y que el Duce había invitado a pasar un tiempo de descanso en Italia: «A la expedición, que salió en un barco de Sevilla, se unieron Adriano del Valle, Ernesto Giménez Caballero y Manuel Díaz Crespo. Fueron para mí dice César González Ruano días de alegría, en los que todo fue hablar de España y de nuestras cosas. Adriano venía triunfal con un mono arbitrario, como de héroe del aire, lleno de flechas y de águilas…»[9]. En Sevilla recibió con el mayor dolor, «sin duda para él, la muerte, el asesinato de su querido y admirado amigo Federico [García Lorca]»[10] de quien conservaba con cariño la dedicatoria que le había puesto en un ejemplar del Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías: «A mi viejo amigo Adriano, poeta Rossi, esta elegía que nunca me hubiera gustado escribir». Después, en 1938, Adriano del Valle dedicó un soneto al poeta de Granada que tituló: En la muerte de Federico García Lorca:

En la ruleta azul del torbellino
dilapidó el perfume de la rosa;
quiso ignorar si fue la mariposa,
si fue el ave o el pez autor del trino.

Si molturó el paisaje en su molino
vertiendo, traductor, el río en prosa,
al sauce que entre líquenes reposa
le hizo creerse un árbol cristalino.

El epitafio se lo puso el viento
en las cenizas. Llanto inconsolable,
con pétalos de alivio, el crisantemo

deshoja en funerario monumento.
¡Mirad la luna allí! ¡Tendedle un cable!
¡La luna se lo lleva a vela y remo
![11]

Era una vieja amistad la que sostenían ambos poetas andaluces. El autor del Romancero gitano le había enviado su libro Impresiones y paisajes, con la siguiente dedicatoria: «A mi amigo Adriano, el poeta que en la dafneforias modernas lleva su rama de laurel y mira apasionadamente a Rubén, el maravilloso, que, con la corona de oro y el soberbio manto, hace de Dafnéforo. Cariñosamente, Federico. Hoy, 3 de junio de 1918, con mucho sol y mucha melancolía»[12] .

Adriano del Valle decide a publicar, en 1940, su primer libro asequible al gran público y que es presentado por la Colección Azor que dirigía el falangista Félix Ros. Sus dos anteriores: Lyra sacra y Primavera portátil, el primero publicado en una edición para bibliófilos, y el segundo en 1934 editado por Amigos del Libro de Arte; eran ediciones limitadísimas, casi clandestinas e inasequibles. Los gozos del río, que publica ahora, cuando ya su autor se había convertido en una de las voces más encendidas del nuevo régimen, recoge los poemas escritos entre los años 1920 y 1923. La edición sale, a modo de prólogo, con un artículo de Eugenio Montes que había aparecido en el diario La Nación de Buenos Aires y que entre otras cosas decía: «No existe ni en porcelanas chinas, ni en tapices persas, nada tan bonito, tan delicado y tan leve como la poesía de Adriano. Oíd este cuclillo en el rabel de un trébol»:

Pastora, tora, tú tienes
rebaños, baños, de ovejas.
Yo taño, taño, mi trébol
roto, roto, en la arboleda
dedales, dales, de plata,
y en raso, rosa, con perlas,
pespuntes, puntes de agujas
con sartas, sartas, de estrellas.
Bastidores, dores, tienes,
y tienes, tienes, tijeras
que abiertas, biertas, parecen
volando, lando, cigüeñas.
Tijeras, jeras, que cortan
los vientos, vientos, que vuelan
bordados, dados, los vientos
de blancas, blancas, cigüeñas
[13].

Este mismo año, Adriano del Valle se reúne en el Museo de Arte Moderno (edificio de la Biblioteca Nacional) con la tertulia Musa Musae, donde estaban, entre otros, Rafael Sánchez Mazas y Manuel Machado, que vino a decir en la primera sesión de la tertulia: «La poesía se reduce a llamar divinas a las cosas, a buscarles queriendo o sin querer su destello de divinidad, su partícula celeste, su razón inexplicable de amor…»[14]; José María Alfaro, Dionisio Ridruejo, José María de Cossío, etc. «Musa Musae pretendía revivir el tono arbitrario y locuaz de la conversación literaria renacentista y ser, tras tres años de violencia, el reencuentro del escritor con su condición de diletante y creador de belleza»[15].

Colaboraría también en el primer número de la revista Escorial que aparece en noviembre de 1940. La revista era una idea personal del grupo falangista universitario que lo formaban Pedro Laín Entralgo, Dionisio Ridruejo y Antonio Tovar. Los dos primeros fueron, respectivamente, director y subdirector de la nueva publicación; actuando como secretarios de redacción el poeta Luis Rosales y el crítico Antonio Marichalar. El equipo procedía de la prematura experiencia de Jerarquía la revista negra de Falange, pero «con el paso de los años ha limado retóricas y Escorial, al revés que su antecesora, se convirtió muy pronto en el perdido hogar de una literatura y en el punto de cita en el que un público, minoritario pero importante, pudo al fin reconocer la herencia de las grandes revistas culturales de anteguerra»[16]. El poema que publicó Adriano, compuesto por siete décimas, lo tituló Al atavio de una dama española:

Blanca azucena embriagante
que sus pétalos deshoja,
blanca mano que, hoja a hoja,
su olor clausura en un guante.
Pétalos que en piel de ante
acomodan su aposento;
y el celestial instrumento
de diez uñas virtuosas
para embriagar a las rosas
pulsando el arpa del viento
.[17]

En 1940 , los jerarcas falangistas Sancho Dávila y Pedro Gomero del Castillo, le nombran para dirigir la revista Mástil. Revista Nacional de las Organizaciones Juveniles. En 1942 le conceden el Premio Nacional de Literatura «José Antonio Primo de Rivera» 1941, por su libro poético Arpa Fiel. Con la misma obra, que tuvo en la primera edición una tirada de cien ejemplares para bibliófilos, también ganaría, al año siguiente, el Premio Fastenrath de la Real Academia Española de la Lengua. Antes de que le concedieran el Premio Nacional de Literatura «José Antonio Primo de Rivera», Dámaso Alonso publicó un artículo sobre la obra de Adriano titulado Barroquismo de hoy en la poesía de Adriano del Valle que vio la luz el 5 de noviembre de 1941 en el número 3 de la revista Santo y Seña y que le valió, dado el enorme prestigio del autor, para que al poeta le concedieran el premio. En ediciones posteriores, el autor de Arpa Fiel incorporaría el artículo de Dámaso Alonso a su libro, así como también tras el título aparecen los premios otorgados. Recoge, en primer lugar, su fidelidad a España donde incluye el soneto Epitafio a José Antonio dedicado al fundador de Falange, y que ya había sido publicado, en 1939, en la Corona de sonetos en honor de José Antonio Primo de Rivera:

Cisne fue. Cisne esbelto que agoniza
y mueve estrellas conmoviendo el aire,
derrumbando las alas de los pájaros
y en ceniza derrumbando el fuego.

Vivió, clamó y murió verticalmente,
cambiando con el plomo la sonrisa.
Y conmovida en lágrimas la noche
al alba lo encontró, muerto, a sus plantas.

Su sangre ya salpica las estrellas.
Su sangre enturbia el rumbo de los peces.
Donde su cuerpo, fulminado, yace,

su fuente es acueducto de la Patria
con la cal destilada de sus huesos
fundadores de rosas y laureles.


Viene después su fidelidad a María, A la pura y limpia Concepción de María que comenzaba con estos versos: Ángeles y serafines / -la adolescencia del Cielo- / tocan motetes, maitines, /entre las nubes, jardines / que pasan aprisa, al vuelo… A continuación su fidelidad a Italia comenzando por Roma: Todos los acueductos van a Roma, / llevando agua caudal a sus fontanas, / entre tumbas gentiles y cristianos, / catacumbas, cipreses y carcoma… Fidelidad a la mujer: Guantes, cruz escapulario / flores, bastidor, chapines, / risas cuando no maitines, / novios cuando no breviario… Fidelidad a la poesía con un recuerdo especial a Garcilaso de la Vega: Camina Garcilaso, deslumbrado, / orillando los húmedos verdores, / de un Tajo que refleja en resplandores / a un mágico Toledo arrebolado…, y a Gustavo Adolfo Bequer: Paciendo está la lluvia en el sembrado, / paciendo está y rumiando trebolares, / lavando el majadal con azahares, batidos de aguacero y sol mojado... Y termina con su fidelidad a los amigos, en especial a Eugenio Montes, mozo gaitero, / que traes orbayo de tu país, / parvo repique sobre un pandero, / vientos forales sobre el maíz…Este año también es nombrado director la revista cinematográfica Primer Plano. Al año siguiente ganaría el premio «Mariano de Cavia» por su artículo Stella Matutina, inspirado en la Semana Santa de Sevilla.

Cuando en 1945 se publica Ofrenda lírica a José Luis de Arrese en el IV año de mando, en honor al que en ese momento era ministro secretario general de Movimiento. Adriano del Valle participa en esa ofrenda junto con Eugenio d’Ors, José García Nieto, José María Alfaro, Manuel Machado, Gerardo Diego, Eduardo Marquina y otros. Dicen sus dos tercetos finales:

Numen, semilla y flor de arquitectura,
-¡oh torre soleada en el invierno!-
tu Gibralfaro allí, tu alto castillo…

Y abajo, en la Falange adusta y dura,
como el Justo a la diestra del Eterno,
aquí está a la diestra del Caudillo.


A la muerte de Manuel Machado, José María Pemán, entonces director de la Real Academia Española, ofrece a Adriano del Valle presentar su candidatura para ocupar el sillón que había quedado vacante. Pero del Valle rehusó porque pensaba que siendo director de la revista Primer Plano y delegado para España del Anuario Financiero del Banco de Vizcaya, obligado por tanto a visitar despachos comerciales, no quería que en sus tarjetas figurase, quizá en un excesivo criterio de pureza, el honroso título de la «Real Academia Española».

Adriano del Valle fallece en Madrid el 1 de octubre de 1957. Fue amortajado con el hábito de monje mercedario y su hijo nos relata lo ocurrido instantes después de su fallecimiento: «Tuvo, mi padre, una muerte ejemplar y cristiana. En el momento de ocurrir yo, que me encontraba a su lado, presencié una serie de extraños fenómenos. Una Virgen de Fátima, que le había traído de Portugal su amiga la actriz Elena Espejo, se cayó de la mesita de noche al suelo, quedó de pie y empezó a sonar su clásica música. Al mismo tiempo, se abrió el gran ventanal de su habitación, flamearon los visillos, y penetró o salió un suave viento a la vez que comenzó a nevar, a caer grandes copos como nunca yo había visto antes»[18]. Con la desaparición de Adriano del Valle muere un buen poeta, además de un prosista, articulista, pintor ocasional, autor de una considerable obra plástica en forma de collages que representaban para él un descanso mental y que aparecen en periódicos y revistas como Primer Plano, El Español, Garcilaso, Cántico… etc. Fue enterrado en el cementerio de San Justo y sobre su tumba se puede leer este epitafio que el mismo poeta dejó escrito:

¡Dios me otorgue el merecerte,
oh Virgen de la Merced!
Dándome postrera suerte
para que sacies mi sed
en la hora de mi muerte
.[19]

JOSÉ Mª GARCÍA DE TUÑÓN AZA

(*) Artículo publicado en la revista Altar Mayor nº 113, marzo-abril 2007


[1] DEL VALLE HERNÁNDEZ, ADRIANO: Adriano del Valle, mi padre. Editorial Renacimiento, 2006, pág. 33.
[2] Catálogo de la exposición Adriano del Valle (1895-1957). Fundación El Monte y Consejería de Educación y Cultural de la Comunidad de Madrid, 1995, págs. 179-192. En una declaraciones posteriores que hace el hijo del poeta al diario ABC de Sevilla, el 1 de octubre de 2006 página 29, dice: «De Norah mi padre me contaba que él fue el primero que la descubrió en Sevilla y siempre reclamó la gloria de aquel afortunado encuentro». En realidad, estas palabras no son si no repetición de las que escribió el propio poeta: «Yo fui quien descubrió a Norah Borges en Sevilla. Reclamo para mi toda la gloria por el feliz hallazgo de aquella hermosísima perla intelectual…».
[3] DEL VALLE HERNÁNDEZ, ADRIANO: op. cit., pág. 46.
[4] Esta revista se publicaba todos los meses desde abril de 1937. Finalizó, tras haber editado 81 números, en 1946. Fue su primer director Samuel Ros, le sustituiría Manuel Halcón, y, por último, José María Alfaro.
[5] Revista Vértice , nº XVI, noviembre 1938
[6] GÓMEZ DE LA SERNA, RAMÓN: Nuevos retratos contemporáneos y Otros retratos. (2º edición) Aguilar. Madrid, 1990, pág. 119
[7] Citado por la catedrático MECHTHILD ALBERT, en Vanguardistas de camisa azul. Visor Libros. Madrid, 2003, pág. 76
[8] Recogido por GÓMEZ DE LA SERNA, RAMÓN, en op. cit., pág. 132
[9] GONZÁLEZ-RUANO, CÉSAR: Memorias. Mi medio siglo se confiesa a medias. Tebas. Madrid, 1979, pág. 417
[10] DEL VALLE HERNÁNDEZ, ADRIANO, op. cit., pág. 217
[11] Ibíd. Al reproducir este soneto, el hijo del poeta nada nos dice dónde y cuándo fue publicado por vez primera.
[12] RAIDA, PEDRO: Semblanzas de hombres intensos de la letras y artes de España. El poeta Adriano del Valle. Madrid, 1957, pág. 62
[13] DEL VALLE, ADRIANO: Los gozos del río (1920-1923). Editorial Apolo. Barcelona, 1940, págs. 5 y 6
[14] Citado por J(uan) A(ntonio) de Z(unzunegui) en la revista Vértice, 28 de enero de 1940.
[15] MAINER, JOSÉ CARLOS: Falange y Literatura. Antología. Editorial Labor, S.A. Barcelona, 1971, pág. 47
[16] Ibíd., pág. 53
[17] Revista Escorial. Madrid, noviembre, 1940, pág. 83.
[18] DEL VALLE HERNÁNDEZ, ADRIANO: op. cit., pág. 347
[19] Ahora quisiera lamentar los numerosos olvidos de Adriano del Valle Hernández, hijo del poeta y autor de un libro sobre su padre, donde no constan una serie de hechos que le vinculan muy estrechamente con el nuevo régimen español, por ejemplo: refiriéndose al Premio Nacional de Literatura, que ganó en 1941, suprime deliberadamente el nombre de «José Antonio Primo de Rivera» que era como así se llamaba el galardón obtenido y como además así figura en la portada del libro a partir de la 2ª edición; tampoco señala que Adriano fue uno de los colaboradores de la Corona de sonetos en honor de José Antonio; entre las ilustraciones que acompañan al texto olvida la fotografía que publicamos en este artículo donde se ve claramente al poeta luciendo en la solapa el yugo y las flechas insignia de Falange Española de las JONS; otro tanto sucede con su olvido respecto de las condecoraciones que, como la Medalla de Campaña (1941) y la Orden de Cisneros (1945), le fueron concedidas por Franco a quien el poeta había dedicado tiempo antes palabras tan elogiosas como éstas: «España, la España católica que fue salvada del cautiverio rojo por la espada victoriosa de Franco…». Tal vez, semejantes olvidos se deban a la ignorancia del autor del libro, hipótesis preferible antes de pensar que se trata de una muestra de sectarismo político, e incluso de una falta de respeto a la memoria íntegra de su progenitor: en todo caso, olvidos imperdonables de un hijo que según parece se avergüenza de todo ello.

LEOPOLDO PANERO, LA VERDAD EN PERSONA


LEOPOLDO PANERO, LA VERDAD EN PERSONA (*)

En una carta que Unamuno escribió a Leopoldo Alas Clarín al comenzar el siglo pasado le decía que al morir quisiera que se dijese de él «¡fue todo un poeta!»[1]. También escribió que «el poeta es el que nos da todo un mundo personalizado, el mundo entero hecho hombre, el verbo hecho mundo»[2]. El mismo Unamuno que si tiene alguna coincidencia con Panero es «de actitud religiosa, pero no poética», nos dice Luis Felipe Vivanco[3]. Pues bien, Leopoldo Panero fue todo un poeta y la clave de su poesía su amigo Luis Rosales la definió «como un nuevo humanismo»[4], que nació un 17 de octubre de 1909 en Astorga – muy cerca de la catedral y del palacio episcopal, la obra que diseñara Antonio Gaudí–, y que apareció en el panorama poético español en el año 1928 cuando aún no había terminado su carrera de derecho y que después ampliaría sus conocimientos estudiando lengua y literatura francesa en las Universidades de Tours y Poitiers, así como lengua y literatura inglesa en la Universidad de Cambridge. Algunos dicen de él que tuvo la buen y la mala suerte de pertenecer a la generación de 1936. La mala porque venía detrás de la de 1927; y la buena «porque vivió una época en la que era fácil replegarse hacia el culto de la belleza pura»[5]. En el momento presente se encuentra en una discreta penumbra, aunque también es cierto que al cumplirse el cuarenta aniversario de su muerte su obra ha sido revisada en el mundo académico con dos cursos universitarios realizados en Astorga por la Fundación de Universidades de Castilla y León, y por la Universidad de La Laguna con la presentación del poemario De Astorga y el poeta, de Javier de la Rosa. Sin embargo, el poeta Carlos Bousoño, en el 25 aniversario de la muerte de Panero, ya denunciaba la injusticia, no generalizada lógicamente, con que sus versos eran vistos en aquellos momentos «por algunas personas aficionadas a la poesía a causa de los elementos ideológicos que tales versos encierran, tan opuestos a lo que en el momento actual demandamos muchos españoles».[6]

Los Panero en Astorga –nos dice su pariente y amigo Ricardo Gullón– eran toda una institución. La confitería fundada por Juan Panero, abuelo del poeta, era algo así como el punto de cita y reunión de mucha gente en Astorga. Juan Panero, casado con Niceta Núñez, llegaron a tener dieciséis hijos, de los que el padre del poeta, Moisés, haría el número tres. Éste se casaría con Máxima Torbado de carácter entero y caridad incesante. Tuvieron seis hijos, cuatro chicas de la que una de ellas moriría de muy joven, y dos varones, Juan y Lepoldo. Éste haría el número tres, detrás de una chica y de Juan que fallecería en un accidente de automóvil el 7 de agosto de 1937 y que repitiendo a Miguel Hernández en su elegía primera a Federico García Lorca: Muere un poeta y la creación se siente / herida y moribunda en las entrañas. / Un cósmico temblor de escalofríos / mueve temiblemente las montañas... Efectivamente, fue Juan Panero un buen poeta, un profundo y delicado poeta que había labrado una poesía de amoroso misticismo, en palabras de Luis Felipe Vivanco[7], y que ya era conocida cuando empieza a publicar su hermano Leopoldo. Tres años después de su trágica muerte, la revista falangista Escorial[8] divulgaría de él cinco sonetos y dos poemas amorosos:

Yo quisiera recordarte que el amor es eterno,
y que es sólo la muerte quien le unge de Gracia y lo colma
de paz en la paz de los cielos.
No extrañes mis palabras, transidas de nombrarte:
sólo la carne es muerte;
pero cumplo un deber suscitando en tu sangre la inocencia
del tiempo
y complazco el instante soñado con tu nombre
en que me has de cerrar con dulzura los párpados
para dar evidencia suficiente a mi carne
.[9]

Leopoldo Panero se vio muy afectado por la inesperada muerte de su hermano –«en acto de servicio», la calificó la revista Escorial– . Un año más joven que Juan, Leopoldo dedicaría a su hermano un poema lleno de dolor donde recuerda en sus estrofas y canto en sus palabras la infancia y adolescencia de ellos dos «en las campesinas llanuras, aleteantes de chopos y ensombrecidas de encinas que circundan Astorga, y más tarde nuestra estancia como internos en un colegio de San Sebastián, tan melancólicamente lejos de nuestra luz nativa, pegado el oído al sordo ruido de las olas y empapado el pensamiento de ausencia desde las cumbres del monte Ulía, donde tantas horas nuestras transcurrieron para siempre, caídas en la luz de sus valles»[10]. Y he aquí los tres primeros versos:

A ti, Juan Panero, mi hermano
mi compañero y mucho más;
a ti tan dulce y tan cercano;
a ti para siempre jamás.

A ti que fuiste reciamente
hecho de dolor como el roble;
siempre pura y alta la frente,
y la mirada limpia y noble;

a ti nacido en la costumbre
de ser bueno como la encina;
de ser como el agua en la cumbre,
que alegra el cauce y lo ilumina...
[11]

La guerra estaba dejando una fuerte impresión en la familia Panero. El poeta «en la época del segundo bienio republicano, después de la revolución de octubre, había tenido refugiado en su casa a César Vallejo[12]. Él, su padre y su hermano Juan eran republicanos y, por añadidura, los dos últimos habían colaborado en la revista poética de Neruda Caballo verde para la poesía. Era más que sobrado. Su padre y él estuvieron en la cárcel, de donde los sacó, a duras penas, la energía y decisión de la madre, que acudió a Salamanca en busca de valimientos familiares»[13]. Sin embargo, esta versión, que nos da Dionisio Ridruejo, no es del todo coincidente con la que nos dan otros estudiosos del poeta. Al parecer el 20 de octubre de 1936 es detenido Leopoldo Panero y conducido a San Marcos, en León, donde su vida podía correr la misma suerte que la que corrió García Lorca en Granada. Es el ya citado pariente Ricardo Gullón quien nos dice que a Leopoldo le acusaban en Astorga de pertenecer al Socorro Rojo y de haber estado, durante su estancia en Inglaterra, al servicio de la citada organización:

Pruebas no había, pero nadie ignoraba que en circunstancias como aquellas la acusación hacía fe por el mero hecho de formularse y al presunto culpable incumbía demostrar su inocencia, si se le daba tiempo y ocasión para hacerlo. La madre guardaba cartas y lamentándose de que siempre andaba escaso de fondos. Conservaba recibos de los giros que le fueron enviando a Inglaterra. Provista de éstos y otros papeles y provista, sobre todo, de la voluntad de salvar a su hijo, marchó a Salamanca convencida de que únicamente del centro del poder podían salir las órdenes salvadoras. Visitó a Unamuno y le pidió que interviniese a favor de Leopoldo declarando cuáles eran sus actividades en Inglaterra y quiénes sus amigos. «Haré cuanto sea preciso», prometió don Miguel, «pero cuanto yo diga y haga puede perjudicarle en vez de ayudarle». La palabra del viejo maestro, aislado, condenado a soledad y silencio, no era ciertamente la más apropiada para garantizar conductas políticas. Una segunda visita, ésta a doña Carmen Polo, esposa del General Franco y pariente lejana de los Torbado, trajo la solución. A Franco no era posible hablarle en aquel momento, pero la señora recibió amablemente a la madre angustiada, la escuchó, examinó los papeles que llevaba y le dijo: «Paco está en una junta con los generales, pero yo le informaré del asunto». Sin duda su intervención fue eficaz, pues no tardó en recibirse en León orden de no proceder contra Leopoldo.[14]

La que llegaría a ser su mujer, Felicidad Blanc, nos da su versión que no difiere mucho de la de Gullón porque dice:

En Salamanca va primero a ver a don Miguel de Unamuno; piensa que el testimonio del rector de la Universidad puede aclarar la conducta de Leopoldo en Cambridge, se le acusa de marxismo por su amistad Ilia Ehrenburg y otros intelectuales marxistas. Mi suegra gustaba de recordar aquella conversación con don Miguel. Unamuno la recibió muy atento; estaba con una de sus hijas. Le dijo: «No hay nada que yo pueda hacer, no tengo ya ninguna fuerza en esta ciudad; yo mismo estoy enclaustrado y vigilado». Y le explicó lo que había pasado, lo que él había dicho: «Vencerías, pero no convenceréis».

De la casa de don Miguel se dirige al Cuartel General. Carmen era prima lejana de mi suegra, en su juventud se había tratado superficialmente. La mujer de Franco la recibe y mi suegra le cuenta lo que sucede: la absurda situación de su hijo, una persona pacífica que nunca se ha metido en nada. Carmen Polo le dice que su marido está en una reunión, pero le promete que, en cuanto termine, hablará con él y se dará orden de que lo suelten [15].

Efectivamente, el 18 de noviembre fue puesto en libertad y retornó de nuevo a su casa de Astorga donde la familia decidió que se incorporase en el ejército y un pariente lejano, Miguel Arredondo, le incorporó en su unidad. De esta manera se terminaron los momentos de angustia y zozobra por los que toda la familia estaba pasando hasta que llegó la muerte de su hermano Juan, al que ya nos hemos referido. Terminada la guerra, parte de la familia se instala durante largas temporadas en Madrid donde el poeta coincidiría en la tertulia del Lyon, entre otros, con Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco, Gerardo Diego, tertulia que se fundiría más tarde con la de Manuel Machado. Y lentamente retornaron las costumbres de siempre.

Un día Manuel Machado tiene la idea de establecer una academia literaria o más bien una especie de tertulia literaria que llevaría el nombre de Musa Musae. En la tercera reunión, Panero se reveló como poeta. Fue en el mes de abril de 1940 en el Museo de Arte Moderno y que dirigía el poeta sevillano Eduardo Llosent. Con voz grave, Leopoldo Panero dijo el romance a Joaquina Márquez, el amor del poeta que había conocido en Guadarrama y que fallecería poco después:

¡Dejad que llene mis manos
de nieve para tocarla!
¡Dejad que sienta la muerte
como la lluvia en la cara!

Dejad la muerte conmigo;
la muerte rota en el alma.
Dejad volar mi alegría.
Dejad que vuele. Dejadla.
[16]

Poema del amor perdido en un sanatorio donde ambos, enfermos, habían coincidido. Le seguiría después Tierra del corazón, notándose en este poema la presencia del hermano perdido, y otros a la gótica catedral de León. Para terminar, un largo poema de amor, del nuevo amor que por aquellos días ocupaba un lugar preferente en su corazón. Era, como dijimos, Felicidad Blanc, escritora, con la que se casaría más tarde y que según Mercedes Formica, que la conoció antes de la guerra, «era la muchacha más bella de Madrid y vivía en una bonita casa de los bulevares rodeada de jardines y de cierto misterio».[17]

A partir de aquí, Leopoldo Panero ocuparía varios cargos oficiales: Sería director con carácter provisional del Instituto de España en Londres donde al mismo tiempo existía otro Instituto de España, el de los republicanos que dirigía un pariente de Leopoldo, Pablo Azcárate, con quien siempre mantuvo buenas relaciones; director de la revista Correo literario; secretario general permanente de las Bienales Hispanoamericanas de Arte de Madrid, La Habana y Barcelona; miembro de gobierno del Instituto de Cultura Hispana y director del departamento de cooperación intelectual de dicho organismo; secretario general del Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, etc.

En el semanario El Español publica en 1942 un artículo dedicado a Miguel de Unamuno, del que era gran admirador y cuyo espíritu rebelde la impresionó. Lo tituló El paisaje salmantino en la poesía de Unamuno. «El poeta está sintiendo la belleza, la unidad en la belleza del paisaje, que le llena de sosiego y le aduerme en la contemplación de su hermosura y dice: Con la ciudad enfrente me hallo solo / y Dios entero / respira entre ella y yo toda su gloria. Y al final de su poema, como un último latido desamparado, irrumpe la duda agónica, la duda y el ansia personal de don Miguel, que siente removido en el fondo de su pecho el foso de su tristeza, como un niño ciego, y la ceniza de su condición humana arrastrada por el remolino interior de su profunda soledad: Y ahora dime Señor, dime al oído: / tanta hermosura, / ¿matará nuestra muerte?»[18]. Anteriormente ya le había dedicado otro artículo, en noviembre de 1931, en el diario El Sol, que recogen sus Obras completas: «En Miguel de Unamuno, el mismo eco de sus pasos ardientes levanta batallas en la paz. Sí; lo poético lleva en su alma, en su belleza, la propia y pura razón de vida».[19]

La soledad de la que nos habla Unamuno es la misma en la que se encuentra nuestro poeta. Hay quien opina que el hombre quiéralo o no, ha nacido para la soledad. También hay quien llega más allá y dice que el hombre «debe estar solo, si quiere encontrarse a sí mismo»[20]. Es muy posible que esto sea lo que buscaba Panero, sobre todo cuando pierde a algún ser querido. Y aunque el poeta había sido agnóstico durante toda su juventud, abdicaría más tarde de su agnosticismo y viviría el resto de su vida dentro de la religión católica; ahora quiere hacer partícipe a Dios de su soledad por eso escribe estas bellas palabras:

Estoy solo, Señor, en la ribera
reverberante de dolor. Las nubes
se espacían, vastas, grises, mar adentro.
Entre el salado, vaho de los pinos
la luz en estupor de la distancia,
lo mismo que un barranco. Estoy yo solo.
Estoy solo, Señor. Respiro a ciegas
el olor virginal de Tu palabra.
Y empiezo a comprender mi propia muerte
mi angustia original, mi dios salobre.
Crédulamente miro cada día
crecer la soledad tras las montañas.
[21]

El concepto de poesía de Leopoldo Panero se parece mucho al de Miguel de Unamuno y Antonio Machado, poeta éste que más influyó en su obra, según palabras del propio Panero. «Para él como para ellos, poesía era primeramente una revelación del poeta y una iluminación de las condiciones humanas conseguida por medio de la contemplación personal, siempre en la dimensión solidaria»[22] . Lo mismo que había hecho con Unamuno, Panero escribió otro artículo en El Sol en 1931 donde nos habla de Machado y que recogería sus Obras completas: «Antonio Machado deja siempre derretido y fuerte al otro lado de los sensual su pecho dolorido, su sangre temblando; su visión de la tierra, yerta y renacida, como soledad donde apenas una fuente late, descansa vagamente rendida, sobre la propia existencia del ser, sobre el hombre melancólico de su destino».[23]

Leopoldo Panero participa en la Corona de sonetos en honor de José Antonio Primo de Rivera, junto con Ridruejo, Manuel Machado, Gerardo Diego, Rosales, Vivanco, d’Ors, etc. Hay quien dice que el soneto de Panero fue «uno de los más asépticos de la colección»[24]; sin embargo, a pesar de este juicio muy particular de quien lo emitió y también de que es muy posible que Panero jamás tratara a José Antonio, hay quien cree que la figura del fundador de Falange la «debió empezar a admirar después de su muerte, tras la lectura de sus discursos y a consecuencia, sobre todo, de la labor proselitista de algún viejo camarada»[25] como por ejemplo Rafael Sánchez Mazas, de quien nos dice la viuda del poeta: «Rafael es un conversador maravilloso, habla de José Antonio y de los recuerdos que conserva de él; alguna vez incluso nos ha leído alguna carta suya, y es imposible oyéndole no sentir admiración por José Antonio. Quizá de estas conversaciones quedara en Leopoldo esa admiración que se refleja más tarde en el Canto personal».[26]

Canto personal. Carta personal a Pablo Neruda, en contestación al Canto general del poeta chileno fue una obra muy discutida por unos y por otros, incluso objeto de las más malévolas descalificaciones. «Todavía los amigos discutimos si Leopoldo hizo bien o hizo mal en acudir a la llamada, dejando correr a su generoso corazón y atacando a un poeta temible por su fama...», escribía Antonio Tovar[27]. Carlos Bousoño, dice que en el Canto personal es «donde se halla lo peor de nuestro poeta»[28]. Sin embargo, para Eugenio Montes el magnífico CP había venido a oponerse al hueco palabrero y retórico Canto general de Neruda. Hay más opiniones en un sentido y otro. De todas las maneras su Canto personal fue para algunos motivado, entre otras cosas, por el insulto del poeta a Dámaso Alonso y Gerardo Diego y nuestro poeta quiso salir en su defensa. Asimismo, por la indignación que «al poeta astorgano le produjo el ataque del chileno a España»[29], «porque todo el poema de Neruda es un insulto a España», nos dice Dionisio Ridruejo[30] que le dedicaría este poema: Ser hombre y caminar pausadamante / besando con la luz de la tristeza / la casa, el monte, el árbol, lo que empieza / a ser humano cuando queda ausente...[31]. Su mujer llega a reconocer también que el libro fue distinto a su poesía anterior, muy polémico, incluso de difícil interpretación que no le sirvió más que para colocarle en una situación desairada, atacado por todos los flancos. Incluso por alguno de los que había tratado de defender, en clara alusión a Dámaso Alonso. Y preguntaba: «¿Qué le llevó a escribirlo? ¿El ataque de Neruda en Canto general a amigos tan queridos como Dámaso Alonso y Gerardo Diego a los que llama “hijos de perra”[32], o sus injustas palabras contra José María de Cossío, que a Leopoldo le consta que ayudó en todo lo posible a Miguel Hernández y al que Neruda acusa de todo lo contrario? [...]. Pero sobre todo creo firmemente que en el fondo lo que está es su arraigado amor a España»[33]. Y la mujer continúa: «Nunca me habló de ese libro, ni de las desilusiones que la amistad le diera con ese motivo. Pero creo que contribuyó a amargar los último años de Leopoldo, convirtiéndole en cierta medida en un ser diferente». [34]

Pero es el propio poeta quien nos da su punto de vista: «Los escribí –sostiene Panero– porque me sentí moralmente obligado a hacerlo. Y tengo la absoluta seguridad de que si el propio Miguel Hernández[35] hubiese vivido, habría sido él quien escribiera una carta análoga a Neruda. En el viaje que en el invierno de 1949 hice por América con Antonio de Zubiaurre, Luis Rosales y Agustín de Foxá, tuvimos conciencia de la incomprensión que, en ciertos sectores, existe todavía respecto de la realidad de España. Y Neruda, usando para ello su prestigio de gran poeta, es uno de los que azuzan esa incomprensión. Por eso creí necesario darle a Neruda, en un poema, algunas nociones españolas que no se pueden olvidar».[36]

En otro momento vuelve a referirse a Pablo Neruda. Es cuando la periodista Pilar Nervión haciéndose eco de las palabras de Dionisio Ridruejo en el prólogo al libro Canto personal que habla de los amigos muertos y de lo que para un cristiano supone la pérdida de un semejante, de un hermano –en la muerte, en la locura, en el odio o en la ruindad–, le pregunta: «¿Quiere decirnos qué amigos poetas ha ido perdiendo usted en cada uno de esos dolorosos capítulos». Panero responde:

– «En la muerte perdí a mi hermano, a Federico García Lorca, a Miguel Hernández, a Vallejo y a Hidalgo. En el odio y en la ruindad he perdido a Pablo Neruda. En la locura no me ha desaparecido ninguno».[37]

Por otro lado, y a pesar de lo que nos dice la mujer de Panero sobre Dámaso Alonso, éste afirma que Panero fue un poeta con una autenticidad entrañada y una hondura rezumante, como quizá no la haya en toda la poesía española de los últimos tiempos. Y añade –creemos que de manera un tanto exagerada– que «en Leopoldo Panero tenemos la poesía de mayor ternura humana que ha producido la literatura española moderna, y una de las más tiernas de todas las épocas de nuestra cultura»[38].

El autor de Versos del Guadarrama y Escrito a cada instante, ganaría con su obra Canto personal, en 1953, el premio 18 de julio que le entregan en un brillante acto con asistencia del ministro Raimundo Fernández-Cuesta que comenzó su discurso manifestando que la Falange ha buscado siempre la inteligencia como motor de sus actos. Al referirse al poeta dijo, entre otras cosas: «El Canto personal de Panero, carta perdida a alguien que por su actitud sucia y rencorosa merece el desprecio de cuantos hablan o escriben la limpia lengua castellana. Frente a la poesía que destruye debe alzarse la poesía que promete, dijo quien incorporó a la política un sentido poético»[39]. Por su parte, Leopoldo Panero hizo referencia a que las palabras más hermosas del mundo son libertad y poesía, y ambas se unen sin mentira en el nombre de José Antonio. Asimismo señaló: «Si con la guerra marcharon de España media docena de excelentes y genuinos poetas españoles, la cantera quedaba aquí, entre las encinas y los surcos».[40]

El poeta menciona en esta obra varias veces a José Antonio: La irrenunciable sed de José Antonio / era sed de unidad, porque en Castilla, / la sed es patrimonio. Y también: La voz de José Antonio nos avisa / (a través del amor: con doloroso / pensamiento de amor) que corre prisa. Recuerda en otro momento su paso por La Habana y al poeta cubano José Julián Martí y de nuevo a José Antonio:

Mi voz se empapa dolorosamente
de Martí a José Antonio: ¡qué anatema,
qué atrocidad, ¿verdad?, tan fehaciente!

¡Qué dos rebeldes de la misma yema!
¡Qué dos esperanzados, roto el pecho!
¡Qué ejemplos juntos de visión suprema!

Martí es el José Antonio a tiempo hecho
(igual que un manantial de Dios alumbra),
y Cuba en Zaragoza tuvo techo.

Los dos murieron cuando el ser se encumbra
a firme madurez; y en flor cortados,
fundaron a su patria en su penumbra.

Porque no están los días acabados
de Martí y José Antonio, en el oficio
del tiempo, sino apenas iniciados...
[41]

Hay otro momento que funde los nombres de Federico García Lorca con José Antonio, sin dejar de seguir citando a Martí:

Ninguna voz profética, cortada
por el hacha, se extingue o se ha extinguido;
tampoco en Federico está enterrada.

Los dos eran temblor, en el sentido
poético de España; y eran buenos,
lo mismo que Martí. Todo es gemido...
[42]

Leopoldo Panero muere en su casa de Castrillo de las Piedras (Astorga) el 27 de agosto de 1962 donde se hallaba en compañía de su esposa y sus hijos. Ese día el poeta dice a su mujer que se encontraba mal y que fuera a llamar al médico. Ella corre en su busca. Lo encuentra cuando se disponía ir a una fiesta. Al regresar a casa el poeta parece que se encuentra mejor, hasta da la impresión que ha recobrado el color de su cara. El médico le toma el pulso y dice que no le ve nada anormal. Marcha, pero una nueva llamada le hace volver. Sigue sin verle nada grave y le manda tomar una pastilla. El poeta queda tranquilo y su mujer lo deja solo para que descanse un rato. Pasa el tiempo, sube a la habitación, le coge la mano: está helada y no le encuentra el pulso. Manda buscar esta vez al practicante porque sabe que no encontrarán al médico. Cuando sube a la habitación le explica lo que pasa, le abre los ojos y volviéndose hacia ella no sabe cómo decírselo, pero la mujer ve en aquella mirada el reflejo de la muerte del poeta y de que todo se acabó: «¿No me irá a decir que está muerto?». «Qué puedo decir. Sí, está muerto».

Déjame, Señor, así;
déjame que en Ti me muera
mientras la brisa en la era
dora el tamo que yo fui.

Déjame que dé de mí
el grano limpio, y que fuera,
en un montón, toda entera,
caiga el alma para Ti.

Déjame cristal, infancia,
tarde seca, sol violento,
crujir de trigo en sazón:

coge, Señor, mi abundancia,
mientras se queda en el viento
el olor del corazón
.[43]

Se produce un silencio solamente roto por las plegarias del sacerdote que se inclina ante el cadáver. Empieza a llegar gente, las hermanas de Leopoldo gritan y lloran, pero la muerte no es eso, no ha sido nunca eso, «la muerte es el silencio».[44]

para morir contigo cada día,
Felicidad te quiero. ¡Oh insondable
pasión de la vejez en largo sueño!
[45]

Ese mismo día otro poeta, José García Nieto, recibe la noticia de la muerte de su amigo. Se encontraba en un pueblo cerca de Guadarrama. Camina hacia la ermita del Cristo de Gracia, de las Navas, «estaba vacía. Recé por él, creo que con él, todavía sentado, como si estuviéramos hablando de la vida, de la poesía, de la muerte, de todo eso que él nos enseñó que podía ser uno. Había una rendija hacía el sol de fuera en la puerta de Dios. Por ella se veía esa encina grande, de fuertes brazos, como muerta de pie, que da historia y referencia del pueblo. El árbol, el poeta, estaban allí, sobre la muerte»[46]. Y a continuación García Nieto escribe este hermoso soneto:

Busco tu compañía en esta ermita
donde he entrado a rezar por ti, tocado
de soledad, herido y asombrado
por todo lo que un golpe precipita.

Y tú no estás. ¿O no era aquí la cita?
Estoy solo. Pasaba. Me han llamado.
Y era tu voz; la voz del desterrado
que en el desierto del poema grita.

Torre de hombría, paz andante, lumbre
cautiva, acostumbrada pesadumbre:
¡cuánto valor sin sitio y tan aparte!

Rezo sin entender... ¿Cómo podía
haber sido...? En la Cruz, El me decía
que lo mejor estaba de su parte
.[47]

Después, García Nieto, junto con otros poetas y escritores: Ridruejo, Laín Entralgo, Vivanco, Crémer, Castillo Puche, etc., acompañaría los restos mortales de Panero al panteón de la familia en el cementerio de Astorga. En el momento de producirse el óbito tenia en preparación La verdad en persona, poema que trataba sobre Cristo porque Dios estuvo siempre presente en la poesía de Leopoldo Panero como punto de referencia a esperanzas y angustias.

JOSÉ Mª GARCÍA DE TUÑÓN AZA

(*) Artículo publicado en la revista Altar Mayor, nº 90, marzo-abril 2005 y en El Catoblepas, nº 55, septiembre 2006.











[1] GRANJEL, LUIS S.: Retrato de Unamuno. Editorial Guadarrama, S. L. Madrid, 1957, pág. 286.
[2] UNAMUNO, MIGUEL: Obras Selectas. Editorial Plenitud. Madrid, 1960, pág. 225.
[3] VIVANCO, LUIS FELIPE: Introducción a la poesía española contemporánea. Ediciones Guadarrama, S.L. Madrid, 1957, pág. 614.
[4] ROSALES, LUIS: Lírica española. Editora Nacional. Madrid, 1972, pág. 347.
[5] ALLER, CÉSAR : La poesía personal de Leopoldo Panero. EUNSA. Pamplona, 1976, pág. 23.
[6] BOUSOÑO, CARLOS: Con la frescura de Lope. Diario ABC, de Madrid, 27.08.87, pág. 27.
[7] Citado por CASTRO VILLACAÑAS, DEMETRIO, en el diario La Nueva España de Oviedo, 05.01.74, pág. 7.
[8] Escorial, Revista de Cultura y Letras. Tomo I. Madrid, noviembre 1940, pág. 82.
[9] Escorial Revista... op. cit., pág. 82.
[10] PANERO, LEOPOLDO, en una conferencia inédita pronunciada por el poeta en los Cursos Universitarios de Verano en León y recogido por la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Instituto de Cultura Hispánica, julio-agosto 1965 nº 187-188, pág. 10.
[11] PANERO, LEOPOLDO: Obras completas. Editora Nacional. Volumen I. Madrid, 1973, pág. 148.
[12] A este poeta peruano le dedicaría un poema: ¿De dónde, por qué camino había venido / soplo de ceniza caliente, / indio manso hecho de raíces eternas / desafiando su soledad, hambriento de alma / insomne de alma, hacia la inocencia imposible / terrible y virgen como una cruz en la penumbra...? Por otro lado, Vallejo que era de afiliación comunista, «no era un poeta comunista», nos dice el escritor cubano Gastón Baquero. Asimismo, la viuda de Vallejo en una biografía que escribió de su marido, nos dice que éste poco antes de morir le dicta la siguiente frase: «Cualquiera que sea la causa que tenga que defender ante Dios, más allá de la muerte, tengo un defensor: Dios». Palabras, entre otras, que recoge Leopoldo Panero en sus Textos humanos antes de comenzar a escribir su Carta perdida a Pablo Neruda.
[13] RIDRUEJO, DIONISIO: Casi unas memorias. Editorial Planeta, S.A. Barcelona, 1976, pág. 138.
[14] GULLON, RICARDO: La juventud de Leopoldo Panero. Diputación Provincial de León. León, 1985, págs. 89-90. De la opinión de Ridruejo sobre su amistad con César Vallejo y ser ésta la principal causa de la que se le acusó para ser encarcelado además de haber publicado un poema en el número uno de la revista Caballo verde para la poesía fundada en Madrid por Pablo Neruda, participa Julio Rodríguez-Puértolas. (Ver su libro Literatura fascista española. Ediciones Akal, S.A. Madrid, 1986, pág. 200.
[15] BLANC, FELICIDAD: Espejo de sombras. Editorial Argos/Vergara, S.A. Barcelona, 1981, págs. 122-123.
[16] PANERO, LEOPOLDO: Obras... op. cit., (Volumen I) pág. 117.
[17] FORMICA, MERCEDES: Escucho el silencio. Editorial Planeta, S.A. Barcelona, 1984, pág. 100.
[18] Semanario El Español, nº 9, 26 diciembre de 1941., pág. 12.
[19] PANERO, LEOPOLDO: Obras completas. (Volumen II). Editora Nacional. Madrid 1973, pág. 17.
[20] MARCOS SÁNCHEZ, MARÍA MERCEDES: El lenguaje poético de Leopoldo Panero. Ediciones Universidad de Salamanca. Salamanca, 1987, pág. 70.
[21] PANERO, LEOPOLDO: Obras... op. cit. (Volumen I), pág. 63-64.
[22] CONNOLLY, EILEEN: Leopoldo Panero: La poesía de la esperanza. Editorial Gredos, S.A. Madrid, 1969, pág. 68.
[23] PANERO, LEOPOLDO: Obras... op. cit., (Volumen II) pág. 12
[24] RGUEZ.-PUÉRTOLAS, JULIO. Literatura fascista española. Ediciones Akal, S.A. Madrid, 1986, I, pág. 200.
[25] HUERTA CALVO, JAVIER: De poética y política. Instituto Leonés de Cultura. León, 1996, pág. 37.
[26] BLANC, FELECIDAD, op., cit. pág. 155.
[27] Citado por HUERTA CALVO, JAVIER en op. cit., pág. 21.
[28] Diario ABC, 27.08.87, pág. 27.
[29] ALLER, CÉSAR, op. cit., pág. 146.
[30] PANERO, LEOPOLDO: Canto personal. Carta perdida a Pablo Neruda. Introducción por Dionisio Ridruejo. Ediciones Cultura Hispánica. Madrid, 1956, segunda edición, pág. 13.
[31] RIDRUEJO, DIONISIO. Hasta la fecha (poesías completas). Aguilar S.A. de Ediciones. Madrid, 1961, pág. 531.
[32] Es en el poema que dedica a Miguel Hernández: Que sepan los que te mataron que pagarán con sangre. / Que sepan los que te dieron tormento que me verán un día. / Que sepan los malditos que hoy incluyen tu nombre / en sus libros, los Dámasos, los Gerardos, los hijos / de perra, silenciosos cómplices del verdugo...
[33] BLANC, FELICIDAD, op. cot., pág. 196.
[34] Ibíd.
[35] El poema que Neruda dedicó a Miguel Hernández en su Canto general lo tituló: A Miguel Hernández asesinado en los presidios de España
[36] Revista Correo Literario, nº 86, 15.12.53. Entrevista de FERNÁNDEZ CUENCA, CARLOS, a Leopoldo Panero.
[37] Semanario El Español, nº 242, 19-25 julio 1953, pág. 15.
[38] ALONSO, DÁMASO: Poetas españoles contemporáneos. Editorial Gredos, S.A. 3ª edición. Madrid, 1988, pág. 336.
[39] Diario La Nueva España, 23.12.1953, pág. 6.
[40] Ibid.
[41] PANERO, LEOPOLDO: Obras... op. cit. (Volumen I), pág. 304.
[42] Ibid., pág. 20.
[43] PANERO, LEOPOLDO, Obras... op. cit. (Volumen I) pág. 185.
[44] BLANC, FELICIDAD, op. cit., pág. 212.
[45] PANERO, LEOPOLDO, Obras... op. cit. (Volumen I) pág. 390.
[46] GARCÍA NIETO, JOSÉ: La poesía de Leopoldo Panero. Editora Nacional. Madrid, 1963, pág. 30.
[47] GARCÍA NIETO, JOSÉ. Cuadernos Hispanoamericanos op. cit., pág. 201.

PABLO NERUDA Y LEOPOLDO PANERO: POETAS DE DOS MUNDOS DISTINTOS

PABLO NERUDA Y LEOPOLDO PANERO:
POETAS DE DOS MUNDOS DISTINTOS (*)

Cuando José Antonio pronunció aquellas palabras que decían: «¡ay del que no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que promete», no eran, precisamente, palabras vacías ni faltas de contenido porque no pasaría demasiado tiempo sin que un poeta, Leopoldo Panero, frente al Canto general que escribió el poeta chileno Pablo Neruda, alzara el poeta español su Canto personal expresando así el sentir y el pensar de un grupo de poetas afines a una generación a la que ellos pertenecían.

Hay un momento en que Pablo Neruda en su Canto general dedica un poema «a Miguel Hernández asesinado (sic) en los presidios de España» y es, probablemente, el que causa mayor desesperación a Leopoldo Panero:

No estoy solo desde que has muerto. Estoy con los que te
buscan..
Estoy con los que un día llegarán a vengarte.
Tú reconocerás mis pasos entre aquellos
que se despeñarán sobre el peso de España
aplastando a Caín para que nos devuelva
los rostros enterrados

Que sepan los que te mataron que pagarán con sangre.
Que sepan los que te dieron tormento que me verán
un día.
Que sepan los malditos que hoy incluyen tu nombre
en sus libros, los Dámasos, los Gerardos, los hijos
de perra, silenciosos cómplices del verdugo,
que no será borrado tu martirio, y tu muerte
caerá sobre toda su luna de cobardes.
Y a los que te negaron en su laurel podrido,
en tierra americana, el espacio que cubres
con tu fluvial corona de rayo desangrado,
déjame darles yo el desdeñosos olvido
porque a mí me quisieron mutilar con tu ausencia
.[1]

Leopoldo Panero lee la ofensa y el insulto de Pablo Neruda a sus amigos Dámaso Alonso y Gerardo Diego y desea salir en su defensa: Tus insultos de perra son tu anillo / de Judas, agarrado a tu pescuezo. También porque, en palabras de Dionisio Ridruejo, todo el poema de Neruda es un insulto a España y que queda reflejado, a título de ejemplo, en estos versos: España entró hasta el Sur del Mundo. Agobiados / exploraron la nieve los altos españoles. / El Bío Bío, grave río, / le dijo a España: «Detente»... Así pues, un Martes Santo 31 de marzo de 1953, marchó Panero a pasar la Semana Santa a su casa de Castrillo. La idea de contestar a Neruda le dominaba y se sintió moralmente obligado a hacerlo. Además, tenía la completa seguridad que si el propio Miguel Hernández hubiera vivido habría sido él quien escribiera una carta análoga al poeta chileno de palabra española. En los ocho días que permaneció en Astorga compuso la mayor parte del poema, con principio y con final: «podría decirse que era una versión reducida del texto publicado, pero sin que faltase nada esencial»[2]. A su regreso a la capital de España es en el bar de nombre exótico Ombú donde Leopoldo Panero sigue escribiendo el poema grande, fluyente y estremecedor que finalizaría a últimos de mayo, en el tiempo pues, en que las acacias han tardado en abrir completamente sus hojas esta primavera, como muy bien nos repite Ridruejo.

¡Es tan fácil saber de dónde mana
la rabia de la voz, que cuando hablo
es como si vibrara una campana

interior y profunda! Pablo, Pablo,
ni un obrero te escucha o se despierta
dormido entre la rosa y el establo.

Como el dolor que en el dolor se injerta,
una guerra es a muerte, y sin rescate;
mas florece a través la sangre yerta.

Una guerra es un íntimo combate,
y no una voluntad a sangre fría:
donde cae Federico, el agua late;

donde cayó un millón la tierra es mía.
unos caen, otros quedan, nadie dura;
y tan sólo el Alcázar no caía.
[3]

Sin embargo, para el poeta Carlos Bousoño en el Canto personal de Panero se halla lo peor de este poeta, aunque al mismo tiempo reconoce que tiene algunos fragmentos excelentes «que yo pondría sin vacilación en una exigentísima antología de su obra», termina diciendo el poeta asturiano[4]. Pero cuando Panero escribió su Canto personal en contestación al Canto general de Pablo Neruda, separados en aquellos momentos por inmensos espacios, no estaba pensando solamente en escribir la poesía que él sabía escribir sino que, como decíamos, quería salir al paso de la ofensa que el poeta chileno hacía a España y a sus amigos Dámaso Alonso y Gerardo Diego..

A la histeria antiespañola de Neruda, opone Panero una caritativa hidalguía, que no le impide alzar la voz cuando el caso lo requiere.

Pablo: mira la noche. Nos promete
majestad de insondable permanencia,
fidelidad lejana. Pablo: vete
.[5]

El poeta español Eugenio de Nora, a la muerte de Panero, dice que «el Canto no es, después de todo, un libro doctrinal ni un panfleto, ni un discurso político, sino precisamente –y ahí está el nudo de la cuestión– una obra poética». Estas palabras recogidas por José García Nieto son, en opinión de éste, un acierto totalmente[6]. Y Dionisio Ridruejo también con mucho acierto dice: «Con mucho valor ha puesto, sobre la belleza y la pobreza de España, su orgullo y su tragedia Leopoldo Panero. No ha querido omitir nada: ni siquiera a Miguel Hernández o a Federico García Lorca».[7]

Es tu exacta mentira tan tremenda,
tan brumosa, injuriosa, venenosa,
que arrancarte la lengua es poca enmienda;

y aún sólo caridad mi mano osa.
Pablo: mancillas a Miguel; mancillas
a Federico; escupes en su fosa.

Tan sólo las verdades son semillas
fértiles, y el que miente se equivoca;
a sí propio se araña en las mejillas.

Tu mano está tan general y loca
de cantar (sin cantar) lo que escribías,
que estéril nace todo de tu boca.
[8]

Para el escritor cubano Gastón Baquero, Pablo Neruda fue un grandísimo poeta, pero Neruda ha muerto, como poeta, a manos del Neruda político. Según el mismo escritor, Neruda no hace otra cosa que seguir la consigna que le marca el comunismo que le tiene por uno de sus voceadores:

En tres habitaciones del viejo Kremlin
vive un hombre llamado José Stalin.
Tarde se apaga la luz de su cuarto.
El mundo y su patria no le dan reposo.
Otros héroes han dado a luz una patria,
él además ayudó a concebir la suya,
a edificarla
a defenderla.
Su inmensa patria es, pues, parte de él mismo
y no puede descansar porque ella no descansa
.[9]

Baquero condena Canto general, libro que demuestra sin lugar a duda que Neruda se vació y quedó muerto después de su gran parto. Fue para el cubano un libro indignante no sólo por la enorme cantidad de tonterías que dice, sino por el desprecio a la inteligencia del lector que supone decirles en esa forma. «Pero hubo particularmente una voz, la de Leopoldo Panero, que ofreció a la América y a España un espectáculo maravilloso: el de producirse en gran poeta y en gran cristiano al responder a Neruda».[10]

Así pues, la voz de Panero, sincera, recia y vigorosa; escribe una carta de hermano, que se duele con el hermano de la mentira brutal: opone caridad al odio, y opone verdad al amaño de la propaganda. Con su contestación Leopoldo Panero «se coloca definitivamente en el sitio que le corresponde en la poesía española»[11] . Y enfrente de la poesía que destruye.

JOSÉ Mª GARCÍA DE TUÑÓN AZA

(*) Artículo publicado en la revista Cuadernos de Encuentro, nº 80, primavera 2005


[1] NERUDA, PABLO: Canto general. Ediciones Cátedra. Madrid, 2003, pág. 521.
[2] FERNÁNDEZ CUENCA, CARLOS en Correo Literario, nº 86, 15 de diciembre de 1953, pág. 14.
[3] PANERO, LEOPOLDO: Obras completas. Editora Nacional. Madrid, 1973, pág. 276.
[4] Diario Abc, Madrid, 27 de agosto de 1987, pág. 27.
[5] PANERO, LEOPOLDO: op. cit., pág. 271.
[6] GARCÍA NIETO, JOSÉ. La poesía de Leopoldo Panero. Editora Nacional. Madrid, 1963, pág. 20.
[7] RIDRUEJO, DIONISIO: en el prólogo del libro Canto personal. Carta perdida a Pablo Neruda, de Leopoldo Panero. Ediciones Cultura Hispánica. Madrid, 1956, 2ª edición, pág. 14.
[8] PANERO, LEOPOLDO: op. cit., pág. 291.
[9] NERUDA, PABLO: op. cit., pág. 453.
[10] BAQUERO, GASTON: El caballero Leopoldo Panero. Revista Cuadernos Hispanoamericanos. Madrid, nº 187-188, julio-agosto 1965, pág. 113.
[11] ARROITA-JAUREGUI, MERCELO: Canto personal. Correo Literario, nº 75, 1 de julio de 1953, pág. 4.

RECORDANDO A PIO BAROJA


RECORDANDO A PÍO BAROJA (*)


Creador de docenas de inolvidables personajes, pero ninguno tan memorable como él mismo y considerado por algunos como el novelista español más importante del pasado siglo. Según González Ruano «en todo el siglo XIX y en toda la mitad que llevamos del XX España no ha producido un novelista que le pueda ni comparar. Incluyendo a Galdós, por supuesto» . Nace pues, Baroja, en el año 1872 el día de los santos Inocentes en la ciudad de San Sebastián. Fueron sus padres Serafín Baroja Zarnoza, ingeniero de Minas, y Carmen Nessi Goñi.

En la ciudad donde nació, comienza a ir a la escuela y a aprender sus primeras letras. Contaba con casi siete años de edad cuando su padre es destinado al Instituto Geográfico y Estadístico por lo que tiene toda la familia que trasladarse a vivir a la capital de España. Pero no sería muy larga la estancia de los Baroja en Madrid porque en 1891 su padre Serafín es nombrado jefe de Minas en Pamplona y a esta nueva ciudad marcha toda la familia. Aquí, junto con sus hermanos Darío y Ricardo, estudió en el Colegio Huarte, un colegio con solera que se había fundado en 1843. Tuvo aquí «un curioso profesor: el cura Larequi, don Tirso, el que luego recordaría como una mala bestia y a quien acusaría de acogotarle por andar haciendo el de profundis alrededor de un catafalco en la catedral: una de las raíces confesadas de su anticlericalismo» . Años más tarde recordaría a don Tirso «canónigo gordo y seboso», con mucha rabia, lo sucedido a aquel niño de nueve años: «Ese canónigo sanguíneo, gordo y fiero, que se lanza a acogotar a un chico de nueve años, es para mí el símbolo de la religión católica» . Sin embargo, alguno de los biógrafos de Pío Baroja dice que en Pamplona don Tirso no tenía fama de «mala bestia», sino más bien de todo lo contrario.

En 1882 Pío Baroja ingresa en el Instituto de Enseñanza Media de Pamplona. Como estudiante fue pésimo, pero más bien por su falta de interés por el estudio que por falta de talento. En estos años ya se le apreciaba un carácter gruñón y arisco; al parecer no simpatizó con sus profesores y se mostró hipercrítico con todo. En este tiempo es testigo de la ejecución de Toribio Eguía que había sido condenado a la última pena por haber dado muerte al cura párroco de Aoíz y a su sobrina: «Iba el reo en un carro vestido con una hopa amarilla con manchas rojas y un gorro redondo en la cabeza. Marchaba abrazado por varios curas, uno de los cuales le presentaba la cruz; el carro iba entre varias filas de disciplinantes con sus cirios amarillos en la mano. Cantaban éstos responsos mientras el verdugo caminaba a pie, detrás del carro, y tocaban a muerto las campanas de todas las iglesias de la ciudad» . La ejecución pública de Eguía fue, muy probablemente, la última que se vio en Pamplona. Baroja nunca pudo olvidar la imagen del reo que recordaría en el primer poema de sus Canciones del suburbio (1944) que tituló El chico que ve pasar un condenado a muerte.

Poco duró la estancia en Pamplona porque en 1886 su padre es nombrado ingeniero jefe de Minas de Vizcaya y resuelve enviar a la familia a Madrid e instalarla bajo la tutela materna. Al final de la estancia en Pamplona había nacido una hermana, a la que se le puso el nombre de Carmen. Al poco tiempo de llegar a la capital de España, como era otoño y época de comenzar los estudios, es matriculado en el Instituto San Isidro donde terminó el bachillerato. Después, sin ninguna vocación, se matricula en Medicina: «Yo sentía curiosidades; pero, en definitiva, vocación clara y determinada, ninguna. Fuera de lo que me hubiera gustado tener éxito con las mujeres y correrla por el mundo, ¿qué más había en mí? Nada; vacilación. Oía hablar de viajes marítimos y me hubiera gustado embarcarme; hablaban de pintura, y me parecía un oficio muy bonito el de ser pintor; leía aventuras de un viajero, y soñaba con el desierto o con los ríos inexplorados. Pero el ser médico, militar, abogado o comerciante no me hacía ninguna gracia» . Como no podía ser de otra manera, Pío Baroja tuvo problemas con algunos catedráticos. Cuando uno llamado Benito Hernando explica un día a sus alumnos que los vascos son gente más torpe que los de otras tierras, Baroja responde que no cree que lo sean más que los de Guadalajara, que es de donde precisamente era el catedrático con el que ya no se examinaría debido a que su padre de nuevo, por razones profesionales, lleva a toda la familia a vivir a Valencia. Era el año 1893. Y es en esta capital donde Pío Baroja termina la carrera de Medicina y en donde fallece su hermano Darío en febrero de 1894. Meses después, con la carrera terminada, solicita la plaza de médico titular de la localidad de Cestona que le fue concedida y en donde empezó a sentirse vasco, «este hilo perdido de la raza que ya para mí estaba perdido» . Pero seguía sin convencerle la carrera que había estudiado: «Estudié Medicina no con mucha afición vuelve a repetir. Doce años entre bachillerato y carrera, y conseguir cien pesetas de sueldo al mes, como médico de pueblo, no era una ganga» . Su estancia en Cestona duró sólo un año y en donde, según él escribió, durante ese tiempo no había hecho ningún disparate.

Más tarde se instalaría en San Sebastián en casa de sus padres. Intenta lograr una plaza de médico en esta ciudad o en su defecto en Zumaya o Zarauz, pero no tiene suerte, posiblemente la fama que había conseguido en Cestona sería la causa principal de no alcanzar lo que quería. Desplantes, descortesía y su enfrentamiento con el otro médico, hicieron de él un hombre conflictivo. Fracasados sus intentos de volver a ejercer la medicina, decide marcharse a Madrid instalándose en casa de su tía abuela Juana Nessi de la que guardaría siempre un buen recuerdo y también de algunos de los consejos que le daba: «No te cases me decía otras veces. ¿Para qué quieres tener otros engorros? Vale más estar libre, y tú eres bastante egoísta» . Otras veces le advertía: «Mira, si tienes líos, ya sabes: todo fuera de casa. Dentro de casa, nada» . Durante este tiempo, Baroja se convierte en empresario panadero. El marido de su tía, Matías Lacasa, quien junto con un médico valenciano que solamente sabemos que se apellidaba Martí, fundaron una panadería que aunque al principio les fue bien, después sólo para ir viviendo. Al fallecer su tío anteriormente ya había fallecido Martí, es cuando su tía Juana escribe a la madre de los Baroja para que envíe a alguno de sus hijos. Ricardo estuvo algún tiempo hasta que se cansó y lo dejó, «después dice Pío Baroja marché yo, y luego estuvimos los dos, y fuimos sacando adelante el negocio. Los tiempos eran malos; no había manera de salir adelante, y en ninguna parte se podía decir tan bien el refrán de que “donde no hay harina todo es mohina”, y allí no había harina».

La tía Juana muere y deja la panadería a sus sobrinos que todavía seguirán algunos años con ella hasta que la venden. Mientras tanto, Pío Baroja viaja a París, pero no para conocer la ciudad sino que pensaba buscar trabajo en alguna empresa editorial como traductor: «Sabía que en París existían casas editoriales que se indicaban a editar traducciones españolas de obras extranjeras y diccionarios castellanos con vistas a los mercados de América. Muchos españoles vivían de esta clase de trabajo» . No obstante, Baroja reconoce que sabía muy poco francés, aunque creía que si encontraba una ocupación llegaría a aprenderlo. El problema era tener algo para vivir. Pero lo cierto es que no encontró nada, «absolutamente nada para ganarme la vida. No era aquello de que le dijeran a uno: “Si supiera usted latín o griego o matemáticas le podríamos dar empleo”. Nada absolutamente nada» . Él llegó a París sin recursos y también sin recomendaciones, y vio en esta ciudad lo que ve un hombre sin medios. Y con unas pocas monedas que le proporcionó un amigo y un billete de ferrocarril del Consulado como indigente, volvió a España trayendo de la capital francesa un mal recuerdo. «Naturalmente, en cualquier gran ciudad a la que hubiese ido con poco dinero me hubiera pasado lo mismo» .

Al llegar de nuevo a Madrid, comenzó a reunirse con su gente literaria. Por entonces había dos tertulias de escritores jóvenes y es por esta época cuando Pío Baroja intenta publicar una serie de cuentos y de impresiones que había publicado en distintos periódicos. Después de que se lo rechazara un editor catalán, consiguió que otro editor llamado Miguel Poveda se los publicara bajo el título de Vidas sombrías. Miguel de Unamuno hizo buena crítica del libro lo mismo que Pedro Corominas y Eduardo Marquina. Azorín envió dos cartas al editor elogiando la obra. A partir de ahí fueron amigos hasta la vejez. Después el editor catalán que le había rechazado la publicación de Vidas sombrías le publicaría Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, novela que había aparecido en forma de folletín en El Globo. En este tiempo publicaría también La casa de Aizgorri, novela dialogada. En El Globo trabajo durante algún tiempo como jefe de redacción; y es enviado a Marruecos por el periódico como corresponsal de guerra. Esta experiencia dura apenas un mes porque regresa de nuevo a Madrid acompañado de su hermano Ricardo que había ido en calidad de reportero gráfico.

Una vez en la capital de España, abandona el periódico y emprende viaje a San Sebatián donde iba a dar comienzo la publicación de un nuevo diario: El Pueblo Vasco. Pío Baroja aspiraba a dirigirlo, pero la dirección recaería en el periodista Juan de la Cruz Elizondo que fue quien llevó a buen puerto el proyecto del fundador Rabel Picabea y Leguía. El periódico dio la bienvenida a Baroja y recuerda a sus lectores los artículos que había enviado a La Voz de Guipúzcoa durante su estancia en París. Baroja publicaría solamente una docena de artículos y algunos de ellos irían, con ligeras modificaciones, a El tablado de Arlequín. Por esta época haría una escapada a Córdoba. Había terminado de corregir las pruebas de Aurora roja cuando se le ocurrió marchar a Córdoba donde se encuentra con el pintor Darío Regoyos de quien era muy amigo, incluso, dice Baroja: «Regoyos me quiso regalar varias veces cuadros suyos, pero yo no acepté» . Con las impresiones de Córdoba escribió su novela La feria de los discretos, que comenzó en Madrid y terminó en el monasterio de El Paular. Esta novela sería la primera que le tradujeron. Fue en italiano y no gozó de buena crítica.

En 1905 o 1906 (él mismo no recuerda el año exacto), viaja a Londres y lo hace en compañía de Ortega y Gasset hasta París donde se despedirían porque el filósofo seguiría hasta Alemania. No llevaba un plan concreto en su visita a Londres, pero le interesaba conocer aquella ciudad por si había algo que hacer que pudiera convenirle. Tenía, por otra parte, deseo de conocer Inglaterra, porque había sido un entusiasta de su literatura, en especial de las novelas de Dickens. Le encantaba pensar en recorrer los rincones que había descrito este maestro de la novela inglesa. Su primera visita fue al río Támesis que le pareció algo extraordinario, con su agua amarillenta manchada de vetas oscuras. Vio los alrededores de la Torre de Londres y del Parlamento. Inspeccionó las callejuelas estrechas, «con músicos ambulantes, algunos pintados de negro, con arpas, guitarras, flautas acordeones, clarinetes y cornetines, y en donde las chicas bailaban jigas con una música antigua» . La estancia en la capital inglesa duró unos tres meses y vio a casi todos los españoles que allí vivían. Del primero que habló fue de Maeztu: «su preocupación constante es España, hasta el punto que no habla jamás de otra cosa. Se pasa la vida leyendo periódicos españoles y pensando en lo que dice Valle-Inclán, o en lo que dice Azorín, o en lo que dice Bueno».

En esta época Baroja no para de viajar. Después de regresar de Londres ya está preparando un nuevo viaje a París en compañía de su hermana Carmen. Pero antes viviría el día trágico habido en Madrid el 31 de mayo de 1906 cuando al paso de la carroza que llevaba a los nuevos esposos, Alfonso XIII y Victoria Eugenia, explotó una bomba lanzada por el anarquista Mateo Morral. Los reyes salieron ilesos pero hubo varios muertos y numerosos heridos. Al parecer Baroja, no solamente conocía al individuo que arrojó la bomba, había coincidido con él en la Horchatería Candelas de la calle de Alcalá, sino también a otros involucrados: «Pero el caso es que los conoció a todos: a Nákens, en cuya casa se escondió Mateo Morral; a Iribarne y a Estévanez, que según sospecha de Baroja fue el que trajo la bomba a España desde París» . Con este último coincidiría en París en el café Flora y de sus conversaciones con él le servirían para que después escribiera dos novelas. Una, Los últimos románticos, y otra, Las tragedias grotescas. De París no tardaría en regresar de nuevo con gran desolación de su hermana Carmen.

Después de escribir La dama errante, marchó a pasar una temporada a San Juan Pie de Puerto donde escribe La ciudad de la niebla. Visita San Sebastián y se entrevista con algunos amigos de su padre para recabar información sobre la guerra carlista Con los datos que pudo recoger escribió Zacalaín el aventurero que es una de sus mejores novelas. Fue traducida a varios idiomas. Con el dinero que le dieron se marchó a pasar una temporada a Florencia, luego a Milán y a Ginebra. Después volvería a Italia donde al parecer tenía la idea escribir una novela histórica sobre César Borgia. La curiosidad por este personaje ya le venía desde que hacía años había visitado Viana de Navarra en compañía de Ramiro de Maeztu. La novela histórica no le salió y renunció a ella. Sin embargo, decidió hacer una novela moderna, con algo que recordara el tipo antiguo, y escribió César o nada, historia de un anarquista un tanto original, que prefiere los negocios bursátiles a la cultura clásica. De su estancia en Roma, una marquesa solterona de la ciudad italiana llamada Ferrara le inspiró el personaje de su novela La feria de los discretos.

A su vuelta en Madrid caminando un día hacia la Puerta del Sol se encontró con su amigo el músico Rogelio Villar. Más adelante, en la plaza de España, vieron pasar en coche al político Alejando Lerroux a quien conoció con Azorín en la redacción del periódico El Progreso. El maestro Villar y él deciden acercarse hasta la redacción de El País a donde al parecer se dirigía Lerroux. Éste le habló de que pensaba fundar un periódico que se llamaría El Radical y que esperaba colaborase como así hizo publicando como folletín César o nada. Días más tarde es invitado a ingresar en su partido y además como candidato a concejal en las próximas elecciones municipales. Aceptó también esta nueva proposición y llegado el momento participa en mítines aunque él no hablaba porque, según el mismo Baroja, no tenía condiciones para ello. Un día el propio Lerroux le invita a que le acompañe a Barcelona donde pasó su apuros porque dice el mismo Baroja: «Había escrito yo algunos artículos en contra de los catalanistas sin gran violencia y tomándolo más que nada, desde un punto de vista literario» . Enterados los periodistas de que estaba allí le desafiaron a que dijera en un lugar público lo que venía sosteniendo con la pluma desde los periódicos de Madrid. Lerroux le invitó a que diera una conferencia en la Casa del Pueblo, porque de lo contrario iba a quedar mal. Baroja volvió a repetir que no tenía condiciones de orador y que además no había tiempo suficiente para escribir una conferencia. Ante la insistencia del político prometió entonces escribir unas cuartillas que leería el propio Lerroux. Pero llegado el momento dijo que no entendía la letra y que tenía que ser el mismo Baroja quien éste las leyera. Accedió con gran esfuerzo y todos los periódicos de la ciudad se ocuparon de sus palabras siendo la revista Papitu la que escribió: «El señor Baroja ha hablado con dureza de nuestras instituciones, de nuestra política, de nuestros hombres, de nuestros edificios y de nuestras calles. Señor Baroja: ¿Qué tiene usted que decir de nuestras madres?» . En cuanto pudo, Baroja abandonó la política, pero no definitivamente porque lo veremos de candidato a concejal de Vera de Bidasoa en el año 1920 no salió elegido, y en 1922 que sí salió elegido, pero que renunció al cargo al parecer, por sus impedimentos físicos que le impedían ejercerlo.

Volvería a publicar siendo en esta ocasión la novela Las inquietudes de Shanti Andía que trata la vida de un viejo marinero que escribe en un pueblo de la costa las memorias de su vida. Los datos auténticos de este libro se los dieron marineros que vivían retirados en San Sebastián. Después publicaría El árbol de la ciencia, libro de carácter filosófico. Es por esta época cuando Baroja cansado de vivir constantemente en Madrid propone a su familia pasar los veranos en el campo o a las orillas del mar. La idea de ir a una pensión o a un hotel barato no le ilusiona, y decide que había que comprar una casa. Su madre y él comienzan a leer los anuncios de los periódicos del país vasco y por fin ven el anuncio de la venta de un caserón en Vera. A este lugar se traslada y sin más preámbulos compra el caserón: «Cuando volví a Madrid le dije a mi madre que, probablemente, cuando fueran a Vera, les parecería la compra mía un disparate, pero yo creía que, a la larga, dominaríamos la casa y la arreglaríamos» . En ese mismo verano, después de comprar el caserón, la familia se instala en Vera, pero no en su casa que estaba inhabitable en ese momento, sino en un piso alquilado donde fallece el 15 de julio de 1912 su padre Serafín Baroja cuando las obras de la restauración del caserón aún no habían comenzado.

Participaría después en un proyecto muy importante: la revista España, y lo hace de la mano de Ortega y Gasset. Aparece en un momento en que la guerra mundial está en su apogeo y la revista se declara antigermanófila. Baroja acudía a la redacción y discutía con los francófilos que creían «como en un dogma que Francia, Inglaterra y los aliados representan íntegramente la Justicia, el Derecho y la Civilización, y los alemanes y austriacos la brutalidad, la rapiña y el militarismo» . Años después, concede una entrevista a Cela que le pregunta si era germanófilo, y Baroja contesta: «Hombre sí, yo era germanófilo; yo creo que el triunfo de la Alemania de entonces acabaría disolviendo una porción de cosas viejas. Había más libertad en la Alemania del Kaiser que en la Francia de Poincaré y de los Derechos del Hombre. En Alemania se daban traducciones de las novelas de Tolstoi que en Francia estaban prohibidas» . En la revista participarían también el cuñado de Azaña, Rivas Cherif, Madariaga, Sánchez-Albornoz, Pérez de Ayala, Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán, Margarita Nelken (que sería la traductora de Baroja al francés), Unamuno, el propio Ortega, etc.

Se casa su hermana Carmen con Rafael Caro Raggio dueño de una editorial. En un principio, Baroja publicó todos sus libros en esta editorial, pero por consejo de Ortega y Gasset se pasaría años más tarde a Espasa-Calpe que contaba con mejor distribución. Entretanto escribe Las horas solitarias y lo hace desde el retiro de su casa de Vera donde solía llegar hacia el mes de mayo y no regresaba a Madrid hasta noviembre. No es soledad lo que buscaba, pero tampoco encontraba en Madrid una vida social de su agrado. Decía su sobrino Julio Caro Baroja: «Mi tío no se aburría en la soledad, pero temía aburrirse en compañía» .

No era Baroja una persona que no amara la cultura vasca, pero repudiaba el nacionalismo de Sabino Arana; interpretaba, además, que los vascófilos, no todos, «han inventado desde hace tiempo una porción de mentiras» . Interpretaba también que para un verdadero vascongado el bizcaitarrismo es una farsa y aunque cuando dicen que no son latinos afirman, al mismo tiempo, ser católicos apostólicos y romanos. Cuando dicen que son tradicionalistas y que respetan la tradición, «lo primero que hacen es falsificar la historia y cambiar la ortografía del vascuence» . Y también cuando dicen: «Somos distintos al resto de los españoles, y se entusiasman con los toros y con la jota, con la virgen del Pilar, con los pianos de manubrio, con los cantos flamencos y con los demás fetiches del país» . Indudablemente Baroja no encontraba ninguna diferencia entre los bizkaitarras y el resto de los españoles.

El 23 de septiembre de 1923 se produce el golpe de Estado de Primo de Rivera. Baroja no parece interesarse mucho por el acontecimiento, por eso, quizás, no haya criticado nunca al dictador sino más bien todo lo contrario. En el mismo año fecha su novela El laberinto de las sirenas en la ciudad holandesa de Rotterdam. En 1924 da una conferencia en la Sorbona y se presenta ante los alumnos como un hombre que no ha tenido mucha suerte, incluso piensa que ha fracasado como panadero y como médico siendo esta la razón por la cual se ha dedicado a escribir, pero «sin esperanza de éxito ni eficacia». Años más tarde dio otra conferencia «en el Ateneo de San Sebastián pasablemente demoledora, donde arremetió contra la democracia y materias concordantes, esto es, contra casi todo lo que se le ocurrió, porque pasaba por ahí y porque era eso también lo que el público pedía de quien se había convertido en uno de sus personajes» . De esta conferencia se hizo eco Ramiro de Maeztu en un artículo que publicó en el diario ABC y el propio Baroja recogió algunos párrafos en uno de sus libros. Por lo que le contestó no parece que fuera de su agrado porque le lanza esta andanada: «Era católico, y leyó a Kart Marx y se hizo comunista. Era marxista y se hizo tradicionalista. Era incrédulo, y oyó al padre Ibarranguelúa y se hizo creyente» . Incluso su olvido por quien muy posiblemente fue uno de los intelectuales españoles del siglo XX más importante en entidad de pensamiento, tal vez sólo superado por Ortega y Unamuno, le llevó a no escribir ni una sola línea sobre el cruel asesinato de Maeztu ocurrido el 29 de octubre de 1936.

Un mes antes de la llegada la Segunda República, Baroja concede una entrevista al jonsista Juan Aparicio que publicó el semanario fundado por Ledesma Ramos La Conquista del Estado. Baroja dice que «la República de proclamarse sería de opereta. Discursos en el Parlamento y cuarteladas de generales». Más adelante añadió: «Hace veinte años hablé yo como radical en un mitin de la calle de Atocha, y dije, como hubiera dicho ahora, que no era apenas republicano, que era partidario de una dictadura centralista y de carácter social. Me sisearon. Luego habló el terrible socialista García Cortés elogiando el federalismo y la democracia, y fue ovacionado y ensalzado. ¡Qué hombre!, decían todos. Hoy este señor forma en las puras huestes del conde de Romanones» . Durante la República colabora en el diario Ahora generalmente con artículos de carácter literario que más tarde recogería en Siluetas románticas y en Vitrina pintoresca. En esta época publicaría también La selva oscura y Las noches del Buen Retiro.

El 7 de junio de 1934, es elegido miembro de la Real Academia de la Lengua Española y un año después leería su discurso de ingreso. Al parecer, según cuentan algunos de sus biógrafos, dijo que si lo habían elegido no había sido por lo que había escrito, sino por lo mucho y mal que habían hablado de él. Otra cosa de lo que también se habló y escribió mucho de aquel día fue del uniforme de académico que llevaba puesto Baroja. Uno de los artículos que más llamaron la atención, al menos al propio Baroja que reproduce parte del mismo en unos de sus libros porque le pareció un artículo simpático, es el que escribió el falangista Rafael Sánchez Mazas que tituló Baroja de frac: «No estaba allí Lorenzo Sterne, en la recepción académica. Él habría explicado como nadie, si era o no era elegante Baroja, de frac. Apareció allá en el estrado como lo que realmente es: un antiguo señor y un aldeano. Son dos cosas que suelen fracasar en este tiempo, pero que, así, nos componen a veces un gran escritor. Baroja no quiere más que trajes de casa. Se refugia en la literatura… Podíamos estar seguros, Lorenzo Sterne y yo de que Pío Baroja, de frac, era el escritor español más elegante que hubiéramos visto».

Un año después por cuenta de la revista Estampa hace la ruta del general carlista Miguel Gómez y Damas cuyas crónicas una vez publicadas en la revista las recogería en el libro Bagatelas de otroño. En esta misma época publica El cura de Monleón,, un tanto nacionalista y místico. Esta novela la utiliza para expresar el caos político del país con el advenimiento de la República. No tiene desperdicio, como tampoco lo tienen sus opiniones acerca del ser o no ser vasco. En el capítulo XXXIII de la novela hace decir a Javier, el cura, «yo no soy más que vasco» después de pronunciar un sermón que se consideró un tanto bizcaitarra.

El 7 de septiembre de 1935 en su casa de Vera fallece Carmen Nessi, la madre de Baroja. Esto fue para él un duro golpe porque siempre vivió pendiente de ella. Antes de morir consoló varias veces a su hijo: «Al fin y al cabo esto tiene que llegar. No es más que como un sueño» . Todo Vera, sin excepción, se sumó al duelo de la familia Baroja, pero casi un año después el pueblo estaba dividido. La guerra civil había comenzado y lejos quedaba aquel día de cuando los restos de Carmen Nessi habían sido enterrados en el cementerio próximo al Bidasoa, donde ya reposaban los de su marido.

El comienzo de la guerra civil cogió a la familia Baroja al completo en su casa de Vera. A uno de los dos médicos del pueblo, José Ochoteco, se le ocurrió ir a ver a su novia que vivía en Almandoz, localidad no muy lejana de Vera. El médico invitó a Baroja a que le acompañara y a ellos se les unió un agente de policía. Por el camino comenzaron a cruzarse con camiones, cargados de hombres que se dirigían a Guipúzcoa a combatir. Baroja quiso dar la vuelta, pero el médico se empeño en seguir y fue al regreso cuando los detuvieron y los pusieron delante de una pared. «Yo dice Baroja supuse que allí terminábamos. Nos mandaron que siguiéramos en el auto a las fuerzas carlistas. Así fuimos a Vera» . Después, en calidad de detenidos, los llevaron hasta Santesteban, donde los encerraron en la cárcel municipal. «A eso de media noche entró en el sótano de la cárcel un oficial del ejército español muy elegante, que era Martínez Campo, duque de la Seo de Urgel, ahora capitán general de Tenerife. Estuvo muy amable con nosotros y dio una orden de libertad para el médico y para mí» . Meses después, diría Baroja: «En el periódico de Madrid Claridad, inspirado por ese mediocre de Largo Caballero, al contar que yo había sido preso en Navarra por los carlistas, se dijo que era una lástima que no me hubieran fusilado».

Al regresar a Vera, Baroja no las tenía todas consigo y decide marcharse a pie a Francia. En el camino detuvo a un coche conducido por un francés que lo llevó hasta el país vecino. Una vez cruzada la frontera se encuentra con un viejo amigo, Fernando Ortiz Echagüe, que le invitó a que colaborase en el periódico argentino La Nación, pero los ánimos de Baroja no estaban para escribir nada. No tenía claridad de espíritu para saber qué iba a salir de aquella lucha entre hermanos; no tenía simpatía por ninguno de los dos bandos en litigio porque pensaba que nadie había tenido la más pequeña atención con un hombre como él. Más tarde aceptaría la invitación de Ortiz Echagüe, aunque a Marino Gómez Santos le dice que fue Méndez Calzada, delegado en París de La Nación quien le ofreció «una colaboración mensual, pagada a 330 francos, y poco después me dijo que podía entregar dos» .

Durante los primeros días de su estancia en Francia, un periodista americano publicaría en un diario parisino una entrevista que le hace en San Juan de Luz y que lógicamente el tema de la guerra que está sufriendo España es el tema central. «Al advenimiento de la República todo esto cambió; el país comenzó a excitarse y el fiero español de antaño apareció en escena», le dice Baroja. Cuando el periodista le pregunta si no cree en el derecho político, Baroja contesta: «Yo nada; creo que eso del derecho político es un mito religioso que se perpetúa. La Sociedad de Naciones de Ginebra es un segundo cónclave de quien no hace caso nadie. Las mismas ideas políticas ¿qué valor tienen? Ahora ve Vd. en España vascos católicos nacionalistas contra vascos católicos tradicionalistas, sindicalistas de la Falange Española contra sindicalistas de la C.N.T. Las ideas diferentes entre blancos y rojos las unifica el odio contra el adversario» . Para finalizar la entrevista, el periodista le pregunta cuál sería la mejor solución. Y Baroja contesta: «Yo creo que si los militares son vencedores la mayoría de los españoles podrá vivir medianamente. Quizá habrá conflictos obreros, no sé. Ahora si los rojos ganaran, lo que me parece poco probable y siguieran una política como hasta aquí, sería la vida caótica y sin sentido…».

Estaba claro que para Baroja, la República había vivido en plena dictadura, en pleno despotismo y en plena arbitrariedad. Había suprimido periódicos; había metido en la cárcel a gente inocente y había tenido «el deseo de vejar». Además también añadía: «Cuando hace más de un año socialistas y comunitas luchaban con los fascistas en las calles de Madrid el Mundo Obrero, órgano del comunismo, recomendaba contra los fascistas la eliminación integral, es decir la muerte».

En febrero de 1937, con Baroja en el exilio, el Diario Vasco, órgano falangista, bajo el título Pío Baroja y España publicó un amplio artículo que comenzaba con estas palabras: «De las tres grandes figuras literarias de esa generación que hemos llamado del 98 Miguel Unamuno, Valle Inclán y Pío Baroja, sólo este último, sigue viendo la lucha final en que se han enzarzado sus nietos». Y las terminaba con estas otras: «Con gran afecto como españoles y como nacional-sindicalistas, desearíamos que Baroja volviera a la Patria común a contemplar a esta juventud que no ha mucho leía sus libros y preñaba su espíritu de vitalidad con su lectura y hoy llena de fe, encontrada a sí mismo y reafirmada en las raíces de la tradición nacional, cree y forja arma al brazo una España Grande en la que Pío Baroja cabe para honrarla».

El 13 de septiembre, de vuelta a España, cruzó el puente internacional de Irún. En carta del día siguiente, Marañón comentaría con Menéndez Pidal: «De los compañeros de la Academia, sólo veo a Baroja; o veía, mejor dicho, porque anoche se fue a Vera muy contento. Su sobrino Julio Caro lo vio aparecer en Irún, sin embargo, flaco, derrotado y pálido» . En su casa de Vera está su familia casi al completo, falta sólo su cuñado Rafael Caro que no había podido salir de Madrid. Al poco tiempo comenzó a colaborar en algunos periódicos de la zona nacional A título de ejemplo podemos citar los siguientes artículos: Las promesas de oriente y Comunismo y judaísmo . Este último sería el que le dio después la idea, al editor Ruiz Castillo, de publicar, con el consentimiento del propio Baroja, un trabajo formado con artículos antiguos y fragmentos de alguno de sus libros que tituló Comunistas, judíos y demás ralea. Fue publicado en Valladolid en 1938 sirviendo de prólogo un ensayo de Ernesto Giménez Caballero titulado Pío Baroja precursor español del fascismo «que le gustó cuando se publicara por 1934 en la revista JONS».

Pasadas las Navidades, Baroja recibió la convocatoria de acudir a Salamanca a la ceremonia de constitución del Instituto de España, según idea de Eugenio d’Ors por aquel entonces director de Bellas Artes. Llegó a la capital castellana en los primeros días de enero. Según Marañón, Baroja recibió una gran ovación por parte de la juventud, pero así y todo quedó muy poco satisfecho del acto, como ha escrito su sobrino: «Entre los académicos de la Española, el que allí cortaba el bacalao, como vulgarmente se dice, era el obispo de Madrid-Alcalá, don Leopoldo Eijo Garay… [que] no quiso saludar a mi tío y aun esquivaba el mirarle…Otros notaron el hecho y siguieron la pauta…» . Debió de ser cierto, «puesto que ni siquiera en la Gaceta Regional se destacó la presencia de Baroja, a pesar de que su director, Juan Aparicio, era un ferviente barojiano, que frecuentaba antes de la guerra la casa del novelista» y que dos días después le publicó el articulo titulado El fondo del marxismo.

Volvería a marchar a Francia porque al parecer tenía pendiente cobrar una cantidad importante. Durante esta ausencia fecha en la capital de Francia su novela Susana, donde aparece el propio Baroja como escritor madrileño huido de la zona roja.

En otoño de 1940 regresó a Madrid, pero antes había pasado por Vera donde su sobrino cuenta que al llegar un brigada de la Guardia Civil le preguntó: «¿Y cómo andamos de religión?». A lo que Baroja contestó: «Pues bastante medianamente» . En la capital se encontró con la casa familiar totalmente destruida. Bajo los escombros estaba sepultada toda la maquinaria de la editorial de su cuñado Rafael Caro Raggio. Del naufragio se salvaron muy pocas cosas. «Mi cuñado le dice a Marino Gómez Santos, que había resistido toda la guerra en Madrid porque le sorprendió aquí y luego no pudo salir, estaba agotado y muy enfermo, tanto que murió tres años después. Con mi sobrino Julio, reanudé la lucha por la vida, que se presentaba difícil para nosotros» . Dos años después comenzó a publicar en una revista sus Memorias, que más tarde reuniría en siete volúmenes bajo el título genérico: Desde la última vuelta del camino.

«Yo no tengo la costumbre de mentir», escribía un día Baroja. Añadiendo a continuación: «Si alguna vez he mentido, cosa que no recuerdo, habrá sido por salir de un mal paso. No por pura decoración» . Sin embargo sabemos que cuando en el diario Arriba, a la pregunta de qué puede decir sobre José Antonio: «Pues verá usted. Sobre José Antonio no puedo decir nada porque no llegué a conocerlo nunca. Ni siquiera de vista» , está mintiendo porque existe una fotografía, del año 1927, publicada en las páginas de huecograbado del libro de Mercedes Formica Espejo roto. Y espejuelos, donde podemos contemplar a Baroja al lado de José Antonio, rodeados ambos de otra serie de personas. Por si fuera poco este testimonio, uno de sus biógrafos escribe: «Existe alguna fotografía, tomada en Behobia, según testimonio de Pío Caro Baroja, que, como muchas otras, pueden “mal interpretarse y sacarse de contexto”, en que aparece Baroja con los hermanos Primo de Rivera porque estos asistieron al rodaje. Uno de ellos fue un jovencísimo José Antonio Primo de Rivera».

Entre los años 1943 y 44 le traducen La Busca, Mala hierba y Aurora Roja, al holandés; Juan Van Halen y Zalacaín el aventurero al francés; Shanti Andía y el Convento de Montsant, al portugués y Zalacaín el aventurero, también al alemán. En España publica El cantor vagabundo y Miserias de la guerra. Asimismo aparece La obsesión del misterio, Aquí París, Miserias de la guerra, una de las obras que compondrían Las Saturnales, Madrid y la revolución, Los contrabandistas vascos, etc. Colaboró en la revista falangista Escorial y con él «casi todos los poetas y escritores no exiliados, cualquiera que fuera su tendencia» . En estos últimos años de su vida sobre el franquismo no dijo absolutamente nada; aunque una vez muerto Franco, eso sí, su sobrino dijera que «mi tío Pío repetía una y otra vez, como una vieja cantinela, que Franco era un enano miserable, cruel y que lo mejor era marcharse» .

El 30 de octubre de 1956 su hermano Ricardo muere tres años antes, fallece Pío Baroja en su casa de Madrid, el novelista que publicó toda su obra en castellano sin importarle si lo que escribía molestaba al mandamás de turno, algo que no se lo perdonan los nacionalistas vascos. Por otro lado, la prensa falangista le dedica grandes elogios: «Con la muerte de Baroja pierde España el novelista de más enjundia, el de más valor, mayor contenido, aquel en quien reconocía hace bien poco Hemingway como un indudable maestro de la narración sincera y directa. La vida de Baroja ha sido una hermosa prueba de honradez profesional. Fue un novelista íntegro, sin disimulos…».

Camino del cementerio civil bajan el cadáver sus amigos Camilo José Cela, Eduardo Vicente Val y Vera, y Miguel Pérez Ferrero. Mientras tanto, un vecino que vive en el último piso y que lo trataba íntimamente, contempla la escena y exclama: «¡la sorpresa que se va a llevar don Pío cuando vea que va al cielo…!».


JOSÉ Mª GARCÍA DE TUÑÓN AZA
(*) Artículo publicao en la revista El Catoblepas, nº 93. 2009